EL BANCO DEL
PARQUE
Mi nombre es Jesús, tengo ochenta y dos años, y estoy
felizmente casado con una maravillosa mujer llamada Dolores. Nuestro pasatiempo
favorito es bajar al parque y sentarnos en nuestro banco. Yo bajo con mi
bastón y mi vieja bufanda que Dolores misma tejió.
Ella camina despacio, y aún más ahora que es otoño, su
estación favorita. En la cual disfruta del suave crujido de las hojas al
romperse bajo sus pies. Nos sentamos siempre en el mismo banco, el que se
encuentra frente al estanque, el cual años atrás solía ser una explanada de
tierra. Mañana se cumplen seis décadas desde el día en que la conocí, y fue
justamente en este mismo lugar. Ella sostenía un libro de poesía mientras acariciaba
su cabello, yo al haberla visto varios días atrás sentada en el mismo banco, me
reuní de valor y le pregunté que leía. Ella risueña me respondió que no conseguía
meterse en el libro ya que el sol la andaba estorbando desde hace un buen rato,
se me escapo una carcajada y comenzamos a charlar. Con el paso del tiempo nos
hicimos inseparables. Recuerdo esas tardes de verano en las que veníamos al
parque a comer helado y a contarnos tonterías.
A los veintidós
decidimos casarnos, y poco después llego nuestra hija, que lleno nuestras vidas
de alegría. Mas adelante llegaron los años difíciles: el trabajo, pagar
facturas, la hipoteca y las noches sin dormir por culpa de los llantos de
nuestra hija. Pero siempre nos quedaría este banco, el cual, aunque estuviéramos
enfadados, tristes o emocionados siempre recurriríamos.
Ahora tenemos el pelo blanco, nos falla la vista, la espalda,
e incluso la memoria. Aun así, las cosas no han cambiado en absoluto, Dolores
sigue quejándose del frio mientras yo simulo que no la escucho. Los temas de conversación
han cambiado mucho, aparte de que últimamente opino yo mucho más, hablamos sobre
el telediario, nuestros nuevos vecinos, nuestra nieta y sus travesuras. Ella
escucha con atención mientras me sonríe y me mira con esos oscuros ojos y me
acaricia la mano. Y comenta que la vida se le ha pasado volando y que parece
que fue ayer cuando nos conocimos.
A nuestro alrededor, los niños juegan con cometas por la
brisa del parque, las palomas pican el suelo y las hojas de los árboles se caen
poco a poco como si fueran recuerdos. Me paro a mirar el estanque y pienso en
cuantas cosas han cambiado desde aquel entonces, muchas cosas, menos nosotros.
Nosotros somos los mismos, aunque en diferentes estados.
Nuestro banco se encuentra a la entrada del parque lo que
facilita que la gente nos mire. Algunos nos miran con asombro, otros sonríen y
se van, a mí me gusta pensar que nos tienen un poco de envidia, y otros simplemente
están demasiado ocupados con sus problemas como para fijarse en nosotros.
Hoy una chiquitina de unos seis años se ha detenido frente a
nosotros, mirándonos con ojos como platos mientras tira del abrigo a su madre.
—Mamá —dice en voz alta—,
¿por qué ese señor habla solo?
La mujer se apresura a llevárselo
del brazo bruscamente, mientras se alejan escucho como la madre le regaña por
lo dicho. Yo me paralizo. Miro el agua del estanque viendo como solo se puede
apreciar el reflejo de una silueta, la mía.
El viento sopla con más
fuerza y por un instante hago como que escucho aquella risa, la misma cálida
risa que lleno nuestra casa de amor durante toda mi vida y que jamás se borrara
de mi memoria. Perdí a dolores el trece de noviembre a las 16:38 de la tarde,
pero a veces se me olvida.
Quizás para los demás solo hay un triste abuelo hablando solo en un banco vacío. Pero para mí Dolores nunca se fue, sigue aquí conmigo. No estoy solo.
Sandra
García, 1ºBachillerato A, Nº15, 4 de noviembre del 2025.
Comentarios
Publicar un comentario