Sandra Garcia (El banco del parque)


 

EL BANCO DEL PARQUE

 

Mi nombre es Jesús, tengo ochenta y dos años, y estoy felizmente casado con una maravillosa mujer llamada Dolores. Nuestro pasatiempo favorito es bajar al parque y sentarnos en nuestro banco. Yo bajo con mi bastón y mi vieja bufanda que Dolores misma tejió.

 

Ella camina despacio, y aún más ahora que es otoño, su estación favorita. En la cual disfruta del suave crujido de las hojas al romperse bajo sus pies. Nos sentamos siempre en el mismo banco, el que se encuentra frente al estanque, el cual años atrás solía ser una explanada de tierra. Mañana se cumplen seis décadas desde el día en que la conocí, y fue justamente en este mismo lugar. Ella sostenía un libro de poesía mientras acariciaba su cabello, yo al haberla visto varios días atrás sentada en el mismo banco, me reuní de valor y le pregunté que leía. Ella risueña me respondió que no conseguía meterse en el libro ya que el sol la andaba estorbando desde hace un buen rato, se me escapo una carcajada y comenzamos a charlar. Con el paso del tiempo nos hicimos inseparables. Recuerdo esas tardes de verano en las que veníamos al parque a comer helado y a contarnos tonterías.

 

 A los veintidós decidimos casarnos, y poco después llego nuestra hija, que lleno nuestras vidas de alegría. Mas adelante llegaron los años difíciles: el trabajo, pagar facturas, la hipoteca y las noches sin dormir por culpa de los llantos de nuestra hija. Pero siempre nos quedaría este banco, el cual, aunque estuviéramos enfadados, tristes o emocionados siempre recurriríamos.

 

Ahora tenemos el pelo blanco, nos falla la vista, la espalda, e incluso la memoria. Aun así, las cosas no han cambiado en absoluto, Dolores sigue quejándose del frio mientras yo simulo que no la escucho. Los temas de conversación han cambiado mucho, aparte de que últimamente opino yo mucho más, hablamos sobre el telediario, nuestros nuevos vecinos, nuestra nieta y sus travesuras. Ella escucha con atención mientras me sonríe y me mira con esos oscuros ojos y me acaricia la mano. Y comenta que la vida se le ha pasado volando y que parece que fue ayer cuando nos conocimos.

 

A nuestro alrededor, los niños juegan con cometas por la brisa del parque, las palomas pican el suelo y las hojas de los árboles se caen poco a poco como si fueran recuerdos. Me paro a mirar el estanque y pienso en cuantas cosas han cambiado desde aquel entonces, muchas cosas, menos nosotros. Nosotros somos los mismos, aunque en diferentes estados.

 

Nuestro banco se encuentra a la entrada del parque lo que facilita que la gente nos mire. Algunos nos miran con asombro, otros sonríen y se van, a mí me gusta pensar que nos tienen un poco de envidia, y otros simplemente están demasiado ocupados con sus problemas como para fijarse en nosotros.

 

Hoy una chiquitina de unos seis años se ha detenido frente a nosotros, mirándonos con ojos como platos mientras tira del abrigo a su madre.

—Mamá —dice en voz alta—, ¿por qué ese señor habla solo?

La mujer se apresura a llevárselo del brazo bruscamente, mientras se alejan escucho como la madre le regaña por lo dicho. Yo me paralizo. Miro el agua del estanque viendo como solo se puede apreciar el reflejo de una silueta, la mía.

 

El viento sopla con más fuerza y por un instante hago como que escucho aquella risa, la misma cálida risa que lleno nuestra casa de amor durante toda mi vida y que jamás se borrara de mi memoria. Perdí a dolores el trece de noviembre a las 16:38 de la tarde, pero a veces se me olvida.

 

Quizás para los demás solo hay un triste abuelo hablando solo en un banco vacío. Pero para mí Dolores nunca se fue, sigue aquí conmigo. No estoy solo.

 

Sandra García, 1ºBachillerato A, Nº15, 4 de noviembre del 2025.

 

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