LA ESTANTERIA
“Buenos dias soldados, ¿les puedo ayudar?” Le había temblado la voz maldita sea, ¿se habrían dado cuenta?, rezaba porque no. Se cogió la medallita de la virgen de Guadalupe que llevaba colgada como siempre de la cadena que le regaló su padre. “Buenos dias Señorita Martinez, ¿le importaría acogernos en su humilde morada unas horas? Simplemente hasta que la lluvia amaine.” Lo decía como si ella tuviese opción. “La Señorita Martinez escapó del pais al inicio de la guerra, yo soy la Señorita Jimenez. Era su ama de casa por llamarlo de alguna manera y me dejó a cargo de la casa para que se mantuviese impoluta hasta el fin de la guerra, para que pudiese volver cómodamente. Igualmente, no es problema, pasen.” Ahí se habían percatado sin duda, no pasa nada pensaran que te dan miedo o infunden respeto, seguro, se dijo poco convencida.
Inspeccionó a los soldados. Con el que había hablado, alto, formido, ojos miel, pelo rubio manchado, como si la palidez estuviese huyendo de su cabellera que se rizaba alrededor de sus orejas, inspiraba confianza. Su compañero por otro lado era lo contrario, incluso mas alto, pelo negro como la noche y unos ojos azul hielo que juraría que le dieron un escalofrío cuando la miró. Bajó la mirada sonrojada y avergonzada, y la mantuvo ahí hasta que dejo de sentir esa mirada gélida.
Al elevar la mirada se topó con otro par de ojos observándola, dulces, irónicamente. Una sonrisa apareció en el rostro del extraño, que le preguntó como se llamaba mientras ella se volvía a poner colorada mirando al suelo. Intercambiaron nombres, ella Maria Jesús, ellos Lucas y Miguel. “¿Marichu para los amigos?”, preguntó Miguel riendo. Ella ya completamente roja y sumamente avergonzada y aterrada asintió, incapaz de formar una frase coherente.
Les ofreció algo para
saciar su sed, ambos asintieron, pues llevaban dias sin provisiones. Ella
declaró que iría al pozo a sacar agua, dejándoles en el salón, pero según se
iba alejando de la casa un miedo se instauro en su estómago, había cometido un
error garrafal. Apresuró el paso, lleno el cubo como pudo y volvió
prácticamente corriendo. Entró quejándose de la lluvia como excusa, pero al
pasar al salón vio realizados sus miedos. Lucas y Miguel rodeados de libros, la
estantería prácticamente desnuda.
“¿Qué haceis?” gritó. “Marichu
no es lo que crees”, imploró Miguel. “Maria Jesús, ¡se llama Maria Jesús!”
gritó una voz desde detrás de la estantería. Todo pasó tan rápido que ni lo
recordaba, un minuto estaban los tres en el salón y al siguiente Lucas y Miguel
estaban inmovilizados contra el suelo. “Padre, Rafa, ¿Por qué habéis hecho
eso?” “Marichu solo te llama gente de bien, no los republicanos estos, además
pretendían matarte tras encontrarnos para que no les causases problemas”,
proclamó su hermano Rafa. “Es mentira Marichu te lo prometo. Solo pretendíamos
apresarles, estamos siguiendo órdenes simple y llanamente.” “¡Que se llama
Maria Jesús desgraciado!”, vociferó Rafa y rojo de rabia soltó un puño que dio
a Miguel de lleno en la mandíbula.
Tras calmarse, desarmar
a los soldados y atarles recomenzó el pánico. “¿Qué hacemos ahora? Hay dos
soldados del bando que os persigue presos en nuestra casa”, cuestioné.
Intervino Miguel desesperado por la pistola que le apuntaba a la sien, “Es
cierto, nos mandaron a buscaros, por lo que en cuestión de dias seguirán
nuestra ruta y nos encontrarán, y no vendrán tan poco preparados como
nosotros”. “Cállate rojo” soltó su padre mientras presionaba con más fuerza la
pistola contra su cabeza. Llegaron a la conclusión de que tenían tiempo, asique
recogerían provisiones y partirían al día siguiente, dejando a los soldados
amordazados.
Miguel trataba de
razonar con ellos, que era demasiado tarde, que sus compañeros estarían ya de
camino y les sorprenderían. Sobre todo, hablaba con ella, que se fuese ya, que
no había tiempo, que los perseguidos eran los hombres, si corría ya estaría a salvo.
Intentó incluso convencerla de que les soltase mientras les daba de comer a
escondidas por la noche, garantizaba que estaría a salvo si les ayudaba que
confiase en él. Lucas llevaba inmóvil desde el ataque, no había dicho ni una
palabra, no había comido, no había ni reaccionado a la pistola con la que su
padre le amenazaba.
Nada sirvió, a primera
hora la mañana siguiente se cumplió lo que advertían. Asaltaron la casa
mientras Marichu dormía, víctima de un ungüento adormecedor que habían untado
en su frente durante el ataque. Soltaron a los soldados, tomaron presos a su
padre y hermano y la dejaron ahí, sola. Se despertó a mediodía, y rompió a
llorar al descubrir lo ocurrido. Sufrió tanto que no volvió a confiar en
alguien en su vida, pues su generosidad había llevado a la muerte de sus seres
más queridos.
Elena Lopez, 1º BACH B, 01/2025
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