María S (Entre dos mundos)


ENTRE DOS MUNDOS

A veces me sorprende recordar cómo pude vivir tanto tiempo así, partida en dos. Con 14 años ya sabía lo que era tener dos casas, dos llaves, dos camas, dos versiones de mí misma que nunca debían mezclarse. Cambiaba de un lugar a otro cada semana, como quien cambia de escenario pero sigue interpretando el mismo papel. Y aunque nadie me lo pedía en voz alta, sentía la presión constante de no fallarle a nadie. Era demasiada carga para mis hombros.  

Y a veces, cuando pienso en aquella época, aparece también la niña que fui antes del divorcio, la que vivía sin imaginar que un día tendría que dividirse. Ella me mira desde su mundo todavía entero, tratando de entender cómo es que yo aprendí a moverme entre mundos que ella aún no conoce.

Los domingos por la tarde eran siempre iguales: la maleta abierta sobre la cama, la ropa doblada con precisión, el libro al que nunca acababa, el cargador que siempre olvidaba en alguna parte. Tardaba pocos minutos en guardar todo, pero al coger la maleta todo pesaba más. Se me encogía el pecho, como si el mundo esperara mucho más de mí de lo que podía dar. Siempre tenía la sensación de que, fuese donde fuese, iba a dejar un pedacito mío atrás.

Y desde detrás de mí aparece esa niña de 9 años, la que aún vivía en una sola casa, observando en silencio cómo preparo la maleta. Me ve organizarme con una seriedad que ella no tenía, me ve tensarme sin saber por qué, y se pregunta en qué momento cambiaron tantas cosas.

La casa de mamá olía a colonia y té recién hecho. El perro ladraba constantemente, pidiendo atención o anunciando cualquier ruido del pasillo. Todo era movimiento: pasos, voces que se interrumpían, risas cortas. A veces el ruido me cansaba, me hacía querer desaparecer, pero cuando faltaba… lo extrañaba como si me faltara una parte del cuerpo.

La niña de antes mira esto con sorpresa: ella conoció ese movimiento como hogar, no como contraste. No entiende por qué yo ahora vuelvo allí distinta, más alerta, más consciente del equilibrio que debo mantener.

En la casa de papá, el ambiente era distinto. Silencio contenido. Frases cortas. Rutinas milimétricas. Y allí también estaba mi hermana, de 16, que se encerraba casi todo el tiempo en su cuarto, con los auriculares puestos o la luz apagada. No era mala; solo vivía en su propio refugio. Aun así, su presencia llenaba la casa de una energía que no terminaba de ser calidez, pero que impedía que todo se volviera demasiado frío. Como yo, también hacía el cambio semanal: dos mochilas, dos vidas, dos máscaras. Ella lo vivía con una distancia que yo envidiaba. Parecía atravesarlo todo sin romperse. Pero yo no a mí me dolía.

La niña de antes mira a mi hermana también, y la ve distinta. La recuerda de otra forma, menos encerrada, menos contenida. Y creo que, aunque no lo diga, la niña de antes añora a esa otra hermana, la de antes de que cada una aprendiera a protegerse como podía.

Entre una casa y otra, me convertí en especialista en adaptarme. En un lugar hablaba rápido; en el otro, despacio. En uno me acostumbré a los ladridos del perro y al aroma de té; en el otro, a los silencios que casi podía tocar. Inventé versiones distintas de mí misma para que nadie notara lo cansada que estaba, lo frustrada, lo confundida.

Y es allí donde la niña de antes se queda más tiempo mirándome: la veo tratando de comprender por qué yo cambié de ritmo, de voz, de forma de estar. Ella, que aún vive en un mundo sencillo, no conoce esas cargas de adaptación, y me observa con una mezcla de curiosidad y tristeza.

Las fiestas eran lo peor. Navidad con mamá, Año Nuevo con papá, o al revés. Nunca juntos. Y siempre había culpa escondida en cada abrazo, en cada brindis. Mi padre decía “te voy a extrañar”, mi madre “ya me contarás qué tal”. Yo sonreía, asentía, hacía lo que creía que debía hacer, pero por dentro sentía que estaba decepcionando a alguien sin importar lo que eligiera. A mis 14 años, ya sabía lo que era cargar con responsabilidades que nadie me había explicado.

A mi lado, la niña de antes observa desde un lugar sin divisiones. Para ella, las fiestas aún eran una sola mesa, una sola risa. Me ve sostener culpas que ella no podría imaginar. Y creo que si pudiera, me tomaría de la mano y me diría que no entiende qué hice para merecer ese peso.

Hasta que un día, en la casa de papá, encontré algo inesperado. Estaba guardando ropa limpia cuando vi un jersey doblado en el cajón. Gris claro. Suave. Y al tocarlo, reconocí el olor al instante: era de mamá. No tenía idea de cómo había llegado allí. Me quedé quieta, sosteniéndolo, sintiendo cómo me temblaba el pecho. Ese jersey traía consigo el aroma del otro hogar, la textura de la otra lavadora, el eco de otro mundo. Y algo en mí se aflojó. Por primera vez, había un objeto que pertenecía a ambos lugares, un puente entre las dos vidas que yo intentaba sostener sola.

La niña de antes sonríe. Para ella, ese jersey no es extraño: es la prueba de la unidad que ella recuerda. Y al verlo en mis manos, entiende que aunque todo se dividiera, todavía quedan hilos que conectan.

Esa noche no hice la maleta. No revisé el calendario. No pensé en “toca aquí” o “toca allá”. Guardé el móvil, me acosté, y escuché los pasos suaves de mi hermana moviéndose en su habitación, ese refugio en el que se ocultaba del caos. Por primera vez, pensé que quizá yo también merecía un espacio donde no tuviera que dividirme.

La niña de antes se sienta a mi lado. Ella tampoco conocía refugios, ni habitaciones cerradas, ni calendarios divididos. Pero parece entender lo que necesito.

Años después, al mirar atrás, entendí lo que entonces no podía: mis padres nunca dejaron de quererme; solo dejaron de entenderse. Y sin intención, me hicieron sentir que debía repartir mi amor con cuidado, medirlo, dosificarlo para no herir a nadie. Pero el amor no funciona así.

La niña de antes asiente. Ella aún recuerda cómo era el amor sin divisiones. Y ahora comprende que no fue culpa mía que el mundo se fracturara.

Hoy sigo viviendo entre dos mundos. Me muevo entre ellos con más calma que antes, pero sigo sintiendo la frontera. Y aun así, cuando pienso en aquella niña de 14 años que se partía en dos para mantener todo en pie, y en esa otra niña de 9 años que todavía vivía en un mundo completo, me dan ganas de abrazarlas a las dos.

Decirles que ninguna de las dos tenía que elegir.

Que podían pertenecer a los dos sin traicionar a nadie.

Que algún día entenderían que el amor no se divide.

Solo se expande.

 

 

María Suárez Calonje, 4º de la ESO A, noviembre 2025

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