Irene Cavero Cañabate (Tan solo si...)


 

TAN SOLO SI…

 

El roce de la áspera y dura tela de su chaqueta contra su cuello fue lo único que se escuchó dentro del lúgubre, oscuro y triste piso en Kreuzberg.

 

 Era temprano en la mañana y el frio invierno de Berlin se colaba a través de las ventanas rotas y las paredes finas y llenas de grietas.

 

Habían pasado 60 años desde la construcción de aquella gran, gris y pesada que dividía la ciudad en dos mundos. Muchos creyeron que caería con el tiempo, pero ocurrió lo contrario: el muro nunca desapareció. Se volvió más alto, más vigilado, más tecnológico. Cámaras y sensores controlaban cada uno de los pequeños movimientos de quienes vivían bajo su sombra.

 

Todos los días, antes de salir de casa Wilheim se revisaba sus bolsillos ya que cualquier pequeña cosa fuera de lo permitido, ya sea una chocolatina, podría meterlo en grandes problemas.

 

En la calle se respiraba un aire cargado de pobreza y de miedo. La represión provocada por los agentes de la Stasi no era una broma. Ahora con el nuevo agente al mando todo era peor, había un chico conocido como Vladimir Putin un joven trasladado de la URSS, de mirada fría, expresión tan rígida como una máscara y la mano dura, cualquier irrupción era su ocasión perfecta para ejrecer la fuerza y la violencia, palabras que aparentaban ser sus favoritas.

 

En los ojos de la gente se veis reflejada la curiosidad y el deseo de cruzar ese muro, de destruirlo, pero no eran nada más allá de ilusiones, sabían que eso nunca sucedería. Al ptro lado de la barrera solo había juegos, una enorme diversidad de marcas, tiendas, tecnologías y cosas mas allá de las que su mente les permitía imaginar.

 

Aquí, de este lado, donde la ciudad se desdibuja tanto que cuesta creer que formamos parte del mismo mapa, los habitantes tan solo son conocedores de una marca para todo, la ropa, la comida. Siempre lo mismo, siempre lo que ellos querían.

 

Se estaba bajo una constante e inquietante vigilancia a través de los drones que recientemente han sido incluidos en este “sistema” si es que así se le puede llamar.

 

Por desgracia cuando se construyó el muro en el 61 la mayor parte de la familia de Wilhelm se había quedado al lado occidental, donde reinaba la libertad, y cuando él nació ya estaba dentro de esta distópica realidad en el lado oriental.

 

Wilheim ya tenía 24 años y se había casado con Martha, una mujer de ojos azules, tez pálida y pecosa, con pelo rubio, lacio y largo que enmarcaba su pronunciado y poderoso mentón.

 

Se conocieron en la Polytechnische Oberschule donde aprendían a soldar metales antes que a soñar.

 

Martha estaba embarazada y, aunque Wilhelm se sentía feliz, no podía ocultar su preocupación. Criar a un hijo en un mundo que no desearía ni a su peor enemigo lo llenaba de temor. Por mucho que intentara disimularlo, Martha sabía que algo se traía entre manos.

 

Domingo, nueve de la mañana. Recordarían ese día para el resto de sus vidas. Los mandos generales de la Stasi entraron al piso donde habitaban Wilhelm y su mujer para arrestarle. Que habría sucedido se preguntaba Martha, ahora en cinta y a la espera de su primogénito.

 

Los soldados irrumpieron en la casa con tal violencia que echaron abajo el marco de la puerta, registraron toda la casa y violentamente levantaron al joven de su cama y sin explicaciones se lo llevaron, con la cabeza tapada por un pesado y sucio saco de tela.

 

El horror y la confusión se expandieron por la habitación mientras Martha lloraba desesperadamente intentando localizar a su marido.

 

Una semana después a las 12.34 el metálico y seco tono del teléfono retumbó por toda la sala y con expectación Marta descolgó: “¿sí?”

 

 

Tenemos a su marido. Debe presentarse de inmediato en el juzgado. Será sometido a juicio por traición y complot contra la patria. Fue descubierto con ayuda del otro lado del muro, colocando más de cincuenta bombas a lo largo de este. Se enfrenta a la pena de muerte.

 

Las palabras no salían de su boca, se quedó en blanco y noto como un gran escalofrío trepo a lo largo de su espalda.

 

Martha se vistió tan rápido como pudo, y al entrar, ahí lo vio, a su marido, lleno de heridas y moratones, lo más probable era que lo hubieran estado investigando. ¿Cómo pudo no contarle nada de esto?

 

El juicio duro 2 horas, no fue muy largo, pero para Martha cada minuto se sintió tan pesado como las horas y tras mucho debatir y la ayuda del abogado que les había adjudicado el estado, el juez dictó su sentencia final.

 

Cerró los ojos con tal fuerza que no fue capaz de escuchar el veredicto hasta que el juez repitió que Willheim sería declarado culpable y condenado a pena de muerte a través del fusilamiento.

 

Por tan solo un instante todo se detuvo y unas ultimas miradas de amor y complicidad con Willheim fue lo único que Martha pudo compartir antes de su muerte, ni un abrazo, ni un adiós, nada …

 

Wilhelm murió, pero, el muro por primera vez en años empezó a temblar. Esto no era más que el principio del final.


Irene Cavero Cañabate 1ºA Bachillerato 02-26

 

 

Comentarios