LO
MAS IMPORTANTE DE MI VIDA
No se vosotros, pero yo cada vez
que voy en el coche voy pensando en alguna cosa, miro por la ventana, observo
el paisaje y simplemente pienso. ¿Y en que pienso? Pues en mi vida, en las
cosas que hago, y lo mas importante, en la gente que me rodea. Siempre pienso
mucho sobre mi familia, mis tíos, mis primos, y sobretodo mis abuelos.
Dicen que los abuelos son las
personas mas importantes en la vida de cada uno, que nos acompañan, nos guían,
nos ayudan y nos cuidan. Pero ¿Y donde esta ese miedo a perderlos? ¿Ese temor a
que algún día te despiertes y ya no estén ahí? Soy Irene y hoy os voy a contar
mi historia, bueno más bien la de otra persona.
Tengo 16 años y vivo en Madrid,
llevo una vida normal como la de cualquier chica de mi edad, salgo con mis
amigas, estudio, hago deporte, … Pero detrás de todo eso hay un pensamiento que
me reconcome la cabeza, que muchas veces me deja sin dormir. Este es triste
pero real, y es pensar cuanto tiempo de vida les queda a las personas que mas quiero,
mis abuelos. Tengo cuatro abuelos, primero mi abuelo Carlos que ya falleció
hace unos años. Luego mi abuela Maruchi, con la que vivo y comparto momentos
maravillosos. Mi abuela Rosa a quien quiero mas que nadie. Y por último mi
abuelo Juanjo, de quien hoy os quiero hablar.
Mi abuelo ha tenido una vida
maravillosa, ha disfrutado su juventud, encontró el amor de su vida, se caso,
tuvo hijos, trabajo de muchísimas cosas, y lo mas importante es que ha
disfrutado mucho de la vida. Sin embargo, a todo el mundo le llega una pena en
algún momento, y la suya fue que le diese un ictus hace unos cuantos años, hay
gente que no lo ve para tanto, que de algo así se puede salir, y que mas o
menos se puede intentar volver a la normalidad. Pero una vez pasa eso es
imposible, nadie vuelve a ser el de antes, se te olvida como hablar, no te
puedes expresar, y no puedes mostrar nada. La única faceta que se ve de ti es
la exterior.
Si es verdad que con el paso del
tiempo las heridas se van curando, aunque no se cierren del todo. Vuelves a
aprender palabras, formas de hablar y poco a poco lo consigues. En eso se basa
la vida ¿No? De lo que mucha gente se olvida es de si te puede volver a pasar,
de si se puede volver a caer, sucesiva y sucesivamente.
Así me meto de lleno en esta
historia, el primer ictus que tuvo mi abuelo fue hace unos ochos años, eso es
mucho, mucho tiempo. El suficiente para que una persona se pueda recuperar de
aquello. No se bien como explicar mi primera vivencia de aquella situación, yo
tenia ocho años y para entonces no me enteraba de muchas cosas. Mis padres me
dijeron, al igual que a mis hermanos, que el abuelo se había puesto malito,
pero que se recuperaría y que iríamos pronto a verle al hospital. Esta primera
parte se me paso rápido, tampoco era lo suficiente mayor para parar y pensar
sobre ello, así q seguí hacia adelante. Con el paso del tiempo el abuelo se iba
poniendo mejor, conseguía decir palabras, mantener alguna conversación con
nosotros y echarnos de vez en cuando la bronca, como lo hacia siempre.
Toda la familia pensábamos que se
iba a poner mejor, que iba a recuperarse del todo, hasta que de repente llego
otra pesa mas que se añadiría a nuestras vidas. Le dio un segundo ictus cuatro
años mas tarde del primero, y ahí cada vez se va perdiendo mas la esperanza.
Con esta edad ya me iba dando mas cuenta de lo que estaba pasando, que el
abuelo estaba enfermo y a lo mejor no podía llegar a salir de ahí. Sin embargo,
paso como la ultima vez, lo consiguió, y poco a poco iba mejorando. En mi
familia de Membrilla, que es mi pueblo, todo iba a mejor, cada vez que nos
veíamos estábamos mas felices, se disfrutaba mas, el abuelo se estaba recuperando.
Ya hasta se pueden hablar de muy
buenos tiempos, lo bien que estuvimos esos primeros meses del 2025, llenos de
esperanza, alegría y emoción. Mas tarde, todo volvió a empeorar, el abuelo
Juanjo tuvo un accidente en la cadera y en las piernas, y tuvo que volver a
ingresar en el hospital y permanecer allí durante un tiempo. Hasta que se puso
mejor y le mandaron a casa, donde siempre le ha cuidado mi abuela y ha estado
encima suyo, aunque muchas veces no es lo mejor para ella. Yo paro, y pienso, y
ruego, ojalá mi abuela tuviese una vida propia a parte de la de cuidar al
abuelo, pero nunca se cumple.
Y así de la nada llego mayo, un
buen mes, mis abuelos se cambiaron de la casa del pueblo a la finca, como hacen
todos los veranos. Y poco a poco con la llegada del verano nos íbamos
instalando allí, en nuestras camas de siempre, con la gente de siempre, ….
Bueno básicamente en el sitio de siempre y favorito de todos. Que bien se
sentía volver a la “normalidad” por así decirlo, los abuelos estaban mejor, y
todos poníamos nuestro granito de arena para ayudar en lo que pudiésemos, al
fin y al cabo, somos veinte personas.
El verano siguió tal cual, hasta
que llego agosto, estábamos en las fiestas del pueblo, el abuelo había
disfrutado muchas visitas de la gente que había venido a verle por esa semana,
la semana cerca de su cumple. Las fiestas acababan el 25, ese día como
tradición venia mucha gente a comer a la finca, y ahí estaba mi abuelo, comiendo
junto a todo el mundo y sonriendo. Hasta que se fue a echar la siesta, y como
no, volvió a pasar. Creo que nunca me olvidare de ese día, de como pasaron las
cosas, todo tan raro y lento, pero a la vez tan rápido. Las fiestas ese día se
basan en comer con los amigos, luego ir a ver los toros. Pues justo cuando
estábamos toda la familia viendo los toros menos mi abuela y mi abuelo pasa
esto, a mi abuelo le da el tercer ictus, y pensareis ¿Bueno os enterasteis y
fuisteis a verle no? Pues no fue así, la capea siguió, las fiestas de despues
también siguieron, la puja y todo como siempre. Ninguno de los primos sabíamos
nada, no nos lo habían contado. Al día siguiente me levanté tarde, a las dos o así,
dormí en la casa del pueblo por lo que todavía seguía sin saberlo. Vino mi tía
a recogerme, y en el camino me dijo: “oye Irene, le ha pasado algo al abuelo”,
me quedé con cara de alucinación y me dijo: “le ha vuelto a dar un ictus”. Por
dentro pensé, “no puede ser, por que pasa esto, es imposible, con lo bien que
estaba no me lo creo” y por fuera la primera palabra que solté fue: “como que
no me habíais dicho nada”.
Ahora lo pienso y digo, pero seré
imbécil, como pueden ser esas las primeras palabras que suelte después de todo,
que parece que pienso mas en mi propio interés que en como estaba mi abuelo. Y tristemente
fue así, como una niña pequeña diciendo tonterías. El resto de los días fueron
duros, el 27 era el cumpleaños de mi abuelo y el estaba ingresado en el
hospital. Entonces fuimos todos a verle, y celebrar su cumple ahí, en el mismo
hospital de siempre, donde ya llevaba encadenado ocho años. Nos acercamos todos
a verle, a darle un beso y a intentar hablar con el, pero no podía decirnos
nada, simplemente nos miraba con una cara de persona cansada y demacrada,
debido a la vida que estaba teniendo. Yo no podía hacer nada mas que mirarle
fijamente a la cara, y aguatarme las lágrimas, deseando que aquello acabase de
una maldita vez.
Las otras veces que fuimos a verle
ya eran mas normales, no se hacia pesado, e incluso era muy bonito poder estar
con el el máximo tiempo posible. Le dieron el alta, pero pronto volvió a entrar
en el hospital, unos días mas tarde fuimos a verle y me acuerdo de ese día como
si fuese ayer.
Antes de ir a ver al abuelo mantuve
una conversación con mi abuela Rosa, en esta la dije “¿oye abuela, hace mucho
que no vas a misa no?” Y me contesto: “ay rica mía
es que con estas cosas uno ya pierde la fe”, le dije: “pero abuela como vas a
perder tu la fe, con todo lo que has querido a Dios”, a lo que me contesto: “ya
no puedo seguir orando y rezando, lo he hecho por muchos años y todo sigue
igual, no puedo mas”. Cuando mi abuela cito esas palabras, se me partió el alma
a cachos, me entró una angustia interior enorme en la que lo único que quería
era ahogarme en mis llantos. Pero no podía, todavía tenia que ir a ver al
abuelo.
Antes de comer fuimos a verle, le
saludamos todos juntos, le dimos un beso, …. Y cuando llego la hora de comer le
dije a mi madre que fueran comiendo ellos y que yo iba mas tarde, me quería
quedar ahí con el abuelo. Se fueron y me senté en un sillón al lado de su cama,
el me miraba y sonreía, yo le cogí de la mano y simplemente empece a hablar, me
escuchaba y muchas veces asentía o intentaba decirme algo. En un rato le entro
sueño e intento irse a dormir, entonces en ese instante lo apreté aun mas
fuerte de la mano, con pequeñas lagrimas por los ojos, mire hacia el techo de
la sala con esperanza y grite en el interior: “por favor sánale, devuélvele lo
que el era y no se lo vuelvas a quitar, porfavor te lo pido de verdad, no nos
separes de el”. Pero yo no oía nada, aquello era como pedir cosas sin sentido,
y pensé, a lo mejor tiene que ser así, todo el mundo tiene su hora y pronto
podría llegar la suya, por eso nadie decía nada. ¿Qué es mejor vivir unos años
mas, pero mal de la salud y con tristeza? O ¿Irte ya sabiendo que tu familia te
quiere y ya habiendo vivido lo suficiente? Pues no lo se, pero eso es lo que
rondaba por mi cabeza mientras lo achuchaba y apretaba fuertemente de la mano.
Llegaron mis padres y se quedaron
con el, lo único que quería era huir, pero no podía, me fui a la capilla del
hospital, me senté en el primer banco, y rece, y rece, hasta no poder mas. Mire
al altar y pensé, puede que solo haya que esperar, poder disfrutar de lo que teníamos
en ese momento y lo mas importante, amar. Por que si algo he aprendido es que
de eso se trata la vida, en caídas, en recaídas y en volver a recuperarse, y
poder sobrellevar todas las situaciones. Antes de irme de la capilla me despedí
del abuelo a través de Dios.
Dije: Dios, dile al abuelo que siempre
estaré ahí para el, para todo lo que necesite sea lo que sea. Que siempre
tendrá un hueco en mi corazón, y que fuera de esta vida será la estrella mas
bonita y brillante del cielo, junto a todos los demás abuelos. Un beso de tu
nieta Irene, te quiero desde el suelo hasta el cielo.
Irene Moreno, 1ºBachillerato A, Nº21, 4 de febrero,
2026
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