Lucía Nebot (Entre la memoria y la esperanza)


 

ENTRE LA MEMORIA Y LA ESPERANZA


Ver a mi hija con su uniforme nuevo el primer día de clase me produjo un fuerte sentimiento de nostalgia. Sabía que este momento llegaría y tenía que asimilar que ella ya no era una niña. Hacía menos de una semana había cumplido 14 años, pero para mi, ella seguía teniendo 8. Esperé todo el día ansiosamente hasta las 5 de la tarde. “¿Le habrá ido bien en su primer día de clase?” “¿Habrá hecho nuevas amigas?”. Se abrió la puerta con un fuerte golpe y allí apareció Caroline, con una sonrisa de oreja a oreja. Me contó que había conocido a Silvia, una chica de su clase que además vivía por el barrio. Aunque nuestro hogar estaba situado en una de las peores zonas de Barcelona, estaba lleno de vecinos honrados y bondadosos, por lo que no me preocupé demasiado. 

 

16 de noviembre. Habían pasado dos meses y Caroline ya no era la misma. Ya no hablábamos como lo solíamos hacer, su aspecto había cambiado radicalmente. Ya no utilizaba las gafas tan caras que tanto me había costado comprarle y se pasaba las tardes maquillándose. Preocupada, fui a visitar a mi hermana. Ella se compadeció, me contó que le había pasado exactamente lo mismo con Sira y Eli, sus dos hijas mayores. “Es cosa de la edad, ella ya no es una niña sino una adolescente”. Sus palabras me consolaron y me prometí ser más comprensiva con ella. 

 

Cumpliendo mi promesa, le empecé a dar más espacio, incluso junté parte de mis ahorros para comprarle un tocador. No tenía mucho dinero, pero cuando Caroline nació, mi único deseo fue que no le faltará de nada. Ella siempre había estado muy agradecida ya que sabía que me suponía un gran esfuerzo, pero últimamente apenas sonreía y ya no era esa niña cálida que solía ser. 

 

22 de enero. Estaba en el salón viendo la telenovela que retransmitían a las 6 cuando mi hija bajo corriendo las escaleras del pequeño apartamento.  

-       Mamá, Silvia va a ir a una discoteca para menores hoy. ¿Puedo ir verdad? 

 Esto era algo nuevo para mí y, aunque no aprobaba del todo la amistad entre Silvia y mi hija, accedí. Silvia parecía una buena chica, pero desde que Caroline se había empezado a juntar con ella, había notado grandes cambios negativos.

 

Este plan empezó a repetirse viernes tras viernes, pero como Caroline siempre aparecía en casa a la hora acordada, por lo que no detecté ningún peligro. Ella empezó a salir cada vez más y ahora tenía un gran grupo de amigas. Jamás me habló de ellas, tan solo conocía a Silvia.  

 

12 de febrero. Mi vecina coreó mi nombre por la ventana y me invitó a pasar. No me pareció un suceso extraño ya que lo solía hacer a menudo. Sin embargo, lo que me contó me dejó atónita. Todo lo que ocurría en el barrio pasaba por sus oídos. Normalmente, sin que yo le preguntara, me contaba cosas que no tenían mucha importancia para mí, como que el panadero se había casado o que la vecina del 3° estaba embarazada. Esta vez se trataba de algo verdaderamente importante. Mi hija. Me contó todo lo que llevaba tiempo intentando averiguar, acerca de su grupo de amigas. La mitad había estado en un reformatorio y alguna de ellas había escapado de allí. Tras una larga conversación de media hora volví a mi casa, completamente horrorizada. Esa misma noche, a la hora de cenar, Caroline y yo tuvimos una gran discusión, la cual resultó en una semana sin tan si quiera hablarme.

 

14 de marzo. Esta noche mi hija volvía a salir con sus amigas. Las cosas se habían calmado desde aquella pelea, pero yo seguía intranquila, tenía un gran presentimiento de que algo muy grave iba a ocurrir pronto. Esta vez, Caroline se quedaba a dormir en casa de Silvia, así que me fui a dormir tranquila cuando me envió un mensaje diciendo que ya estaban llegando. No sabía la pesadilla en la que se iba a convertir mi vida.

 

15 de marzo, 2 de la tarde. Ella me había dicho que llegaba a la hora de comer, pero ya había pasado una hora y decidí llamarle. Le llamé una, dos, tres… incontables veces. Tras 5 llamadas más, conseguí dar con Silvia. Me comentó que Caroline había comido en su casa y que ya se había marchado.

 

15 de marzo, 8 de la tarde. Hablo con Silvia y su madre y me cuentan la verdad. Mi hija nunca llegó a dormir en su casa. Me dirijo a comisaría con el corazón en el suelo.

 

15 de marzo, 10 de la noche. “Estamos haciendo todo lo posible”, me dicen los agentes. Pero nada parece suficiente cuando se trata de tu hija, la persona a la que más quieres en el mundo. La noticia ya ha llegado a todo el barrio y se han empezado a publicar artículos en internet hace casi una hora. Pero nadie sabe nada, ha desaparecido. Veo borroso y me falta el aire, me desmayo.

 

16 de marzo, 1:30 de la mañana. Estoy en el hospital, rezando para que sea toda una pesadilla, pero las llamadas que no dejan de brotar de mi teléfono me devuelven a la realidad, como una patada en la boca del estómago. Necesito salir de aquí, me ahogo.

Corro tan rápido como puedo, con la ropa del hospital todavía, necesito encontrarla yo misma.

 

Ya han pasado tres semanas y ni siquiera han encontrado una pista. Solo existen teorías y sus amigas no se atreven a declarar, ya que cada una cuenta una versión distinta y tienen miedo. Yo, sin embargo, no tengo miedo de nada más, porque ya me han quitado todo lo que tenía. No siento nada más, solo un dolor intenso en el pecho por el cual no puedo dormir, el sentimiento de culpabilidad. Mi hija ya no está conmigo, ha desaparecido y soy incapaz de encontrarla. Es como si no existiera, no había rastro de ella. Tan solo está presente entre la memoria y la esperanza, mi memoria quebranta y mi esperanza, cada vez más desvanecida.

 

Caroline, estés donde estés cuídate y vuelve a casa. Y no te desesperes buscando el camino, que mamá te espera más cerca de lo que crees.

 

Isabel Movilla (madre de Caroline). 7 de abril de 2015.

Lucía Nebot González-Calero 1°B

Febrero 2026

 

 

 

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