María Iñiguez Disla (Cuando alguien te enseña a ser)


 

CUANDO ALGUIEN TE ENSEÑA A SER

 

Nunca he sido una persona especialmente familiar. No suelo sentirme muy unida a todo el mundo ni necesito estar constantemente rodeada de mi familia. Sin embargo, desde que era pequeña, siempre hubo una excepción muy clara: mi abuelo. Con él tenía una relación diferente, una conexión especial que no he vuelto a sentir con nadie más.

 

Para mí, durante muchos años, no fue solo mi abuelo. Fue mi apoyo, mi compañía y, sin exagerar, mi mejor amigo de infancia. Cuando pienso en esos años, muchos de los recuerdos más importantes que tengo están relacionados con él, aunque ahora sea consciente de que no me acuerdo de absolutamente todo.

 

Mi abuelo murió cuando yo tenía siete años. A esa edad no entiendes realmente lo que significa la muerte. Sabes que esa persona ya no está, pero no llegas a comprender del todo que no va a volver nunca. Aun así, aunque fuera tan pequeña, su pérdida fue un impacto muy fuerte para mí, más de lo que mucha gente podría imaginar.

 

Pasaba gran parte del tiempo con él. Era quien muchas veces me recogía al salir del colegio y quien me hacía los bocatas cuando llegábamos a casa. Recuerdo esos momentos con mucho cariño, porque no era solo el hecho de comer, sino el rato que compartíamos juntos. Me preguntaba cómo me había ido el día y escuchaba todo lo que yo le contaba, incluso las cosas que ahora me parecen insignificantes.

 

También pasábamos tiempo cocinando. A mí me encantaba estar con él en la cocina, aunque realmente no hiciera gran cosa. Me dejaba ayudarle, me explicaba las cosas con calma y hacía que esos momentos fueran especiales. Sin darme cuenta, me enseñó valores muy importantes, como la paciencia, el respeto y la importancia de hacer las cosas con cariño. Muchas de las ideas que hoy tengo sobre lo que está bien y lo que está mal nacieron ahí, en esos pequeños momentos con él.

 

Cuando murió, todo eso se terminó de repente. Ya no estaba esa persona con la que pasaba tanto tiempo ni alguien que me entendiera de esa manera tan natural. Aun así, nunca he sentido que no aprovechara el tiempo con él. Al contrario, es una de las cosas por las que me siento más agradecida. Tuve la suerte de disfrutarlo, de compartir muchos momentos y de sentirme querida de verdad.

 

Es cierto que no recuerdo cada día ni cada conversación. Pero con el tiempo he entendido que eso no es lo más importante. Lo que realmente se queda es cómo te hacía sentir una persona. Yo me sentía cuidada, escuchada y segura, y eso es algo que sigue conmigo incluso ahora.

 

Muchas veces se piensa que, por ser tan pequeña, la pérdida no pudo afectarme tanto. Sin embargo, no siempre es así. Puede que no recuerdes todo, pero sí recuerdas lo esencial. Para mí, la muerte de mi abuelo no fue solo la pérdida de un familiar, sino la pérdida de alguien que marcó mi forma de ver el mundo.

 

Hoy, con 16 años, sigo llevando conmigo todo lo que me enseñó. Su ausencia fue dura, pero su recuerdo es una de las cosas más valiosas que tengo. Y aunque ya no esté, todo lo que me dio durante esos años sigue formando parte de quien soy.

 

 

 

Comentarios