Mario Jerez Arellano (El otro Carlos)


 

EL OTRO CARLOS


Dicen que la muerte tiene un olor. Yo creo que es mentira. Aquí dentro todo huele igual: a desinfectante barato, a metal caliente, a miedo seco. No hay aire en el corredor, solo tiempo espeso. Tiempo que se pega en la piel como sudor. Cada día suena el mismo zumbido de los tubos fluorescentes, y yo cuento los pasos del guardia que pasa sin mirarme. A veces me pregunto si recuerda mi nombre o si, para él, soy solo otro número escrito en la puerta. Pero yo sí me acuerdo del mío: Carlos DeLuna. Y también del otro. El que me robó el rostro.

 

Cierro los ojos y me hablo bajito. —No lo hiciste, Carlos. No lo hiciste. Me lo repito una y otra vez, no para convencerme, sino para no olvidar. Porque aquí adentro, la memoria se pudre igual que el pan viejo.

 

Han pasado seis años desde que me trajeron. Dicen que eso es lo que tarda la justicia en matar a un inocente: seis años. Yo tenía veinte cuando me acusaron. Corría aquella noche, sí, pero no de una mujer. Corría del miedo. Vi las luces de la policía y pensé que me buscaban por otra cosa, por un lío tonto, por estar en el sitio equivocado. Pero no sabía que, unas calles más allá, una mujer llamada Wanda López estaba muriendo.

 

No la conocía. Nunca la vi. Dicen que un hombre la apuñaló en su trabajo, una gasolinera de Corpus Christi. Dicen que ese hombre era yo. Y aquí estoy, esperando la inyección que me dirá que “la justicia” ha cumplido.

 

A veces pienso en el otro Carlos. Carlos Hernández. Cuando dije su nombre por primera vez, el abogado me miró como si inventara un fantasma. “No existe ese hombre”, me dijo. Pero sí existía. Lo conocía del barrio. Tenía el mismo nombre, la misma cara, el mismo color de piel. Él sí andaba con cuchillos, con gente mala. Yo lo vi una vez presumir de una navaja igual a la que dicen que usaron con Wanda.

 

No sé si alguna vez alguien lo buscó de verdad. En el juicio dijeron que me inventaba cosas para librarme. ¿Cómo se defiende uno cuando su verdad suena a mentira?

 

Recuerdo al testigo. Lo miré en la sala. Dijo que me había visto, aunque la calle estaba oscura. Dijo que el asesino llevaba camisa blanca. Yo también llevaba una, pero igual media ciudad vestía así. Y bastó eso. Una camisa blanca, una mala luz, un rostro parecido, y mi vida terminó allí mismo, antes de que el juez abriera la boca.

 

Aquí dentro todos hablan con las paredes. Hay un hombre al final del pasillo que reza por horas, en voz alta. Otro canta. Otro grita. Dicen que el silencio te vuelve loco, pero es el ruido lo que te rompe. Las llaves, los cerrojos, el eco de los pasos cuando se llevan a uno y no regresa. La semana pasada ejecutaron al de la celda ocho. Decía que también era inocente. Todos decimos eso, claro. Pero algunos lo decimos distinto. Lo decimos con los ojos, no con la boca.

 

A veces me pregunto si allá afuera alguien se acuerda de nosotros. Leí en un periódico viejo que hay grupos de abogados que investigan casos de inocentes. Que hay proyectos, gente que revisa pruebas, que busca errores. Me gustaría creer que algún día leerán mi nombre y sabrán que no mentí. Que el otro Carlos existió. Pero para entonces, yo ya no estaré. Quizás solo quede una línea en un libro: “Carlos DeLuna, ejecutado en 1989. Probablemente inocente.”

 

Las noches son lo peor. El corredor se enfría, los ruidos se apagan, y el tiempo se estira como un alambre. Pienso en mi madre. Nunca pudo venir mucho. No tenía dinero para los viajes. En la última carta me dijo que soñó conmigo. Que me veía libre, trabajando, con una familia. No tuve corazón para decirle que mi libertad ya tiene fecha y hora, y que viene en forma de aguja.

 

En la televisión, los guardias ven noticias de gente rica, de presidentes, de guerras. Nadie habla de nosotros. Pero hay historias aquí que deberían contarse. Un tipo me dijo que lo condenaron por una confesión falsa, después de treinta horas sin dormir. Otro me enseñó una foto de su hijo, el mismo día que lo sentenciaron. Todos cargamos algo que no hicimos. Y cuando uno muere, los demás sentimos que el suelo se hunde un poco más.

 

Hoy vino el capellán. Me habló de Dios. Yo le escuché, pero no tengo mucho que decirle a Dios. Si existe, ya sabe lo que pasó. Y si no hizo nada, entonces es tan culpable como los jueces.

Me dejó una Biblia en la cama. La abrí al azar. Leí una frase que decía: “La verdad os hará libres.” Me reí. Aquí, la verdad no te libera; te mata más despacio.

 

Esta mañana me dieron una hoja para firmar. Es el papel donde reconozco que entiendo mi ejecución. Entender. Qué palabra tan rara. Entiendo que me matarán, sí. Pero no entiendo cómo un país puede mirar a otro hombre morir sin estar seguro.

El guardia me preguntó si quería una última comida. Le pedí tacos, como los de la esquina donde jugábamos de niños. No sé si me los traerán. No importa. El hambre es lo único que no me duele.

 

A veces hablo conmigo como si hablara con otro. —Carlos, ¿y si fuiste tú? —No, Carlos. No fui yo. —¿Y si nadie te cree nunca? —Entonces, que me crean los muertos.

Pienso en Wanda López. Pienso en su familia, en su miedo. Ojalá supieran que yo también tengo miedo. Que nunca quise cargar con su muerte. Que su verdadero asesino anduvo libre, riéndose, mientras yo esperaba aquí dentro a que alguien encendiera el reloj de la justicia.

 

He oído decir que el otro Carlos murió. Que confesó a algunos amigos lo que hizo. No me alegra. No quiero su muerte. Quería su verdad. Pero parece que la verdad también murió con él.

Ahora solo quedamos yo y mi sombra. Y ese silencio que crece cada vez que escucho las llaves acercarse.

 

Dentro de unas horas vendrán a buscarme. He visto el pasillo por donde llevan a los que ya no vuelven. Lo llaman “la última milla”. Dicen que la aguja no duele. Pero duele el pensamiento. Duele saber que tu nombre quedará manchado para siempre, que tus palabras se pierden en un papel viejo.

Cierro los ojos. Respiro. Me hablo bajito una última vez. —No lo hiciste, Carlos. No lo hiciste. Y aunque el mundo no me crea, yo sí me creo. Porque fui yo quien vivió cada segundo de este error.

Fui yo quien escuchó cómo el silencio se llenaba de nombres equivocados. Y cuando el frío llegue al brazo, pensaré en eso: en la vida que me quitaron, en los rostros que no me miraron, y en un país que aún cree que matar puede llamarse justicia.

 

Mario Jerez Arellano 1ºB, 2/2026

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