Marta Serna (Un mensaje sombrío)


UN MENSAJE SOMBRÍO


Son las 7:00 de la mañana del 28 de febrero de 2025 y acabo de apagar mi segunda alarma. Quiero dormir más pero no puedo: tengo que prepararme para ir al colegio, así que me levanto como puedo, aunque pienso que el día de hoy será genial porque es viernes y por la noche tenemos una fiesta de gala. A las 8:00 estoy en misa. Son solo veinte minutos, pero a esa hora se sienten como un pequeño paréntesis antes de que el mundo empiece a exigir cosas de mí. Me siento en el mismo banco de siempre, escucho a medias, pensando en lo que tengo por delante. Hoy hemos terminado un poco antes, eso significa que tengo un poco de tiempo antes de ir a hablar con mi profesor de chemistry. Subo a mi cuarto a recoger mi bolso con mis libros y mi ordenador. Aprovecho para mirar por primera vez del día el móvil y me encuentro con un mensaje inesperado.

 

Provenía del grupo de mi abuela y los nietos, es decir, mis primos. Al leer el primer mensaje me quedo paralizada, decía: “Hola chicos esta mañana le han puesto la primera dosis de quimioterapia al abuelo pero muy bien solo en dos minutos besos.”. No sé qué hacer, qué decir porque no tengo a nadie de mi familia cerca de mí ya que estoy en Estados Unidos estudiando un año fuera. Pasados dos minutos de reflexión decido preguntarle a mi hermano si de verdad mi abuelo tiene cáncer y lo siguiente que hago es ir a la habitación de Rocío y le cuento todo para desahogarme, pero ella tenía clase y no se podía quedar más tiempo conmigo. Me quedo sola con mis pensamientos, estoy en shock y lo primero que hago es llorar porque no me lo podía creer, no; era imposible. A medida que pienso se van encajando las piezas del puzle poco a poco, mi madre yendo todos los findes de semana a Logroño, nadie de mi familia contestaba a las llamadas desde hacía semanas y siempre ponían excusas de que estaban ocupados o demasiado cansados, nadie fue capaz de contarme la verdad. Después de llorar decido confrontar a mi madre así que la llamo, ella me responde pero dice que tiene mucho trabajo y que si me puede llamar más tarde. Yo ya no puedo más y exploto le digo todo lo que me había pasado esa mañana y empiezo a gritar preguntándole que porque no me lo ha contado y que no tenía ningún derecho a ocultármelo. Ella me dice que no quería contármelo porque tenía miedo de que me hundiera y que no quería que estuviese pensando en eso todo el rato y que ella pretendía decírmelo cuando volviese a España. Estoy enfadada, pero me pongo en su posición y entiendo por qué ha hecho eso aun así, se me quitan las ganas de escuchar su voz y la cuelgo.

 

Estoy en clase de Chemistry, pero es como si mi cuerpo estuviera allí y mi cabeza siguiera atrapada en ese mensaje. El profesor habla, escribe fórmulas en la pizarra, pregunta algo… y yo solo oigo un murmullo lejano. Miro mi cuaderno y no he escrito ni una palabra. No puedo concentrarme. No puedo pensar en nada que no sea mi abuelo. Me siento culpable por estar tan lejos, por no haberme dado cuenta antes. Y, al mismo tiempo, siento una rabia silenciosa que no sé dónde colocar. Todo lo que esta mañana parecía importante —la misa, los frees, la fiesta de gala— ahora me parece ridículo.

 

Nada más cruzar la puerta del colegio, veo a mis amigas esperándome para ir a softball. No saben exactamente lo que me pasa, pero notan que algo no va bien. Aun así, no me presionan. Me hablan de cosas normales, me hacen bromas, me empujan suavemente para que espabile. Y, sin darme cuenta, empiezo a desconectar de todo. Durante el entrenamiento, entre carreras, risas y lanzamientos, mi mente se despeja. Por primera vez en toda la mañana, dejo de pensar en el mensaje, solo estoy allí, con ellas. Cuando terminamos, volvemos corriendo a las habitaciones porque tenemos que arreglarnos para la fiesta de gala. Y en ese caos de maquillaje, música alta y vestidos por todas partes, mis amigas consiguen lo que yo sola no habría podido: que, aunque fuera por unas horas, mis problemas no ocuparan todos mis pensamientos.

 

Una semana después decido llamar a mi abuelo y dejar de escribir por mensaje. Nunca se me olvidará la imagen de verle en una camilla de hospital con unas vías en ambos brazos, estaba irreconocible, pálido como si estuviese vacío y apagado, además no podía hablar con él directamente, mi abuela respondía a todo lo que yo preguntaba porque él era incapaz de hablar, solo balbuceaba un sí o un no.

 

Han pasado dos semanas, estoy en España y todo es bastante simple, sin grandes escenas ni momentos difíciles. Un día fuimos a Logroño a verle, pasé la tarde con él. Estaba más cansado de lo normal, pero seguía siendo él: haciendo algún comentario, sonriendo cuando llegábamos, preguntando por mis cosas. No fue una visita larga ni intensa, solo un rato tranquilo en el que estuvimos juntos, hablando de cosas normales, como siempre. Después, volví a Madrid y todo siguió su curso. Mi abuelo empezó a recuperarse poco a poco, y cada vez que hablábamos por teléfono se le notaba más animado. Solo había un momento complicado: cuando salía el tema del cáncer. Ahí sí que se emocionaba y a veces se le escapaban las lágrimas. No porque estuviera mal, sino porque era un tema que le removía por dentro. Pero fuera de eso, estaba bien, y eso me daba mucha tranquilidad.

En conclusión, a veces la distancia hace que todo duela más, pero también te enseña a valorar lo que de verdad importa.

                                                                                      Marta Serna Cabezón 1A febrero 2026.

 

 

 

 


Comentarios