Olivia Íñigo (Las últimas horas en el poder)


LAS ÚLTIMAS HORAS EN EL PODER


3 de enero, 1:50 de la madrugada. Una noche aparentemente como cualquier otra. Unas horas antes había estado bromeando con la misma situación que jamás pensé que me tocaría vivir.

 

Todo comenzó hace unos meses, tras escuchar rumores, decidí dar declaraciones en los medios. “Corrupto”, “delincuente” y “dictador”, me decían. El pueblo y el mundo eran mis enemigos. Las amenazas y advertencias hacia mí se volvieron abrumadoras. Pedí ayuda, y al no recibirla tomé el consejo de la gente, simplemente decidí hacer caso omiso y me tomé con humor mi situación para hacerla más llevadera. Mis amigos, familiares y gente cercana sentían preocupación por mí, por lo que decidí reunirme con ellos en distintas ocasiones para transmitirles tranquilidad, pero eso no sirvió para evitar lo que sucedería más tarde. Mediante burlas, campañas y cantos, evadíamos la realidad.

 

1:52. Abrí los ojos y pude ver el poste de mi cama temblando, para luego levantar la mirada y escuchar un fuerte ruido al otro lado de mi ventana. Levanté la persiana rápidamente y la imagen que vi me congeló la sangre. El control ya no lo tenía yo, me lo había quitado mi enemigo. Acto seguido, desperté a mi esposa, nos pusimos las primeras prendas de ropa que encontramos e intentamos buscar alguna manera de escapar. Llamé a mis guardias para estar protegidos durante nuestro plan de escape, pero ninguno contestó. “Seguro que, al ser altas horas de la noche, ninguno está despierto”, pensé. Así que salí a buscarlos yo mismo, y me di cuenta de la realidad de la situación. Mientras caminaba desorientado y lleno de incertidumbre por los pasillos de mi casa, pude distinguir algunos charcos de sangre y partes del cuerpo de todo tipo esparcidas por el suelo, por lo que volví a la habitación a buscar a mi mujer, pero ella llevaba unas esposas y se encontraba al lado de autoridades norteamericanas. Al presenciar este momento, di por hecho que todo había terminado, tanto mi mandato en Venezuela como probablemente mi vida.

 

2:01. Estaba completamente paralizado, lo que me impidió reaccionar y defenderme cuando aquel guardia me esposó. Para desorientarme, me vendaron los ojos con un antifaz y me pusieron auriculares en las orejas. Aún me costaba asimilar lo que estaba pasando, fui sacado de mi casa y había un helicóptero esperándonos en el exterior, el cual no pude ver, pero a pesar de tener los oídos bloqueados, pude distinguir a duras penas el ruido de las hélices. Sé que estuve de viaje en viaje, pero al estar incapacitado para ver y oír nunca supe mi recorrido exacto. Al llegar a lo que pensé que sería mi último destino, pude apreciar la oscuridad de la noche y escuchar el murmullo de los oficiales que esperaban mi llegada. Consideré que hubo un grato recibimiento por su parte, por lo que reaccioné saludándoles de buena manera y deseándoles un feliz año nuevo. No sabía que iba a pasar conmigo, así que a pesar de todo el daño que había provocado a mi país, quería ser recordado como un hombre educado y cordial.

 

Fui entregado a la fiscalía de Nueva York y nuevamente trasladado a la cárcel de Brooklyn, donde resido desde hace un mes. La vida aquí es extraña y bastante incómoda para mi gusto, ya que no me dejan dormir con tranquilidad, nunca se apagan las luces y mucho menos me dejan ver la luz del sol. Vivo rodeado de personas peligrosas y problemáticas en la misma celda que yo, siempre escucho un ruido incesante e insoportable y muchos de los presos tienen una opinión en contra de mi régimen o dicen ser apresados por mi culpa. Los guardias me amenazan con quitarme la hora de la comida o lo que ellos llaman “tiempo de ocio” si no cumplo sus órdenes.

 

Estoy bastante incomunicado del exterior, pero por la poca información que me ha llegado, el pueblo venezolano está feliz por mi captura. Durante mis 13 años de gobierno siempre pensé que Venezuela estaba de mi parte, pero ahora que estoy preso me he dado cuenta de que mi ausencia solo ha proporcionado optimismo por el supuesto progreso del país, y eso me atormenta más que la propia sentencia.  El mismo pueblo que llevo tantos años gobernando ahora festeja mi ausencia y no ha derramado ni una sola lágrima. ¿Tan mal lo he hecho para merecer tanto desprecio? ¿Tanto daño he hecho Venezuela? ¿La maldad está en mí o en ellos?

 

Mientras transcurre la noche, no solo se me dificulta la tarea de dormir por las luces que siguen encendidas, sino por los pensamientos que invaden mi cabeza. Empiezo a pensar en todas las decisiones que he tomado durante mi trayectoria, y me doy cuenta de que no simplemente he caído, sino que el dolor que siente mi pueblo al respecto es nulo. En ese momento caigo en la cuenta de que la gente realmente no apoyaba mi iniciativa, simplemente estaban sometidos a mi gobierno y se veían obligados a aceptarlo. Mi nombre es Nicolás Maduro Moros, soy ex presidente de Venezuela y espero cumplir pronto con mi sentencia para regresar a Venezuela y recuperar el respeto y apoyo de mi pueblo.

 

Olivia Íñigo Sánchez de Ibargüen, 1ºA, 5/2/2026

 

 

 

 

Comentarios