LAS ÚLTIMAS HORAS EN EL PODER
3
de enero, 1:50 de la madrugada. Una noche aparentemente como cualquier otra.
Unas horas antes había estado bromeando con la misma situación que jamás pensé
que me tocaría vivir.
Todo
comenzó hace unos meses, tras escuchar rumores, decidí dar declaraciones en los
medios. “Corrupto”, “delincuente” y “dictador”, me decían. El pueblo y el mundo
eran mis enemigos. Las amenazas y advertencias hacia mí se volvieron
abrumadoras. Pedí ayuda, y al no recibirla tomé el consejo de la gente,
simplemente decidí hacer caso omiso y me tomé con humor mi situación para
hacerla más llevadera. Mis amigos, familiares y gente cercana sentían
preocupación por mí, por lo que decidí reunirme con ellos en distintas
ocasiones para transmitirles tranquilidad, pero eso no sirvió para evitar lo
que sucedería más tarde. Mediante burlas, campañas y cantos, evadíamos la
realidad.
1:52.
Abrí los ojos y pude ver el poste de mi cama temblando, para luego levantar la
mirada y escuchar un fuerte ruido al otro lado de mi ventana. Levanté la
persiana rápidamente y la imagen que vi me congeló la sangre. El control ya no
lo tenía yo, me lo había quitado mi enemigo. Acto seguido, desperté a mi
esposa, nos pusimos las primeras prendas de ropa que encontramos e intentamos
buscar alguna manera de escapar. Llamé a mis guardias para estar protegidos
durante nuestro plan de escape, pero ninguno contestó. “Seguro que, al ser
altas horas de la noche, ninguno está despierto”, pensé. Así que salí a
buscarlos yo mismo, y me di cuenta de la realidad de la situación. Mientras
caminaba desorientado y lleno de incertidumbre por los pasillos de mi casa,
pude distinguir algunos charcos de sangre y partes del cuerpo de todo tipo
esparcidas por el suelo, por lo que volví a la habitación a buscar a mi mujer,
pero ella llevaba unas esposas y se encontraba al lado de autoridades
norteamericanas. Al presenciar este momento, di por hecho que todo había
terminado, tanto mi mandato en Venezuela como probablemente mi vida.
2:01.
Estaba completamente paralizado, lo que me impidió reaccionar y defenderme
cuando aquel guardia me esposó. Para desorientarme, me vendaron los ojos con un
antifaz y me pusieron auriculares en las orejas. Aún me costaba asimilar lo que
estaba pasando, fui sacado de mi casa y había un helicóptero esperándonos en el
exterior, el cual no pude ver, pero a pesar de tener los oídos bloqueados, pude
distinguir a duras penas el ruido de las hélices. Sé que estuve de viaje en
viaje, pero al estar incapacitado para ver y oír nunca supe mi recorrido
exacto. Al llegar a lo que pensé que sería mi último destino, pude apreciar la
oscuridad de la noche y escuchar el murmullo de los oficiales que esperaban mi
llegada. Consideré que hubo un grato recibimiento por su parte, por lo que
reaccioné saludándoles de buena manera y deseándoles un feliz año nuevo. No
sabía que iba a pasar conmigo, así que a pesar de todo el daño que había
provocado a mi país, quería ser recordado como un hombre educado y cordial.
Fui
entregado a la fiscalía de Nueva York y nuevamente trasladado a la cárcel de
Brooklyn, donde resido desde hace un mes. La vida aquí es extraña y bastante
incómoda para mi gusto, ya que no me dejan dormir con tranquilidad, nunca se
apagan las luces y mucho menos me dejan ver la luz del sol. Vivo rodeado de
personas peligrosas y problemáticas en la misma celda que yo, siempre escucho
un ruido incesante e insoportable y muchos de los presos tienen una opinión en
contra de mi régimen o dicen ser apresados por mi culpa. Los guardias me
amenazan con quitarme la hora de la comida o lo que ellos llaman “tiempo de
ocio” si no cumplo sus órdenes.
Estoy
bastante incomunicado del exterior, pero por la poca información que me ha
llegado, el pueblo venezolano está feliz por mi captura. Durante mis 13 años de
gobierno siempre pensé que Venezuela estaba de mi parte, pero ahora que estoy
preso me he dado cuenta de que mi ausencia solo ha proporcionado optimismo por
el supuesto progreso del país, y eso me atormenta más que la propia
sentencia. El mismo pueblo que llevo
tantos años gobernando ahora festeja mi ausencia y no ha derramado ni una sola
lágrima. ¿Tan mal lo he hecho para merecer tanto desprecio? ¿Tanto daño he
hecho Venezuela? ¿La maldad está en mí o en ellos?
Mientras
transcurre la noche, no solo se me dificulta la tarea de dormir por las luces
que siguen encendidas, sino por los pensamientos que invaden mi cabeza. Empiezo
a pensar en todas las decisiones que he tomado durante mi trayectoria, y me doy
cuenta de que no simplemente he caído, sino que el dolor que siente mi pueblo
al respecto es nulo. En ese momento caigo en la cuenta de que la gente
realmente no apoyaba mi iniciativa, simplemente estaban sometidos a mi gobierno
y se veían obligados a aceptarlo. Mi nombre es Nicolás Maduro Moros, soy ex
presidente de Venezuela y espero cumplir pronto con mi sentencia para regresar
a Venezuela y recuperar el respeto y apoyo de mi pueblo.
Olivia Íñigo Sánchez de Ibargüen, 1ºA, 5/2/2026
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