EL HOMBRE DE GRIS
Dejadme
que os cuente la historia de un hombre gris. Este era un hombre que todos los
días se sentaba a desayunar con su familia mientras bebía de su taza de café
gris leía un periódico gris acompañaba a sus hijo e hija al colegio iba al
trabajo hacía la pausa para el café acompañaba a sus hijos de vuelta a casa se
sentaba a cenar con su familia comía la comida y luego veía un poco la
televisión para irse a dormir a la cama con su mujer. Desde muchos puntos de
vista esta podría considerarse una vida normal o incluso afortunada. Tuvo un
piso grande un buen coche unos hijos perfectos, estuvo casado con la mujer de
su vida, pero aun así su vida no dejaba de ser gris. Porque todas las mañanas
se levantaba de su cama gris con su pijama gris se ponía su traje gris y otra
vez toda la rutina.
Este hombre cuando llegaban los domingos y su
mujer y suegra iban a misa él las acompañaba y se quedaba sentado en el
banquillo inmóvil para luego salir al parque para que sus hijos jugaran con sus
amigos se sentaba en un parque y los observaba y veía a las familias sentadas riendo,
charlando veía a su mujer e hijos felices. Así se los quedaba mirando fijamente
durante horas, pero a él no le importaba porque si su familia estaba feliz, él
estaba feliz. Luego de eso los acompañaba al restaurante italiano al que tantos
domingos habían ido. Sus hijos como siempre se pedían espaghetti carbonara su
hijo se pedía un helado de limón y su hija unos cannoli, su mujer se pedía su
pizza margarita que tanto le gustaba y de postre comía un helado de vainilla y
su suegra se pedía también una pizza margarita. Después de esto su suegra
tomaba la iniciativa y después de hacerse de rogar con frases como “Los
domingos son para los nietos y la nonna” pagaba la cuenta. Mientras tanto sus
hijos Ana y Luis de 5 y 7 años respectivamente los miraban atónitos como si lo
que estuvieran presenciando fuera el espectáculo más bizarro y extraño del
mundo, como puede ser que de los dos adultos sentados en la mesa los dos estuvieran
argumentando quién pagaría.
Luego
de eso volvían a casa en su impresionante coche dejaban a la abuela en su casa
volvían a la suya para luego terminar los deberes que no habían hecho el sábado.
Más tarde hacia las ocho y media su madre les decía que había que irse a dormir
porque al siguiente día había que madrugar, y sus hijos le decían “pero mamá
como nos vamos a ir ahora a dormir si todavía está el sol” y su madre ya
cansada les decía “a la cama sin rechistar”. Hasta ahora esto os parecerá que
son unas crónicas de lo más sosas y monótonas y probablemente estaréis pensando
que el escritor que compuso esta partitura de palabras grises y aburridas ha
decidido que los próximos cinco minutos de vuestra vida sean los más
insoportables de vuestra existencia. Más insoportables que la pregunta del
pariente en la cena de Navidad de si todavía tienes novia o novio. Es por ello
querido lector u oyente que reacciones igual que en ese preciso instante, con
paciencia.
Después
de esto su madre les mandaba lavar los dientes durante dos minutos porque si no
tendrían caries y sacaba la amenaza de que si tenían esta terrible enfermedad
tendrían que ir al malvado dentista que solo buscaba el mal de la población
infantil. Mientras se cepillaban los dientes su padre se los quedaba mirando y
los cronometraba. Porque, aunque fuera un hombre gris se preocupaba por su
familia.
Después
de esto se iban a su cuarto y ya listos en su cama empezaba su momento favorito
de la noche la de escoger una historia para irse a dormir. Luis quería que le
leyesen su libro de superhéroes, pero Ana quería la historia del caballero con
armadura que derrotaba a los monstruos y criaturas malvadas que aterraban a
pueblos y ciudades. Al final como no se ponían de acuerdo su madree sacaba un
libro antiguo y gastado que en algún momento fue su libro de historias
favorito. Ese era un libro especial como nunca antes
se había visto tenía todas las fábulas de Esopo y los cuentos de los hermanos
Grimm o los de Gloria Fuertes. Después de esto leían la historia y para alargar
el momento preguntaban sobre el significado de palabras como cazo o brasas. Al
fin y al cabo, era menos tiempo de mirar a la pared. Al final se dejaban llevar
por la historia y un grito ahogado o risa siempre se escapaba.
Cuando su madre terminó de leer el cuento su
hija de cinco años le dijo” Esta historia le habría encantado a papá”:
Pablo Fernández Febrero de 2026
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