Pablo Fernández (El hombre de gris)


 

EL HOMBRE DE GRIS


Dejadme que os cuente la historia de un hombre gris. Este era un hombre que todos los días se sentaba a desayunar con su familia mientras bebía de su taza de café gris leía un periódico gris acompañaba a sus hijo e hija al colegio iba al trabajo hacía la pausa para el café acompañaba a sus hijos de vuelta a casa se sentaba a cenar con su familia comía la comida y luego veía un poco la televisión para irse a dormir a la cama con su mujer. Desde muchos puntos de vista esta podría considerarse una vida normal o incluso afortunada. Tuvo un piso grande un buen coche unos hijos perfectos, estuvo casado con la mujer de su vida, pero aun así su vida no dejaba de ser gris. Porque todas las mañanas se levantaba de su cama gris con su pijama gris se ponía su traje gris y otra vez toda la rutina.

 

 Este hombre cuando llegaban los domingos y su mujer y suegra iban a misa él las acompañaba y se quedaba sentado en el banquillo inmóvil para luego salir al parque para que sus hijos jugaran con sus amigos se sentaba en un parque y los observaba y veía a las familias sentadas riendo, charlando veía a su mujer e hijos felices. Así se los quedaba mirando fijamente durante horas, pero a él no le importaba porque si su familia estaba feliz, él estaba feliz. Luego de eso los acompañaba al restaurante italiano al que tantos domingos habían ido. Sus hijos como siempre se pedían espaghetti carbonara su hijo se pedía un helado de limón y su hija unos cannoli, su mujer se pedía su pizza margarita que tanto le gustaba y de postre comía un helado de vainilla y su suegra se pedía también una pizza margarita. Después de esto su suegra tomaba la iniciativa y después de hacerse de rogar con frases como “Los domingos son para los nietos y la nonna” pagaba la cuenta. Mientras tanto sus hijos Ana y Luis de 5 y 7 años respectivamente los miraban atónitos como si lo que estuvieran presenciando fuera el espectáculo más bizarro y extraño del mundo, como puede ser que de los dos adultos sentados en la mesa los dos estuvieran argumentando quién pagaría.

 

  Luego de eso volvían a casa en su impresionante coche dejaban a la abuela en su casa volvían a la suya para luego terminar los deberes que no habían hecho el sábado. Más tarde hacia las ocho y media su madre les decía que había que irse a dormir porque al siguiente día había que madrugar, y sus hijos le decían “pero mamá como nos vamos a ir ahora a dormir si todavía está el sol” y su madre ya cansada les decía “a la cama sin rechistar”. Hasta ahora esto os parecerá que son unas crónicas de lo más sosas y monótonas y probablemente estaréis pensando que el escritor que compuso esta partitura de palabras grises y aburridas ha decidido que los próximos cinco minutos de vuestra vida sean los más insoportables de vuestra existencia. Más insoportables que la pregunta del pariente en la cena de Navidad de si todavía tienes novia o novio. Es por ello querido lector u oyente que reacciones igual que en ese preciso instante, con paciencia.

 

Después de esto su madre les mandaba lavar los dientes durante dos minutos porque si no tendrían caries y sacaba la amenaza de que si tenían esta terrible enfermedad tendrían que ir al malvado dentista que solo buscaba el mal de la población infantil. Mientras se cepillaban los dientes su padre se los quedaba mirando y los cronometraba. Porque, aunque fuera un hombre gris se preocupaba por su familia.

 

Después de esto se iban a su cuarto y ya listos en su cama empezaba su momento favorito de la noche la de escoger una historia para irse a dormir. Luis quería que le leyesen su libro de superhéroes, pero Ana quería la historia del caballero con armadura que derrotaba a los monstruos y criaturas malvadas que aterraban a pueblos y ciudades. Al final como no se ponían de acuerdo su madree sacaba un libro antiguo y gastado que en algún momento fue su libro de historias favorito. Ese era un libro especial como nunca antes se había visto tenía todas las fábulas de Esopo y los cuentos de los hermanos Grimm o los de Gloria Fuertes. Después de esto leían la historia y para alargar el momento preguntaban sobre el significado de palabras como cazo o brasas. Al fin y al cabo, era menos tiempo de mirar a la pared. Al final se dejaban llevar por la historia y un grito ahogado o risa siempre se escapaba.

 

 Cuando su madre terminó de leer el cuento su hija de cinco años le dijo” Esta historia le habría encantado a papá”:

 

Pablo Fernández Febrero de 2026

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