Robert Illsley Pastor (Pasado bajo el barro)


 

PASADO BAJO EL BARRO


Era un día tranquilo, como cualquier otro, en 1893. La vida no era fácil y menos aún si solo habías nacido unos meses atrás, como Harry. Él vivía en un pequeño pueblo de Berkshire con su familia, pero que el pueblo fuera pequeño no significaba que la actividad industrial lo fuera, y menos aún que fuera a detenerse.

Ya cuando Harry tenía 12 años, tuvo que dejar la escuela. El dinero escaseaba y todas estas nuevas minas y fábricas traían nuevas oportunidades de trabajo, unas oportunidades que Harry no podía dejar pasar porque tenía la obligación moral de ayudar económicamente a su familia desde tan temprana edad. Aunque no pagaran mucho, su trabajo consistía en llevar el carbón de las minas a las casas durante el invierno para mantener las chimeneas de su calle humeando, a pesar de la nieve o la ventisca.

Para no ser una carga para sus padres al haber alcanzado la mayoría de edad, pero también por las ansias de ver mundo, se enlistó en el ejército en 1910. El pago era bueno y no tenía que pagar ni por comida ni por un techo bajo el que vivir. De esta forma, acabó en el 2º Regimiento Real de Berkshire, donde tuvo gran facilidad para aprender a escribir, una cualidad rara para la época. Al enlistarse, otro de sus objetivos se había cumplido: en 1911, su regimiento fue destinado a Jhansi, en la India, para su entrenamiento y servicio como fuerza de seguridad, donde fue especializado en comunicaciones gracias a su facilidad de aprendizaje.

Pero esos tres años que pasaría en la India se harían cortos en comparación con lo que estaba por venir. El 4 de agosto de 1914, Alemania invade Bélgica, por lo que Reino Unido se incorpora al mayor conflicto que había habido hasta el momento: la Gran Guerra. Por este acontecimiento, el 5 de noviembre de 1914 el 2º Regimiento Real de Berkshire llegaría a Francia. Seis días después, su regimiento recibiría la orden de relevar al 1º Batallón de York en posiciones belgas, esto sería su bautismo de fuego, ya que se encontraban justo en medio de la retirada de Mons, donde tuvieron que mantener posiciones contra el grueso del ejército alemán en el Plan Schlieffen. Harry y el resto de los Viejos Despreciables (nombre con el que se refería el alto mando alemán a la Fuerza Expedicionaria Británica) recibirían la Estrella de Mons, una medalla por participar y sobrevivir a aquella retirada.

Ahora, ya en 1915, la guerra se había estancado, sin grandes pérdidas ni ganancias de terreno. Ya era septiembre y el calor moderado había dado paso a lluvias y vendavales que convertían la rutina en una odisea. Achicando las trincheras y escarbando en las raciones, los ataques enemigos eran constantes, el fuego de ametralladora cortaba el sueño, y la artillería se había convertido en el complemento usual de una conversación. Pero todos sabían algo de lo que se evitaba hablar, que en algún momento serían ellos los que tendrían que atacar.

Este momento llegó el 24 de septiembre de 1915, en el pueblo de Bois-Grenier (casualmente el mismo lugar donde Hitler estuvo estacionado durante la Primera Guerra Mundial). Todo parecía normal; la artillería era escasa y solo se escuchaba un disparo cada dos minutos, pero de repente un estruendo ensordecedor revolvió la atmósfera. La artillería de antes solo estaba encontrando la distancia exacta y lo había conseguido: era como si el cielo fuera de cristal y se estuviera cayendo tras alguien lanzarle una piedra.

Tras la cobertura de la artillería, avanzaban cinco regimientos británicos. La artillería, junto a la lluvia de la noche anterior, había creado cráteres inundados de varios metros de profundidad, que hacían que el que no se hundiese en el barro se ahogara por el peso de su equitación. Los afortunados que llegaron a las trincheras alemanas, cruzando alambre de púas, fuego de mortero y balas de ametralladoras y fusiles, se dieron cuenta de una verdad devastadora: la lluvia y la humedad habían transformado sus granadas en inertes bolas de metal. Sabían que, sin ellas, no aguantarían más de media hora.

Pero siguieron avanzando esquina por esquina por las trincheras alemanas y, de repente, como si Dios mismo hubiera escuchado sus lamentos, encontraron tres cajas secas de granadas en un almacén alemán. Esto los animó durante un tiempo, hasta que se dieron cuenta de que estaban retrocediendo lentamente; ya no tenían suficientes hombres para mantener el frente y, aunque pidieran refuerzos, no llegaban.

En ese instante, Harry se dio cuenta de lo que estaba pasando: las líneas de teléfono habían sido cortadas, por lo que la única forma de comunicarse eran los banderines, pero para eso habría que salir de la trinchera, lo que sería una muerte casi segura. Pero no hacerlo sería la sentencia para los 300 hombres que dependían de esos refuerzos, por lo que subió al parapeto y, bajo fuego de artillería y fusiles, consiguió mandar el mensaje de socorro. Harry acabó sobreviviendo a la batalla y logró que 273 de los 300 hombres regresaran al lado británico. Aunque sus acciones fueran por propia supervivencia, a Harry le fue concedida la Medalla Militar, una de las más altas condecoraciones de la guerra, y una subida de rango, aunque él la rechazó.

Al final, siguió luchando en varias batallas, reconocidas como la ofensiva del Somme y otras más, pero tendría un golpe de suerte el 13 de abril de 1917, a unos kilómetros al norte del Somme, en Arras, donde un alemán le clavó una pala, haciéndole un corte desde el hombro hasta la muñeca. Esta fue su última vez en Francia, ya que fue transportado a un hospital militar en Irlanda, donde pasaría seis meses recuperando parcialmente el movimiento en su brazo. Fue descargado honorablemente de sus funciones el 27 de marzo de 1918.

Harry acabó teniendo tres hijos, que tendrían que participar en la Segunda Guerra Mundial, y él moriría de cáncer de pulmón. Esa es la historia de Harry, un hombre normal cuyo pasado fue enterrado en barro y cuerpos.


Robert Illsley Pastor 1ºA 16 enero 2026

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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