PASADO BAJO EL BARRO
Era un día tranquilo, como cualquier
otro, en 1893. La vida no era fácil y menos aún si solo habías nacido unos
meses atrás, como Harry. Él vivía en un pequeño pueblo de Berkshire con su
familia, pero que el pueblo fuera pequeño no significaba que la actividad
industrial lo fuera, y menos aún que fuera a detenerse.
Ya cuando Harry tenía 12 años, tuvo
que dejar la escuela. El dinero escaseaba y todas estas nuevas minas y fábricas
traían nuevas oportunidades de trabajo, unas oportunidades que Harry no podía
dejar pasar porque tenía la obligación moral de ayudar económicamente a su
familia desde tan temprana edad. Aunque no pagaran mucho, su trabajo consistía
en llevar el carbón de las minas a las casas durante el invierno para mantener
las chimeneas de su calle humeando, a pesar de la nieve o la ventisca.
Para no ser una carga para sus
padres al haber alcanzado la mayoría de edad, pero también por las ansias de
ver mundo, se enlistó en el ejército en 1910. El pago era bueno y no tenía que
pagar ni por comida ni por un techo bajo el que vivir. De esta forma, acabó en
el 2º Regimiento Real de Berkshire, donde tuvo gran facilidad para aprender a
escribir, una cualidad rara para la época. Al enlistarse, otro de sus objetivos
se había cumplido: en 1911, su regimiento fue destinado a Jhansi, en la India,
para su entrenamiento y servicio como fuerza de seguridad, donde fue
especializado en comunicaciones gracias a su facilidad de aprendizaje.
Pero esos tres años que pasaría en
la India se harían cortos en comparación con lo que estaba por venir. El 4 de
agosto de 1914, Alemania invade Bélgica, por lo que Reino Unido se incorpora al
mayor conflicto que había habido hasta el momento: la Gran Guerra. Por este
acontecimiento, el 5 de noviembre de 1914 el 2º Regimiento Real de Berkshire
llegaría a Francia. Seis días después, su regimiento recibiría la orden de
relevar al 1º Batallón de York en posiciones belgas, esto sería su bautismo de
fuego, ya que se encontraban justo en medio de la retirada de Mons, donde
tuvieron que mantener posiciones contra el grueso del ejército alemán en el
Plan Schlieffen. Harry y el resto de los Viejos Despreciables (nombre con el
que se refería el alto mando alemán a la Fuerza Expedicionaria Británica)
recibirían la Estrella de Mons, una medalla por participar y sobrevivir a
aquella retirada.
Ahora, ya en 1915, la guerra se
había estancado, sin grandes pérdidas ni ganancias de terreno. Ya era
septiembre y el calor moderado había dado paso a lluvias y vendavales que
convertían la rutina en una odisea. Achicando las trincheras y escarbando en las
raciones, los ataques enemigos eran constantes, el fuego de ametralladora
cortaba el sueño, y la artillería se había convertido en el complemento usual
de una conversación. Pero todos sabían algo de lo que se evitaba hablar, que en
algún momento serían ellos los que tendrían que atacar.
Este momento llegó el 24 de
septiembre de 1915, en el pueblo de Bois-Grenier (casualmente el mismo lugar
donde Hitler estuvo estacionado durante la Primera Guerra Mundial). Todo
parecía normal; la artillería era escasa y solo se escuchaba un disparo cada
dos minutos, pero de repente un estruendo ensordecedor revolvió la atmósfera.
La artillería de antes solo estaba encontrando la distancia exacta y lo había
conseguido: era como si el cielo fuera de cristal y se estuviera cayendo tras
alguien lanzarle una piedra.
Tras la cobertura de la artillería,
avanzaban cinco regimientos británicos. La artillería, junto a la lluvia de la
noche anterior, había creado cráteres inundados de varios metros de
profundidad, que hacían que el que no se hundiese en el barro se ahogara por el
peso de su equitación. Los afortunados que llegaron a las trincheras alemanas,
cruzando alambre de púas, fuego de mortero y balas de ametralladoras y fusiles,
se dieron cuenta de una verdad devastadora: la lluvia y la humedad habían
transformado sus granadas en inertes bolas de metal. Sabían que, sin ellas, no
aguantarían más de media hora.
Pero siguieron avanzando esquina por
esquina por las trincheras alemanas y, de repente, como si Dios mismo hubiera
escuchado sus lamentos, encontraron tres cajas secas de granadas en un almacén
alemán. Esto los animó durante un tiempo, hasta que se dieron cuenta de que
estaban retrocediendo lentamente; ya no tenían suficientes hombres para
mantener el frente y, aunque pidieran refuerzos, no llegaban.
En ese instante, Harry se dio cuenta
de lo que estaba pasando: las líneas de teléfono habían sido cortadas, por lo
que la única forma de comunicarse eran los banderines, pero para eso habría que
salir de la trinchera, lo que sería una muerte casi segura. Pero no hacerlo
sería la sentencia para los 300 hombres que dependían de esos refuerzos, por lo
que subió al parapeto y, bajo fuego de artillería y fusiles, consiguió mandar
el mensaje de socorro. Harry acabó sobreviviendo a la batalla y logró que 273 de
los 300 hombres regresaran al lado británico. Aunque sus acciones fueran por
propia supervivencia, a Harry le fue concedida la Medalla Militar, una de las
más altas condecoraciones de la guerra, y una subida de rango, aunque él la
rechazó.
Al final, siguió luchando en varias
batallas, reconocidas como la ofensiva del Somme y otras más, pero tendría un
golpe de suerte el 13 de abril de 1917, a unos kilómetros al norte del Somme,
en Arras, donde un alemán le clavó una pala, haciéndole un corte desde el
hombro hasta la muñeca. Esta fue su última vez en Francia, ya que fue
transportado a un hospital militar en Irlanda, donde pasaría seis meses
recuperando parcialmente el movimiento en su brazo. Fue descargado
honorablemente de sus funciones el 27 de marzo de 1918.
Harry acabó teniendo tres hijos, que
tendrían que participar en la Segunda Guerra Mundial, y él moriría de cáncer de
pulmón. Esa es la historia de Harry, un hombre normal cuyo pasado fue enterrado
en barro y cuerpos.
Robert
Illsley Pastor 1ºA 16 enero 2026
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