Rocío Lorido (Un viaje sin regreso)


UN VIAJE SIN REGRESO


Era un 18 de enero de 2026, un día aparentemente normal en el que regresábamos de Madrid mi hermano, mi primo, mis padres y yo. Habíamos viajado para disfrutar de un partido del Real Madrid, nuestro equipo favorito y musical del rey León, ya que eran nuestros regalos de Reyes. Sin embargo, durante el trayecto de vuelta a Huelva todo cambió en un instante.

 

El viaje habías sido especial porque estábamos los cinco juntos y para mí era un sueño ver jugar a mi equipo favorito. A las 18:00 de la tarde subimos al tren de regreso y tras un fin de semana intenso, el cansancio hizo que nos quedáramos dormidos rápidamente. De repente el tren comenzó a sacudirse con violencia y a moverse de una manera que no era normal. Me desperté sobresaltada y un poco angustiada y le pregunté a mi padre que qué estaba ocurriendo. Él intentó tranquilizarme diciéndome que no pasaba nada y que pronto llegaríamos a Huelva, mientras mi hermano y mi primo comentaban el partido. Sin embargo mi madre presentía que algo no iba bien, ya que el tren circulaba con una velocidad inusual y me cogió la mano tratando de calmarme.

 

De pronto se oyó un ruido estremecedor, como si el tren hubiera chocado contra algo, seguido de un golpe aún más fuerte que hizo que el vagón se balanceara de un lado a otro. Las luces se apagaron y todo quedó oscuro. Solo se escuchaban gritos y llantos, estaba muy asustada e intenté llamar a mis padres, a mi hermano y a mi primo, pero nadie me contestó. Cuando miré a mi alrededor, mi familia ya no estaba, en el aire había polvo y apenas podía respirar debido al olor de humo y metal, que era un olor bastante insoportable. No sé cuánto tiempo pasó, pero se me hizo eterno, me encontraba sola, sentada entre dos asientos retorcidos y entre cristales rotos, me dolía la cabeza y sentía algo caliente en mi cara, al tocarme vi que era sangre y asustada, volví a pedir ayuda y de nuevo no recibí ninguna respuesta.

 

Con mucha dificultad, conseguí ponerme en pie, todo estaba oscuro y solo se escuchaban teléfonos que no dejaban de sonar junto a cuerpos y llamadas de auxilio. Vi una ventana rota y pensé que por ahí podría salir, trepé como pude pero mi abrigo se quedó enganchado en un hierro, por tanto decidí dejarlo ahí, también me quité los zapatos ya que me impedían avanzar. Al salir el aire estaba frío y el suelo lleno de piedras,  me dolían los pies pero caminé por las vías con esperanza de encontrar a mis padres, convencida de que ellos estarían buscándome. Avancé con miedo rodeada de ruidos extraños pero mi familia no aparecía.

 

Entonces vi a dos hombres vestidos de verde que me preguntaron que si yo estaba sola y que dónde estaban mis padres. Les dije que no les encontraba y que tampoco sabía nada de mi hermano ni de mi primo. Me preguntaron que cuántos años tenía y que cómo me llamaba y les contesté: “soy Cristina y tengo 6 años.” Se miraron entre ellos y uno me cogió en brazos, me cubrieron con una manta y me llevaron a un lugar donde había más personas. Me dieron agua y me limpiaron la cara y una mujer me dijo que se haría cargo de mí, que ya estaba a salvo y que no tuviese más miedo.

 

Aquella noche dormí en una camilla, soñé con mi hermano y con mi primo celebrando el gol del partido del Real Madrid y con mis padres haciéndome fotos en el musical. Y al despertar sentí como si algo hubiese cambiado para siempre, algo dentro de mí se rompió. Por la mañana vino mi abuela a recogerme, cuando nos vimos me abrazó,  yo me alegré de verla pero no entendía nada. Le pregunté que dónde estaban mis padres y ella me estrechó con más fuerza y entre llantos me explicó que mi madre estaba desaparecida y que mi padre mi hermano y mi primo ya no estaban con nosotros, yo no lo entendí bien y ella me explicó que se habían ido al cielo. En ese momento comprendí la realidad y sentí como había perdido todo para siempre.

 

Durante un tiempo mantuve la esperanza de encontrar a mi madre en algún hospital cercano, pero más tarde informaron a mi abuela que también fue hallada sin vida. Al llegar a Huelva toda mi familia y los amigos nos recibieron con pena. Desde entonces duermo con mis abuelos, a menudo tengo pesadillas y echo de menos a mi madre cuando me peinaba antes de ir a dormir, a mi padre cuando me cogía la mano para cruzar la calle y a mi hermano y a mi primo cuando jugaban conmigo y me hacían cosquillas.

 

Me pregunto por qué me ha ocurrido esto a mi, si mi familia era muy creyente y todos los fines de semana íbamos a misa. Le pregunté a mi abuela que dónde estaba Dios cuando lo necesitábamos que por qué iba contra mí. Ella me respondió que Dios no podía evitar el accidente, pero que él estaba recibiendo en el cielo a mis padres a mi hermano y a mi primo, consolando a las familias que tanto sufrían y haciendo que desde allí arriba me cuidasen para siempre. También me dijo que estaban con Jesús en un lugar de paz y sin dolor.

 

Días después se celebró el funeral, había 45 fallecidos en ese tren y estaban sus respectivas familias. Había más niños que también habían perdido algún familiar y también muchos adultos que no podían parar de llorar. Yo solo me podía fijar en los nombres de mis padres de mi hermano y de mi primo. Mis tíos me sujetaban la mano con fuerza mientras lloraban sin consuelo, sentía que mi vida se había detenido, que mi mundo se había quedado vacío y que nada volvería a ser como antes. La casa se volvió silenciosa, las pertenencias de mi familia seguían allí, pero ellos no. En cada rincón había recuerdos, fotos,  juguetes y miles de anécdotas. Mis tíos y mis abuelos intentaban distraerme y hacerme sonreír, porque al fin y al cabo yo solo soy una niña pequeña. De lo que ellos no se dan cuenta, es que crecí demasiado rápido sin quererlo y eso ya no se iba a poder cambiar.

 

Un día mientras abrazaba a mi abuela sentí un calor en el pecho, como si algo me protegiera. Me sentí segura y acompañada. Y comprendí que, aunque ya no estuvieran conmigo, aún me quedaba mucho por vivir y que desde donde estuviesen, tenía la firmeza que seguirían guiándome y celebrando mis logros. Aprendí que debo ser valiente por ellos, para que se sientan orgullosos de mí, a seguir teniéndoles presentes. Porque han sido y siempre serán siempre mi apoyo. Y como dice mi abuela, esto nos recuerda que la llamada que no se hace, se queda sin hacer y que el beso que no das, es el que más recuerdas. Por eso hay que vivir intensamente, porque nunca se sabe lo que puede pasar mañana.

 

Rocío Lorido 1A 02-02-2026

 

 

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