MI AVENTURA AMERICANA
Desde pequeña, mis
padres siempre me animaron a irme a estudiar un año a Estados Unidos. Ellos lo
veían como una oportunidad increíble, pero yo, sin embargo, no lo veía así. En aquel
momento no quería irme tan lejos, ya que no me imaginaba dejar atrás todo lo
que poco a poco había construido, así que, siempre que mis padres lo
mencionaban delante de mí, yo pasaba del tema y cambiaba de conversación, ya que
no me imaginaba un año fuera de mi ciudad natal.
Cuando llegó el momento de tomar la decisión, mis padres, al verme poco segura, pensaron que irme con una beca de baloncesto podría ser la manera de convencerme de embarcarme en esta aventura. Ellos sabían que, de esta manera, me iría con algo que realmente me apasionaba. Cuando me lo contaron, me sorprendió y me llamo mucho la atención. Misión cumplida por su parte.
Fue así como, el 21 de
agosto de 2024, me encontré en el aeropuerto de Madrid-Barajas, con mi vida
reducida a tres maletas y con un billete de avión rumbo a Asheville, en Carolina
del Norte.
Cuando llegué allí, la
adaptación fue dura, porque echaba muchas cosas en falta, entre ellas a mi
familia, mis amigos y, sobre todo, la comida. Yo vivía en el propio colegio, lo
que hacía la experiencia aún más intensa. Como os podréis imaginar, el colegio tenía
una gran diversidad de nacionalidades, por lo que, obviamente, no era la única
española lo cual me ayudó bastante.
A principios de
septiembre comenzaron las clases y empecé a conocer gente de muchos lugares del
mundo, no solo estadounidenses, lo cual fue una gran experiencia a nivel
personal.
Todo transcurría con
normalidad; mi día a día era como el de cualquier estudiante allí. Iba clase, entrenaba,
cenaba con el resto de los internos, y a las ocho de la noche, estudiaba. Sin
embargo, cuando comenzó la temporada de fútbol americano, la rutina del día a
día mejoró, ya que tanto los que vivíamos en el colegio como los que no íbamos
a animar a nuestro equipo cuando jugaba los partidos de liga. Fue una experiencia
inolvidable.
A finales de septiembre
llegó algo que nadie se esperaba: el huracán Helene. Un huracán que azotó con
gran virulencia parte de Florida y que se adentró en Carolina del Norte en
forma de una gran de tormenta tropical impactando de lleno en mi ciudad,
Asheville.
Yo me enteré por la
noche, mientras dormía, ya que el viento golpeaba con fuerza la ventana. Me
desperté para ir al baño, pero no había ni luz, ni agua. No sabía que estaba
pasando, así que volví y miré mi móvil, pero no había red. Fui a despertar a mi
amiga Paloma, que dormía en la habitación de enfrente, por si sabía qué estaba
pasando, pero ninguna de las dos sabíamos qué había ocurrido.
Al día siguiente, todos
estábamos impactados y asustados porque nos había saltado una alerta en el
móvil avisándonos de la presencia de Helene, en la que se nos advertía que no saliéramos
a la calle. El colegio nos confinó a cada uno en su edificio. Así estuvimos un
par de días, hasta que el colegio decidió que los alumnos internos debían
abandonarlo. En ese momento me quedé en shock y, sobre todo, el hecho de no
poder comunicarme con mi familia me tenía muy preocupada ya que ellos no sabían
cómo me encontraba.
Mi primer destino fue
la casa de un amigo en Asheville. Allí también acogieron a otros siete compañeros.
Estuve allí cinco días, viviendo como podíamos, ya que seguíamos sin luz ni
agua, lo cual hacía que el día a día fuera complicado. Cuando las cosas se calmaron un poco y
empezamos a salir a caminar por la ciudad, nos dimos cuenta de la gravedad de
lo que había pasado. Gran parte del pueblo estaba inundado, la mayoría de los
árboles estaban caídos y había carreteras cortadas… fue un auténtico desastre.
Después de varios días,
la red volvió y pude comunicarme con mis padres, lo cual fue un alivio tanto para
mí como para ellos. Justo en ese momento, una amiga del cole, al saber que la
situación en Asheville no mejoraba, me invitó a su casa en Florida con su
familia. Al instante se lo comuniqué a mis padres, que no dudaron en comprarme
un billete para el primer avión con destino a Florida. Y fue así como pasé casi
un mes sin colegio.
El
hecho de haber conseguido la beca hizo que viviera una experiencia al estilo
americano. Tuve la oportunidad de probar muchas de sus tendencias y costumbres,
e incluso viajé a Nueva York cuando vinieron mis padres a visitarme. Además,
ganamos la liga de baloncesto, algo que recordaré siempre. Pude celebrar Acción
de Gracias como una más, rodeada de gente increíble, y vivir un sinfín de
momentos únicos.
Sin
duda, ha sido una experiencia que me ha marcado muy positivamente en mi vida y,
el día de mañana, si tengo hijos, los animaré a repetir lo que yo hice.
Alejandra Altares 1º Bachillerato A,
abril de 2026
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