ASILI
Hay olores que recuerdas, como ese
que respiras al bajarte del coche al llegar a un lugar que adoras, ¿pero te has
parado a pensar a que huele realmente?
Comencemos desde el inicio, allí
identifico muchos olores. Por un lado, el de la pastelería Porras, que desde
pequeña ha puesto el toque dulce a celebraciones, meriendas improvisadas y
tardes de atracón de chuches en verano. Por otro lado, tenemos el olor de
invierno, ese frio que entra por la nariz, pero al mismo tiempo lleva el aroma
a chimenea encendida. Y, por último, tenemos el olor que permanece, el de campo,
hierva y fresco que tanto añoramos los que vivimos en la ciudad.
La historia de mi pueblo comienza
mucho más allá, casi cuando los humanos ni siquiera existíamos y así es, con
los dinosaurios, que dejaron huellas imborrables, un legado histórico que aun
podemos visitar. También con los Siete Infantes de Lara, leyenda que data del
siglo X y que da nombre al pueblo, Salas de los Infantes. Las cabezas de los Infantes
se encuentran depositadas en la iglesia, lugar donde todo cobra sentido. Allí,
Nuestra Señora espera cada 13 de agosto a que llegue vestida de serranita y con
un ramo con las mejores flores para entregarle.
La ofrenda floral va seguida del
chupinazo, que da inicio a los cuatro días más felices del año, donde junto a
mi segunda familia, mi peña, bailamos y desfilamos con carrozas hechas a mano en
tiempo récord, un espectáculo que nadie puede perderse. Continua con nuestras
inigualables subidas y bajadas de los toros, en conga, acompañados de la charanga,
que junto a la banda del pueblo y las risas ponen tono a nuestras fiestas
patronales de Nuestra Señora y San Roque.
En aquel lugar, no se me conoce por
mi nombre, sino por de quién soy. Y siempre que pregunten, con la cabeza bien
alta responderé "de los Ruiz Espeja”, haciendo honor a mi abuelo, camionero
de profesión y que con su empresa sacó adelante a cinco hijos. Como olvidarme
de mi abuela, que nos dejó hace casi un año, pero que sigue aquí más cerca que
nunca. Luchó contra dos Cáncer de mama, contra mil dolores y una infección, que
parecía una risa después de todo lo que había superado, nos la arrebató de un día
para otro. Supongo que nunca dejara de doler ver su sillón vacío al lado del
abuelo, pero si algo me ha dejado de herencia es aquel lugar que nos une y nos
mantiene juntas.
Desde prácticamente cualquier punto
de Salas de los Infantes se puede admirar la Peña, montaña que esconde mi
segundo pueblo, otro pedacito de mí, Carazo. Dónde mis dos abuelos, desde su
casa, la antigua fragua, hacen que un pueblo que tiene tan solo 16 habitantes
en invierno siga teniendo vida y esté perfecto para cuando nosotros lleguemos. Mi
abuelo, con su pasión por el huerto y la caza, y mi abuela, con su amor
incondicional y su servidumbre, siempre junto a mi perro Otto, esperan día tras
día con los brazos abiertos para vernos llegar. Allí también espera la Virgen
del Sol, que desde su ermita, en lo alto de la montaña guarda y protege a todos
los que formamos parte de su pueblo.
Si me paro a pensar no existe un
solo verano, un solo finde, o un momento importante de mi vida que no se sitúe
entre aquellos dos pueblos. Amigos, familia y animales hacen que la vida allí
sea feliz para mí. Son mi Asili.
Asili, en idioma suajili, expresa
origen de algo, especialmente de una persona. Se refiere a tus raíces, al lugar
de dónde vienes, lo que te define y te conecta con tu identidad. Tengo claro
que no existe palabra que exprese mejor el sentimiento que tengo hacia mis
pueblos, lugares que me han visto crecer y espero seguirán viéndome por mucho
tiempo.
Andrea Ruiz Correal 1º BACH. Abril 2025
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