Cistina Almansa (Hay batallas que se ganan de rodillas)

 

HAY BATALLAS QUE SE GANAN DE RODILLAS


¿Dios porqué nos abandonaste? Es la pregunta que lleva sonando en mi cabeza todo este año, ¿Por qué a mí?, si yo hacía todo por ti ¿ de verdad se había olvidado de mí?. 

 

Ahora solo veo que me estuvo acompañando en todo, aunque es un poco tarde para entenderlo, nunca me dejó sola, no puedo evitar una leucemia pero con él hizo un milagro y ahora lo veo.

Pero os voy a explicar un poco todo esto, era abril, un abril que nunca se me va a olvidar, fue difícil, claro, pero todo en esta vida es superable. 

Una llamada, solo era eso, hasta que vi a mi madre preocupada, no entendía nada, estábamos en la playa y de repente escuché “no te preocupes Pablo, no es nada”, yo noté que algo no iba bien, pero sería una tontería, a él siempre le pasan estas cosas.

No sabía muy bien porqué, pero nos fuimos a Madrid para que le llevasen al hospital. A la mañana siguiente iban a tener que operarle de los ojos, no entendían porqué, pero tenia sangre en la retina.

 

Unos días después solo tenía que ir a una revisión, cuando volvieron a casa, a la hora se tuvieron que volver a ir, algo no iba bien. Rezar fue lo último que se me pasó por la cabeza, pero ahora sé que ahí estaba, a mi lado. Cuando mi madre volvió a casa me dio una noticia que nunca me hubiese esperado, a mi hermano le habían diagnosticado una leucemia, se me rompió el corazón, pero tocaba ser fuerte para que mi madre no se preocupara por mi, yo aquí no era la importante. Cuando se fue, estaba sola, la casa de repente era muy grande, pero algo me acogió y me hizo calmarme, ahí estaba Dios, cuando yo no le había pedido nada, me acompañó, y sentí que todo iba a estar bien.

 

Los siguientes meses no fueron fáciles, estar tantas horas sola en casa, sentir que nadie me entendía, no conseguí contárselo a mucha gente, total ¿para qué?, yo no quería que me tratasen distinto por esto, aunque siempre me iba a acompañar alguien que no está aquí, Él no me podía hablar pero sabía que todo iba a estar bien una vez más, pero yo me distancié, cuando me iba a la cama a rezar no entendía porque lo hacía, porque si todo iba tan mal, me había dejado sola, no me escuchaba, no le veía el sentido a seguir rezando, a ir a misa, aunque mi madre siempre me decía que lo hiciera, ¿De qué servía? si yo hacía eso siempre y me había tocado vivir esto, no me parecía justo. Pero supongo que todo era parte de mi camino y sobretodo de la vida de mi hermano, y aunque no fuera como antes lo seguía intentando por él. 

 

Poco a poco se fue recuperando, yo sabía que era fuerte, pero me demostró que para vivir hay que querer hacerlo y el nunca se rindió. Hubo muchas cosas que mi madre no me quería contar para que yo estuviera bien, pero me enfadaba por dentro cuando me enteraba. Cuando volvió a casa no fue fácil verle así, a una persona tan importante para mí, ver como estaba todo el día en la cama. Ahora echaba de menos que me pegara, que me molestara, simplemente que estuviera bien, porque quien sabía si lo volvería ha hacer. Aunque nunca perdió su forma de ser, seguía teniendo su sonrisa, su manera de ver el mundo que nunca entenderé, pero sobretodo nunca perdió la fe en la vida. 

Yo seguía rezando, pero muy por encima, hasta que llegó el segundo ingreso, ahí decidí que no era justo, que nadie me escuchaba que era como hablar al aire, ¿porque cuando las cosas iban por fin bien, volvió a pasar esto? Yo me rendí, pero Él nunca lo hizo, no me dejó sola. 

 

Todo salió bien, mi hermano mayor volvió de Erasmus y menos mal, ya no estaba tanto tiempo sola, tenía un apoyo más, alguien que estaba pasando por lo mismo que yo. Pero, aunque nunca me demostró su apoyo con palabras su presencia me hacía sentirme segura, por lo menos él estaba ahí.

Cuando volvió a casa todo fue mejorando y cada vez estaba mejor, volvió a tener brillo en los ojos, esa alegría por vivir y esa fuerza que nunca dejó atrás, algo que me hizo sentirme fuerte a mí también. 

 

Llegó el verano y aunque no hiciésemos mucho por él, fue un verano que me ayudó mucho a construir mi fe de cero, estuve mucho con mis amigas, que, aunque ellas no lo supieran fue un apoyo, me ayudaban sin darse cuenta, cada pequeño gesto, un qué tal estás, simplemente su presencia, muchas veces veía a Dios a través de ellas, siempre estuvieron ahí y gracias a eso sé que son un amor incondicional y que son unos regalos del cielo. Fui a Covadonga donde por fin, recé mucho y de verdad sobretodo para que volviese a tener la vista al cien por cien. Llegó el momento que puso un punto y aparte, Fátima que fue un regalo, una semana donde podía estar con mi Virgen y con mis amigos que no había visto hacia un año. Una semana en un santuario, es mucho pensareis, pero a mí se me hizo poco, ahí estaba bien, sabía que estaba con Él y ahí entendí que hay batallas que se ganan de rodillas. Pude volver a confiar, saber que no tuvo nada que ver en una enfermedad, que no pudo pararla y sobretodo que nunca me dejó sola. 

 

Después de esto sentí el corazón lleno, pero cuando se terminó el verano tuvieron que volver a llevarle al médico por el ojo, la sangre otra vez. Dudé, pero no fue como antes, pensé que porqué pasaba esto si es por lo que había rezado todo el verano, que la Virgen de Fátima me había escuchado, pero no era la misma desconfianza que antes, ahora iba a confiar en Él. Cuando llegaron al hospital le dijeron a mi madre que le había pasado lo mismo que la última vez y que no sabían si se lo iban a poder quitar. 

Rezamos mucho hasta que le intervinieron de nuevo y cuando le fueron a revisar otra vez la sangre, se había desplazado haciendo que se fuese a quitar fácilmente, algo increíble, un milagro algo que solo Dios puede conseguir y ahí lo entendí todo, siempre había estado, nos había cuidado, nunca soltó a mi hermano de la mano. 

 

Mi hermano se curaba poco a poco y ya estaba en casa, pude ver como volvía a ser él, como volvió a hablar todo el rato, como volvió a ser luz. Aunque nunca se lo dije, le admiré cada segundo por todo esto, como llevó la situación y como hizo que estuviéramos tan tranquilos, él no lo sabe pero Dios le escogió a él para que me enseñara cómo hay que disfrutar de la vida, como tenemos que confiar y sobretodo a ser luz en la vida de otros. Y hoy, aunque suene raro, le doy las gracias a Dios por cada momento que tuve que pasar, porque me hizo abrir los ojos y ver como de verdad estaba ahí, sin dejarme nunca. 

 

Después de todo entendí que Dios le da sus peores batallas a sus mejores soldados y a día de hoy puedo asegurar que mi hermano es uno de esos y que siempre será un enchufado del de arriba.


Cristina Almansa Albarrán 1A

14/04/2026

 


Comentarios