Lola Pimentel (No es solo un debate)

 

EL NEGOCIO DE LA ETERNIDAD

 

En las sombras de los altos el fuego, donde las bombas callan pero los contratos no, se tejía la verdadera guerra de Gaza. No era la de trincheras ni misiles; era la de suites con aire acondicionado en Doha, despachos blindados en Jerusalén y salones de mármol en Washington. Era la guerra de los trapos sucios, donde la corrupción olía a petróleo qatarí, a promesas electorales israelíes y a comisiones en cuentas offshore.


Todo empezó a destaparse en febrero de 2026, cuando un funcionario anónimo del Board of Peace —el organismo tecnocrático que Trump había impuesto tras el alto el fuego de octubre de 2025— filtró un dossier a un periodista freelance llamado Lev Cohen. El documento, titulado “Fase Dos: Reconstrucción y Lealtades”, detallaba cómo los fondos de ayuda humanitaria, supuestamente destinados a Gaza, se desviaban con precisión quirúrgica. El Board, presidido por un exasesor de Trump y supervisado por un puñado de contratistas estadounidenses y emiratíes, había adjudicado licitaciones millonarias a empresas fantasma. Una de ellas, Gaza Humanitarian Logistics LLC, registrada en Delaware, cobraba 18 dólares por cada saco de harina que llegaba a Kerem Shalom. En Gaza, esa harina llegaba rancia o nunca llegaba. Los palestinos seguían muriendo de hambre lenta mientras los directivos de la empresa se compraban yates en Dubái.


Sin embargo, el verdadero escándalo era más antiguo, más grande y más profundo. Recibía el nombre de Qatar-gate, aunque no era un nombre que nadie se atrevía a pronunciar en boca alta. Era abril de 2025 y la guerra ardía aún: había sido detenido el primer círculo de asesores que rodeaban a Netanyahu, Jonatan Urich y Eli Feldstein; la policía israelí pudo demostrar que habían recibido cientos de miles de dólares de un lobby qatarí hace de consultora con sede en Belgrado, mientras que a cambio filtraban mensajes a la prensa: "Qatar es el único mediador fiable", "- Egipto quisiera socavar el acuerdo". Se inventaban citas apócrifas que atribuían a funcionarios estadounidenses con la idea de lanzar hacia el estrellato la imagen de Doha mientras se desprestigiaba la de El Cairo. Netanyahu lo negaba todo, por supuesto: "ficción pura", soltó en una conferencia de prensa. Pero los chats de WhatsApp que se filtraron en diciembre de 2025 contaban otra historia: "Bibi da el visto bueno. Mantén contento a Qatar, necesitamos que sigan pagando"


Y fue Qatar el que pagó, pagó desde mucho antes de aquel 7 de octubre del año 2023. El propio Netanyahu había solicitado, ya en septiembre de aquel año, a Doha que aumentara las remesas de dinero en efectivo a Gaza: “para estabilizar a Hamás”, tal como recogían los informes internos. La idea era sencilla y cínica: tener a Hamás fuerte en Gaza para que la Autoridad Palestina de Cisjordania permaneciera dividida y débil. Sin unidad, ni presión para un Estado. Sin presión, Netanyahu podía seguir gobernando con sus socios ultraderechistas sin necesidad de negociar. Los fondos qataríes —más de 1.800 millones en una década— llegaban en maletines, eran entregados en las manos de los comandantes de Hamás y acababan, en parte, en las cuentas suizas de Ismail Haniyeh y de Khaled Mashal. Mientras que Gaza se hundía en la ruina, Mashal se paseaba por una mansión con piscina en Doha —26 millones de dólares, según los documentos que acababa de recibir Lev Cohen—. Sus hijos estudiaban en universidades británicas. Sus escoltas eran pagados en euros.


En Jerusalén, el primer ministro usaba el mismo manual. Su juicio por corrupción —casos 1000, 2000 y 4000— había sido suspendido una y otra vez por “razones de seguridad nacional”. Primero la guerra con Hamás, luego la escalada con Irán, ahora el “frágil alto el fuego”. Cada vez que el tribunal anunciaba reanudación, Netanyahu enviaba un sobre sellado al juez: “Amenazas clasificadas”. Los fiscales murmuraban que el sobre contenía solo excusas. Mientras tanto, su coalición se desmoronaba. Smotrich amenazaba con irse si se avanzaba en la “fase dos” del plan Trump —la que exigía desarme de Hamás y un gobierno interino palestino—. Ben-Gvir ya se había marchado. Pero Bibi seguía en pie porque el caos le convenía. Un alto el fuego que no era alto ni era fuego le permitía posponer elecciones, posponer el juicio y posponer cualquier rendición de cuentas por el 7 de octubre.


Lev Cohen, sentado en un café de Tel Aviv, conectó los puntos. El mismo Qatar que sobornaba asesores israelíes financiaba a Hamás. El mismo Board of Peace que prometía reconstrucción adjudicaba contratos a amigos de Trump. Y en medio, Gaza: ni guerra ni paz. 700 muertos desde el alto el fuego, según las cifras oficiales. Cruces de frontera que se abrían y cerraban según el humor de los generales. Ayuda que entraba por Kerem Shalom pero se pudría en almacenes controlados por milicias locales que cobraban peaje. Hamás, debilitado pero no desarmado, negociaba en El Cairo con mediadores que sabían que el desarme era una farsa. “Entregamos los cohetes viejos”, decían en privado los delegados de Hamás, “y guardamos los nuevos en túneles que nadie busca”.


Cohen escribió el reportaje en una sola noche. Lo tituló “El negocio de la eternidad”. Lo envió a tres medios internacionales. Al día siguiente, su teléfono dejó de sonar. Al otro, un coche lo siguió por la autopista Ayalon. No era paranoia; era el precio de mirar debajo de la alfombra.


En Doha, Mashal brindó con champán francés mientras leía el artículo en su iPad. “Que publiquen”, dijo riendo. “Mientras sigan hablando de la guerra en Gaza, nadie hablará de nuestros yates”. En Jerusalén, Netanyahu convocó una reunión de emergencia. “Esto es un ataque político”, gruñó. Sus asesores supervivientes asintieron. Ya tenían listo el contraataque: filtrar que el periodista tenía “contactos con Hamás”. Clásico.


Y en Gaza, en un campamento de tiendas en Khan Younis, una madre de tres hijos abrió el último saco de arroz que le había llegado. Estaba lleno de gusanos. Miró al cielo, donde no caían bombas pero tampoco caía justicia, y murmuró: “Que se pudran todos ellos. Arriba y abajo”.


El alto el fuego seguía. Ni guerra ni paz. Solo negocios. Y los trapos sucios, como siempre, se lavaban en privado.

 


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