EL
TREN QUE NUNCA LLEGÓ
El
tren olía a bocadillo de jamón y a la colonia de papá. Me lo había puesto él
esa mañana, antes de salir del hotel, porque dice que los hombres huelen bien
cuando van de viaje. Yo tenía cinco años y medio, que es casi seis, y mamá me
había dejado sentarme junto a la ventana para que viera los campos mientras el
tren los iba comiendo. Habíamos estado tres días en Málaga por el cumpleaños de
tío Fran. Yo me había bañado en la piscina aunque hacía frío y papá me había
dicho que era un valiente. Comimos en un restaurante donde los camareros
llevaban corbata y Clara se puso el vestido verde que a mí me parecía de mayor.
Mi hermana tiene doce años y ya actúa como si tuviera cuarenta.
Iba
a nevar en Madrid. Lo había dicho la tele, y yo quería ver la nieve porque
nunca la había visto de verdad, solo en los dibujos animados y en el anuncio
del turrón. La abuela Lola nos esperaba con chocolate caliente. Eso dijo mamá
mientras me abrochaba el abrigo azul en el pasillo del hotel, el abrigo que
tiene un oso bordado en el bolsillo izquierdo y que ya me quedaba un poco
pequeño pero que yo no quería cambiar por ninguno.
La
estación de Málaga era muy grande y olía raro, como a metal y a café mezclados.
Papá llevaba las maletas y sudaba aunque hacía frío. Mamá llevaba mi mochila de
dinosaurios colgada en el brazo junto a su bolso, y yo pensé que parecía un
árbol lleno de cosas. Clara iba por delante, mirando el móvil, sin chocar con
nadie, que es un superpoder que tienen las hermanas mayores.
En
el tren me senté junto a la ventana y durante un rato conté vacas. Conté doce,
aunque puede que alguna la contara dos veces. Papá se durmió casi enseguida con
la boca un poco abierta y yo me reía cada vez que hacía el ruidito, ese que
hace cuando está muy dormido, como una erre muy larga. Mamá le dio un codazo
sin levantar la vista del móvil y él se removió un poco pero siguió durmiendo.
Clara tenía los cascos puestos y miraba por su ventana con cara de no querer
hablar con nadie, que es su cara normal desde que cumplió los diez.
Yo
estaba pensando en la nieve. En si sería fría de verdad o solo un poco fría. En
si podría hacer una bola y tirársela a Clara sin que me regañaran. En si la abuela
Lola me dejaría quedarme despierto hasta tarde viendo la tele. Luego hubo un
ruido. No sé cómo explicarlo. No es como ningún ruido que haya escuchado antes
ni después. Era como si el mundo se rompiera por la mitad, pero por dentro. Muy
corto y muy largo a la vez. Y después el tren hizo algo que los trenes no
hacen, que es moverse para los lados, y yo me caí del asiento aunque intenté
agarrarme, y todo se puso oscuro y ruidoso al mismo tiempo, que es una cosa muy
rara porque parece que no pueden pasar juntas pero sí pueden.
Me
desperté y había polvo. O humo. No sé. Algo blanco que picaba en los ojos.
Llamé a mamá. Nadie me contestó. Llamé a papá. Tampoco. Me levanté, o lo
intenté, y me di cuenta de que estaba en el suelo pero el suelo no estaba donde
debía estar. Todo estaba torcido. La ventana por la que yo había estado mirando
las vacas estaba ahora mirando hacia arriba, hacia el cielo, y por el cristal
roto entraba el aire frío de enero.
No
recuerdo cómo salí. Hay un trozo que no está. Un señor con un chaleco naranja
me tenía de la mano y me preguntaba cómo me llamaba. Lucas, le dije. Me
preguntó si me dolía algo. La cabeza, le dije, pero poquito. Me preguntó si
estaba solo. Le dije que no, que estaba con mi familia, que eran papá y mamá y
Clara, y que mi papá roncaba y mi hermana iba con cascos y que mi mamá llevaba
mi mochila de dinosaurios.
El
señor asintió mucho mientras yo hablaba, como hacen los adultos cuando escuchan
pero están pensando en otra cosa.
Me envolvieron en una manta plateada que brillaba como el papel de los Reyes. Me pareció que era de astronauta y pensé que ojalá me viera algún niño del cole con ella puesta. Había muchísimas luces, azules y rojas mezcladas, y muchos señores corriendo con cosas en las manos, y mucho ruido de fondo que no era un ruido sino muchos ruidos juntos que no conseguía separar.
Una
señora con el pelo muy recogido y una chaqueta amarilla se sentó en el suelo a
mi lado. No en un banco, en el suelo, como si fuera normal. Me preguntó si
quería agua. Le dije que sí. Bebí y estaba fría y me supo muy bien. Me preguntó
si tenía hambre. Le dije que se me había quedado el bocadillo en el tren. Se le
pusieron los ojos raros, como cuando los adultos intentan no llorar pero se les
nota, y me dijo que ahora mismo me buscaba algo. Le pregunté si había visto a
mi mamá, que llevaba una mochila de dinosaurios y un abrigo rojo. Me dijo que
estaban buscando a todo el mundo.
Esperé
mucho rato. La manta de astronauta hacía ruido cuando me movía. Intenté
quedarme quieto para no hacer ruido, pero el frío me hacía temblar un poco.
Llegaron más ambulancias. Llegaron más señores con chalecos. Llegaron cámaras
de televisión que alguien intentó alejar de donde yo estaba. Un médico me miró
los ojos con una lucecita pequeña y me dijo que muy bien, que era un campeón.
Los adultos te dicen campeón cuando no saben qué más decirte.
En
algún momento me dormí, creo. O algo parecido a dormirme.
Cuando
me desperté estaba en un sitio con luz blanca que olía a limpio y había una
señora que no conocía sentada en una silla a mi lado, leyendo algo en una
tablet. Le pregunté dónde estaba mamá. Me dijo que ahora venía alguien a
explicarme todo. Le pregunté por papá. Me dijo lo mismo. Le pregunté por Clara.
Se le cayó la tablet al suelo y tardó demasiado en recogerla.
La abuela
Lola llegó más tarde. Tenía los ojos muy rojos y me abrazó mucho rato sin decir
nada. Yo le pregunté si había traído el chocolate caliente. Me dijo que se le
había olvidado. Pero a la Abuela Lola nunca se olvida de nada.
Esperé
a que se durmiera para preguntar bajito, muy bajito, a la oscuridad del techo,
si mamá podía escucharme desde allí. No hubo respuesta, pero tampoco esperaba
que la hubiera. Solo quería preguntarlo.
Ya
han pasado meses pero hoy el formulario del cole decía: “Describe a tu familia
con tres palabras.” Lo he tenido sobre la mesa tres días sin poder escribir
nada. Al final puse: “éramos cuatro.” La profesora de lengua me llamó aparte y
me dijo que el ejercicio era en presente. Le dije que ya lo sabía. Además, la
abuela ha empezado a usar la colonia de mamá. No sé si lo sabe o no lo sabe. Yo
no le he dicho nada porque cuando me abraza, por un segundo, puedo cerrar los
ojos.
Lucía Nebot González-Calero 1°B
Abril 2026
Comentarios
Publicar un comentario