Mario Jerez (Noches de Pandemia)

 

NOCHES DE PANDEMIA

Aquella noche empezó como tantas otras desde que la palabra COVID-19 se había instalado en nuestras vidas, pero algo en el ambiente la hacía distinta. Tal vez era el silencio de la calle al llegar al hospital, más marcado que de costumbre, o la forma en que todo parecía ir un poco más rápido incluso antes de empezar. Eran casi las diez de la noche cuando me ajusté la mascarilla, respiré hondo y entré.

 

El pasillo estaba tranquilo a primera vista, pero se notaba la tensión. Varias camillas ocupadas, monitores sonando de fondo y compañeros caminando deprisa de un lado a otro. Saludé con la cabeza a Marta, que terminaba su turno, y supe sin necesidad de que me dijera mucho que la noche venía cargada.

 

—Está siendo complicada —me dijo mientras se quitaba los guantes—. Han entrado varios en la última hora.

 

Asentí. No hacía falta más.

 

Fui al vestuario, me puse el equipo de protección y, durante unos segundos, me miré al espejo. A veces lo hacía para recordarme que debajo de todo aquello —la bata, la mascarilla, la pantalla— seguía siendo yo. O al menos alguien que intentaba serlo.

 

Cuando salí, el ritmo ya era constante. Avisos, llamadas, pacientes llegando. No había pausa. Era como si todo estuviera en marcha y no se pudiera frenar.

 

El primer paciente al que atendí esa noche era un hombre de unos setenta años. Llegó con dificultad para respirar, apoyado en su hija, que intentaba mantenerse tranquila, pero no lo conseguía del todo.

 

—No puedo quedarme, ¿verdad? —preguntó ella.

Negué con suavidad.

—Te llamaremos en cuanto sepamos algo.

 

Ella asintió, aunque se le notaba el miedo. Se despidió rápido de su padre, como si alargar el momento fuera a hacerlo más difícil. Él apenas podía hablar.

 

Lo llevamos a un box. Tenía la respiración muy forzada. Mientras le colocaba el oxígeno, le fui explicando lo que hacíamos.

—Tranquilo, estamos contigo —le dije.

No era una frase especial, pero en esos momentos era lo único que podía ofrecer.

 

Las horas empezaron a pasar sin que me diera cuenta. Un paciente detrás de otro. Algunos llegaban por su propio pie, otros necesitaban ayuda desde el primer momento. Había situaciones mejores y peores, pero todas exigían atención.

 

Sobre medianoche, entré un momento en la sala de descanso. Me senté, más por obligación que por ganas. Sabía que tenía que parar unos minutos.

—¿Cómo lo llevas? —me preguntó Carlos mientras bebía agua.

—Ahí vamos —respondí.

—Dicen que estos días van a ser duros.

—Llevamos meses oyendo eso.

Nos quedamos en silencio. No hacía falta decir mucho más.

Volví al pasillo y todo seguía igual: movimiento constante, gente entrando, llamadas. En uno de los boxes, una mujer me agarró la mano.

—No quiero dormirme —me dijo—. Tengo miedo.

Me acerqué un poco más para que pudiera verme bien.

—Estamos aquí contigo —le respondí.

No sabía si eso le tranquilizaba del todo, pero al menos no se sentía sola.

 

A partir de ahí, todo se volvió más intenso. Alarmas, prisas, decisiones rápidas. Había momentos en los que ni siquiera pensaba, solo actuaba. Supongo que el cuerpo se acostumbra.

 

Cerca de las cuatro de la madrugada, el ritmo bajó un poco. No porque hubiera menos trabajo, sino porque todo parecía más lento. Como si todos estuviéramos ya muy cansados.

Aproveché para revisar a algunos pacientes. El hombre de antes seguía estable dentro de lo que cabía. Me acerqué y le hablé, aunque tenía los ojos cerrados.

—Su hija ha llamado —le dije—. Está pendiente de usted.

No sabía si me oía, pero me parecía importante decirlo.

 

Al salir, me apoyé un momento en la pared. Noté el cansancio acumulado. Pensé en todo lo que había pasado durante la noche y en lo fácil que era verlo desde fuera como simples números. Pero allí dentro no eran números.

 

A eso de las seis empezó a entrar algo de luz por las ventanas. Era una luz suave, pero suficiente para notar que la noche se acababa.

 

El relevo llegó poco después. Les contamos la situación de cada paciente, intentando no dejarnos nada importante. Era fundamental hacerlo bien.

Antes de irme, pasé una última vez por algunos boxes. No era obligatorio, pero lo hacía siempre.

Cuando salí del hospital, el aire de la mañana se notaba distinto. Me quité la mascarilla un momento y respiré hondo. La calle estaba tranquila, como si no hubiera pasado nada.

Empecé a caminar despacio. Estaba cansado, pero también con la sensación de haber hecho lo que tocaba.

Aquella noche no había sido especial. No había nada extraordinario que contar. Solo había sido una noche más, de muchas.

Y aun así, sabía que no la iba a olvidar.

 


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