NOCHES DE PANDEMIA
Aquella noche empezó como tantas
otras desde que la palabra COVID-19 se había instalado en nuestras vidas, pero
algo en el ambiente la hacía distinta. Tal vez era el silencio de la calle al
llegar al hospital, más marcado que de costumbre, o la forma en que todo
parecía ir un poco más rápido incluso antes de empezar. Eran casi las diez de
la noche cuando me ajusté la mascarilla, respiré hondo y entré.
El pasillo estaba tranquilo a
primera vista, pero se notaba la tensión. Varias camillas ocupadas, monitores
sonando de fondo y compañeros caminando deprisa de un lado a otro. Saludé con
la cabeza a Marta, que terminaba su turno, y supe sin necesidad de que me
dijera mucho que la noche venía cargada.
—Está siendo complicada —me dijo
mientras se quitaba los guantes—. Han entrado varios en la última hora.
Asentí. No hacía falta más.
Fui al vestuario, me puse el equipo
de protección y, durante unos segundos, me miré al espejo. A veces lo hacía
para recordarme que debajo de todo aquello —la bata, la mascarilla, la
pantalla— seguía siendo yo. O al menos alguien que intentaba serlo.
Cuando salí, el ritmo ya era
constante. Avisos, llamadas, pacientes llegando. No había pausa. Era como si
todo estuviera en marcha y no se pudiera frenar.
El primer paciente al que atendí esa
noche era un hombre de unos setenta años. Llegó con dificultad para respirar,
apoyado en su hija, que intentaba mantenerse tranquila, pero no lo conseguía
del todo.
—No puedo quedarme, ¿verdad?
—preguntó ella.
Negué con suavidad.
—Te llamaremos en cuanto sepamos
algo.
Ella asintió, aunque se le notaba el
miedo. Se despidió rápido de su padre, como si alargar el momento fuera a
hacerlo más difícil. Él apenas podía hablar.
Lo llevamos a un box. Tenía la
respiración muy forzada. Mientras le colocaba el oxígeno, le fui explicando lo
que hacíamos.
—Tranquilo, estamos contigo —le
dije.
No era una frase especial, pero en
esos momentos era lo único que podía ofrecer.
Las horas empezaron a pasar sin que
me diera cuenta. Un paciente detrás de otro. Algunos llegaban por su propio
pie, otros necesitaban ayuda desde el primer momento. Había situaciones mejores
y peores, pero todas exigían atención.
Sobre medianoche, entré un momento
en la sala de descanso. Me senté, más por obligación que por ganas. Sabía que
tenía que parar unos minutos.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó
Carlos mientras bebía agua.
—Ahí vamos —respondí.
—Dicen que estos días van a ser
duros.
—Llevamos meses oyendo eso.
Nos quedamos en silencio. No hacía
falta decir mucho más.
Volví al pasillo y todo seguía
igual: movimiento constante, gente entrando, llamadas. En uno de los boxes, una
mujer me agarró la mano.
—No quiero dormirme —me dijo—. Tengo
miedo.
Me acerqué un poco más para que
pudiera verme bien.
—Estamos aquí contigo —le respondí.
No sabía si eso le tranquilizaba del
todo, pero al menos no se sentía sola.
A partir de ahí, todo se volvió más
intenso. Alarmas, prisas, decisiones rápidas. Había momentos en los que ni
siquiera pensaba, solo actuaba. Supongo que el cuerpo se acostumbra.
Cerca de las cuatro de la madrugada,
el ritmo bajó un poco. No porque hubiera menos trabajo, sino porque todo
parecía más lento. Como si todos estuviéramos ya muy cansados.
Aproveché para revisar a algunos
pacientes. El hombre de antes seguía estable dentro de lo que cabía. Me acerqué
y le hablé, aunque tenía los ojos cerrados.
—Su hija ha llamado —le dije—. Está
pendiente de usted.
No sabía si me oía, pero me parecía
importante decirlo.
Al salir, me apoyé un momento en la
pared. Noté el cansancio acumulado. Pensé en todo lo que había pasado durante
la noche y en lo fácil que era verlo desde fuera como simples números. Pero
allí dentro no eran números.
A eso de las seis empezó a entrar
algo de luz por las ventanas. Era una luz suave, pero suficiente para notar que
la noche se acababa.
El relevo llegó poco después. Les
contamos la situación de cada paciente, intentando no dejarnos nada importante.
Era fundamental hacerlo bien.
Antes de irme, pasé una última vez
por algunos boxes. No era obligatorio, pero lo hacía siempre.
Cuando salí del hospital, el aire de
la mañana se notaba distinto. Me quité la mascarilla un momento y respiré
hondo. La calle estaba tranquila, como si no hubiera pasado nada.
Empecé a caminar despacio. Estaba
cansado, pero también con la sensación de haber hecho lo que tocaba.
Aquella noche no había sido
especial. No había nada extraordinario que contar. Solo había sido una noche
más, de muchas.
Y aun así, sabía que no la iba a
olvidar.
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