Miriam Álvarez Otero (Diamantes contra las balas)

 

DIAMANTES CONTRA LAS BALAS

 

Recordaba mi casa en San Petersburgo. Cambiamos el olor del perfume de mi madre Alejandra por la madera húmeda de la casa de Ekaterimburgo. Fueron unos meses de idas y venidas desde que mi padre abdicó. Echo de menos las risas. Nunca fui una niña tranquila, más bien traviesa. ¿Cuánto tiempo iba a tener que esperar más, prisionera en esta casa? Sin salir a jugar, sin escalar árboles con Alexei, sin libertad.

 

La noche del 17 de julio fue la última, ¿o la primera? Nos dieron la orden de bajar al sótano, por precaución, nos dijeron. Pero al estar ahí, la realidad fue otra cosa muy distinta. Los revolucionarios llegaron con una orden de asesinato. Lo justificaron diciendo que habían llegado rumores al gobierno de que íbamos a ser rescatados por el ejército blanco. Y sin más, abrieron fuego. ¡Pum! Cayó mi padre y seguidamente, fuimos muriendo los demás. Los bolcheviques disparaban sin piedad y la sala se llenó de humo. Fueron momentos confusos. Después de que todos estuviéramos tendidos en el suelo, los soldados fueron apuñalando uno a uno a mi familia, comprobando que ninguno siguiéramos con vida. Ese fue el fin. ¿O tal vez no?

 

Nada de esa noche es como se cuenta. Minutos antes de bajar, estuve hablando con mis hermanas. Ellas, mayores que yo, intentando tranquilizarme, dijeron que no pasaría nada. Probablemente habría un grupo de guerrilleros cerca y querían protegernos. Tatiana me ayudó a atarme el corsé, con ese característico relleno de diamantes, algunas veces incómodos, ya que se clavaban en el cuerpo. Bajé junto a ella y me coloqué, al igual que en las fotos familiares, al lado de mi padre, delante de mi madre y rodeada de mis hermanas. Después, los soldados abrieron fuego y me mataron, pero eso creyeron ellos. Noté las balas golpeándome el cuerpo, pero no atravesándome. Los diamantes del corsé impidieron mi muerte. Caí al suelo del shock. Posteriormente, los soldados comprobaron nuestra muerte. Lo vi todo con mis propios ojos. Me desmayé por el impacto de las imágenes.

 

 Un rato después, desperté por el frío. Estaba en un carro. Alarmada, me incorporé velozmente y enseguida reconocí al conductor. Era Tschaikovsky, uno de los soldados más fieles de mi padre. Pero, ¿cómo podía haber sobrevivido? Probablemente, al ser una familia tan numerosa, los soldados se cansaron y no comprobaron si yo, la única que no había sido atravesada por las balas, estaba viva. Pero esto nunca lo sabré. Tschaikovsky me dijo que me llevarían hasta la estación donde cogería un tren hasta Berlín. Él tenía que volver para que no supieran que estaba viva y fueran a por mí.

 

Al llegar a la estación del tren, sabía que me iban a esperar días, años, incluso toda la vida llena de retos y lucha por la supervivencia. Era un trayecto largo el que tenía que recorrer. Así que, tras descansar, mi cerebro empezó a dar vueltas. Las imágenes del sótano se repetían en mi cabeza. Nunca más volvería a ver a mi hermano, Alexei, que tan mal lo había pasado. Tampoco a mis hermanas, Olga, Tatiana y María. Ni a mi madre Alejandra, aunque al que más echaba de menos sería mi padre, que tanto había luchado por Rusia, intentando llevarla a lo más alto, pero todo fue en vano. Nadie vio fructíferos sus esfuerzos y prefirieron seguir a gente con ideas renovadas, hasta que abdicó y comenzó la pesadilla.

 

 Nunca superaría ese día, pero sé que la vida continúa y hay que luchar, como me enseñó mi padre. Por eso decidí dejar atrás mi nombre, Anastasia, y empecé a llamarme Anna, sin muchos cambios, pero dejaba atrás una vida que a priori parecía de lujos, realeza y dinero, por una nueva que luchaba por sobrevivir un día más. Sabía que mi idioma también sería un álbum de recuerdos. Tenía nociones de inglés y de alemán, así que, a partir de ahí, me esforzaría por convertirlos en mi idioma principal.

 

 Los años siguientes a mi llegada a Berlín no fueron fáciles. Intentaba conseguir dinero como podía, a veces llegando a hacer cosas un tanto inmorales, pero el fin justifica los medios y mi fin era vivir. Dormía donde podía y por la mañana intentaba vender los miles de diamantes que cubrían mi corsé. Funcionó durante unos años, pero los diamantes no eran ilimitados. Se iban agotando poco a poco hasta que un día no quedó ninguno. Pasé semanas sin comer. Las enfermedades estaban acabando conmigo.

 

 Hasta que un día no aguanté más. Subí a un puente que unía las dos orillas del canal de Berlín yyy… Un policía me salvó. Me preguntó quién era, pero yo simplemente no sabía qué contestar. Tampoco tenía la documentación pertinente. Mi intento de suicidio se extendió como la pólvora y de pronto ocupé los titulares de todos los periódicos. “Joven traumatizada al borde del canal”, acompañada de una foto mía, ocupaba la primera portada. Me internaron en un centro psiquiátrico, pero fuera la vida seguía.

 

 Algunos de mis familiares lejanos, que me daban por muerta, vieron mi cara en los periódicos y me reconocieron. Fueron largos procesos de juicios para determinar si realmente yo era Anastasia Romanov o no. El pueblo no lo creía y, al parecer, la justicia tampoco, así que me quedé interna en el centro y con varios cargos por una supuesta suplantación de identidad. Todo parecía cerrado. Yo no era Anastasia, solo era una chica que no estaba bien y que había intentado aprovecharse del eco de la noticia para mejorar su situación. Hasta que años después un arqueólogo encontró cinco cadáveres, mi padre, mi madre y mis hermanas, que habían sido enterrados en el jardín de la casa. Lo que corroboraba que yo seguía viva, en Berlín, internada con enfermos, cuando mi verdad era la real, pero también mi hermano estaba vivo, en algún lugar. Mi tío consiguió que me sacaran de allí. Me fui a Estados Unidos y me casé con el hombre de mi vida, y en 1984 morí.

 

Esta es mi historia, o lo que mucha gente creyó, hasta 2007, cuando un arqueólogo descubrió en una fosa cercana a donde se encontró los restos de la familia Romanov, dos restos de niños que tras las pruebas de ADN concluyeron que Anastasia y Alexei Romanov habían muerto la noche del 17 de julio de 1918. Nunca sobrevivimos a esa noche…

 

Miram Álvarez Otero  1ºBach A  1/Abril


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