LA CARRETERA
Es
24 de noviembre de 2019. Estoy ayudando a mamá y a papá a recoger las últimas
cosas que quedan. Repaso habitación por habitación, comprobando que no nos
dejamos nada.
Ha
sido un fin de semana muy divertido. El viernes llegué a Sevilla, muy
emocionada por ver a mis abuelos, ya que llevaba casi un mes sin verlos. Estaba
cansada del día de cole, pero la ilusión de poder verlos otra vez me impidió
dormirme durante el viaje. Llegamos a nuestro destino tras casi seis horas de
trayecto, y yo tenía el presentimiento de que ese fin de semana iba a ser
especial, distinto a los demás. Ayer, sábado, fuimos a la boda de mi tío
Enrique, que se casó con una mujer muy guapa llamada Cristina. No la conozco
mucho, pero estoy segura de que les irá bien. Se les ve muy felices.
Pero
todo lo bonito es temporal, ya que mañana es lunes y tengo que volver a Madrid.
No quiero despedirme de los abuelos, pero mañana hay cole y no puedo faltar.
Cuando he terminado de revisar toda la casa, bajo al portal, donde están mis
padres metiendo las últimas maletas en el maletero del coche. Antes de subirme
le doy un abrazo a mi abuela y después a mi abuelo, quien me susurra al oído:
“Toma cariño, para que te compres unas chuches”, sacando de disimuladamente de
su bolsillo un billete de veinte euros y metiéndolo en el mío. Después de eso
le abrazo más fuerte, mientras escucho a la abuela decirme: “Dile a papá que
vaya con cuidado en la carretera”. Yo le dije que se lo diría, pero realmente
no lo hice. Papá siempre tiene cuidado en la carretera, no hace falta que nadie
se lo recuerde.
Me
monto en el asiento trasero del coche, concretamente en el izquierdo. Es el
sitio en el que me siento predeterminadamente desde que tengo uso de razón.
Cierro de un portazo y bajo la ventanilla para despedirme de los abuelos
agitando la mano mientras el coche se pone en marcha.
Llevamos
20 minutos de viaje, y parece que han pasado dos horas. Los viajes en coche
siempre se me hacen interminables. Le he preguntado varias veces a mamá que
cuánto falta, y siempre me dice que cinco horas y media. Cuando te aburres
parece que el tiempo se detiene, como si Dios quisiera alargar tu aburrimiento.
Mi hermano Santi tiene un folio y un lápiz en la mano, que probablemente le
haya robado al abuelo sin que se dé cuenta y nunca vaya a devolverle. Me arrimo
a él para ver qué está dibujando, pero en cuanto lo hago un pasamos por un
bache, haciendo que se le caigan el lápiz y el papel de las manos. Él me echa
la culpa a mí, pero realmente no lo fue. Se desata el cinturón, los recoge y se
vuelve a sentar y a abrochar.
Los
siguientes veinte segundos fueron confusos para mí. Todo pasó muy rápidamente.
Levanté la mirada y lo que vi frente a mí me congeló la sangre. El coche de
adelante había frenado en seco. Íbamos demasiado rápido. Escuché a mi madre
contener el aliento e impactamos. Un ruido ensordecedor provocado por los
cristales y por el propio impacto acompañó aquella escena tan horrible. El
airbag del coche golpeó a mi padre, que estaba al volante, y el aire se llenó
de polvo y de humo. Era muy difícil respirar. Sentía cómo el cinturón del coche
me retenía como si estuviese atada a una cuerda, pero me apretaba tanto que
sentí como si me estuviese quemando. Y por escasos segundos todo se detuvo. No
escuchaba nada más que un pitido. Giré la cabeza hacia la derecha, completamente
dolorida, y pude ver a mi hermano llorando mientras le sangraba la nariz. Mi
madre se dio la vuelta con cara de desesperación y aunque no escuché nada pude
leerle los labios. “¿Estáis bien?”. Intenté responder algo, pero estaba
completamente paralizaba. Mi cerebro iba más rápido que mi boca, pero sin duda,
lo más veloz en aquel momento era mi corazón. Además del pitido, comencé a
escuchar mis latidos de una forma exageradamente fuerte, como si me acabaran de
poner unos cascos a todo volumen con el sonido de unos latidos reproduciéndose
tan fuerte que no pudiese escuchar nada más.
Un
hombre detuvo su coche al lado nuestra, y un hombre alto y de avanzada edad
abrió la puerta del copiloto de nuestro coche, preguntándonos: “¿Estáis bien?
¿Necesitáis que llame a una ambulancia?”. Salimos todos del coche, por suerte
estábamos todos bien, aunque mi padre se rompió la pleura, mi madre tuvo una
hernia cervical y yo me hice una quemadura que me atravesaba todo el cuello y
el pecho.
Me
quedé quieta observando la parte frontal del coche completamente destrozada.
Minutos después una grúa se llevó nuestro coche. Una frase se repetía una y
otra vez en mi cabeza, atormentándome. “Dile a papá que vaya con cuidado en la
carretera”. Por las noches tenía pesadillas. ¿Por qué frenó el coche? ¿Qué
hubiese pasado si Santi se hubiera desabrochado el cinturón para recoger el
lápiz solo unos segundos después? ¿Qué hubiese pasado si hubiera hecho caso a
la abuela?
Han
pasado casi 7 años y con el paso del tiempo he dejado de hacerme esas preguntas
y me he quedado con lo más importante, que estamos todos aquí. Ahora me fijo
mucho más en los pequeños detalles, que en cierto momento pueden pasar
desapercibidos, pero pueden llegar a ser realmente decisivos. Si algo he
aprendido es que hay que disfrutar y agradecer lo que tenemos, porque no
sabemos si inesperadamente nos puede ser arrebatado.
Olivia
Íñigo Sánchez de Ibargüen, 1ºA, 22/3/2026
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