Pablo Diaz Ros (La pesadilla sovietica)

 

LA PESADILLA SOVIETICA

 

El frío no era solo frío. Era algo vivo. Se metía en los huesos, se agarraba a la piel y no te soltaba. A veces pensaba que no era el enemigo quien iba a matarnos, sino ese invierno interminable.

 

Me llamo Hans, soldado del ejército alemán. Cuando nos enviaron a la Batalla de Stalingrado, nos dijeron que sería una victoria más, rápida, limpia. Los oficiales decían siempre que antes de navidad estaríamos en nuestras casas. Algunos incluso lo creímos. Ahora sé que aquella promesa murió en cuanto pisamos esta ciudad.

 

Stalingrado no es una ciudad. Es un cadáver. Edificios abiertos como heridas, calles cubiertas de escombros, humo constante que no deja ver el cielo. Aquí no hay frente de batalla. Aquí cada rincón es una trampa. El primer día pensé que podría acostumbrarme, el segundo día, dejé de pensar.

 

Los disparos llegan de todas partes. Nunca ves al enemigo hasta que ya es demasiado tarde. Los rusos aparecen y desaparecen como sombras. Luchan por cada habitación, cada escalera, cada pared rota. A veces compartimos el mismo edificio sin saberlo, separados solo por un muro destrozado. Karl siempre decía que aquello no era una guerra, que era una cacería, de la cual nosotros éramos la presa.

 

Han pasado semanas, o meses. He perdido la cuenta. El tiempo aquí no existe. Solo hay frío, hambre y miedo. La comida es un recuerdo lejano. Reparten trozos de pan duro como una piedra y una sopa que apenas tiene sabor. Ayer vi a un soldado rebuscando en el bolsillo de un muerto. No buscaba documentos. Buscaba algo que llevarse a la boca. Yo también lo he hecho.

 

Por la noche, el frío es peor. Nos apiñamos unos contra otros en sótanos oscuros. El aliento se convierte en humo delante de nuestras caras. Algunos no despiertan por la mañana. Otros simplemente  no lo hacen. Karl era de Hamburgo. Tenía una hermana pequeña de la que hablaba todo el tiempo. Decía que cuando volviera le enseñaría el mar. Siempre hablaba de “cuando volvamos”. Nunca dudaba de ese hecho hasta cierto día.

 

—Hans —me dijo una noche, con la voz temblando—, ¿crees que saldremos de aquí?

 

Lo miré. Sus ojos ya no eran los de antes. Estaban vacíos, como si ya hubiera visto su destino. Quise mentirle. Decirle que sí, que todo iba a salir bien, que pronto estaríamos en casa. Pero las palabras no salieron. El silencio fue mi respuesta. Al amanecer llegó la orden: avanzar. Siempre avanzar. No importa cuántos caigan, no importa lo que haya delante. Solo avanzar.

 

Salimos del refugio corriendo entre los escombros. El aire estaba lleno de polvo y humo. Apenas podía ver a unos metros. Entonces empezaron los disparos. Uno tras otro. El sonido de las balas golpeando piedra, los gritos, las explosiones… todo se mezclaba. Corrí sin pensar, como un animal. Solo quería sobrevivir un segundo más. Karl estaba a mi lado. Un instante después, ya no. Cayó sin hacer ruido. Solo cayó. Seguí corriendo. No miré atrás. No podía. Ahora estoy solo.

 

Escribo esto en un trozo de papel sucio, refugiado en lo que queda de un edificio. Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo sostener el lápiz. No siento los dedos. No siento nada. Dicen que vendrán refuerzos. Que resistamos. Que la victoria aún es posible. Todo son mentiras, a las que ya nos hemos acostumbrado.

 

Algunos hablan de rendirse. Otros dicen que es mejor morir aquí que volver como prisioneros. Yo ya no sé qué pensar. Solo sé que quiero que esto termine. Si alguien encuentra estas palabras, quiero que sepa la verdad: no éramos invencibles. No éramos héroes. Éramos hombres… asustados, hambrientos y perdidos en una ciudad que nunca debimos pisar. Stalingrado no es una batalla. Es una tumba, en la que cada día me veo más enterrado.


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