BORRON Y CUENTA NUEVA
Ricardo
despertó sobresaltado en su habitación. Corría el año 1937 y él estaba en París.
Se levantó de su cama y encendió un cigarrillo, se atusó el bigote y comenzó su
día. Quién lo habría dicho, el mismo hombre con bigote que se paseaba por
Bilbao con corbatas de seda, zapatos del mejor cuero y trajes de lana, se
encontraba ahora en París trabajando de lo que podía. París quién lo diría, lo
que en su casa se consideraba la polis
definitiva para él esa misma ciudad se veía reducida a su habitación y su
trabajo.
Había
dejado atrás su casa, su trabajo y sus amigos. Lo había dejado todo por una
pelea. Eso es una pelea, una vendetta de hermanos enfrentados de padres
contra hijos. Una pelea cuyas cicatrices son palpables incluso hoy en día.
Continuando
con la historia de Ricardo él no pudo escapar en tren o barco él lo hizo
andando, él con un pequeño grupo cruzaron valles praderas escondidos, ocultos,
invisibles. Al final cuando llegaron a los Pirineos el día de Navidad esperaron
a la noche y cuando los guardias estaban bebidos cruzaron. De repente habían
pasado del hogar de lo conocido a lo extraño, efectivamente estaban en Francia.
Habían entrado en un país donde sabían que no serían bien recibidos. Donde el
hecho de ser de una nación, aunque vecina, más pobre estaba mal visto esta no
era la excepción, era la regla.
De
esta situación Ricardo estaba harto no lo aguantaba, cómo alguien con sus
capacidades no era capaz de destacar en París. No podía volver a España, pero
tampoco había mucho dinero para una solución mejor. Entonces una idea empezó a
resonar en su cabeza. Todas las noches la pensaba y repensaba, parecía algo
loco o descabellado, pero en su cabeza empezaba a cobrar sentido. Efectivamente
Ricardo se iba a América. Esto es principalmente por la política de aceptación
de refugiados que tomó el país. Así hacia el año 38 Ricardo se embarcaría para
marcharse y hasta dentro de mucho tiempo no volver.
Hasta
ese momento Ricardo no sabía en que lío se había metido se embarcaba hacia las
américas sin ninguna perspectiva. Sin embargo, él tenía una certeza a no sabía
si llegaría vivo. No sabía si conseguiría trabajo peros sí sabía una cosa y es
que jamás se rendiría. Finalmente llegó a México cuando pisó por primera vez
ese país sabía con mucha certeza que tendría un futuro muy próspero.
Nada más llegar buscó empleo en una empresa
llamada la latino americana, viendo su alta
cualificación en la gestión le preguntaron por cuánto deseaba ganar, el muy
calmado se encendió un cigarrillo y les dijo “Trabajaré un mes sin sueldo,
quiero que vean mis aptitudes luego ya hablaremos de dinero”
Fue
con esta frase como consiguió su trabajo y así poco a poco ascendió en la
empresa. Un poco más tarde encontraría a la que se convertiría en su compañera
para el resto de su vida, Alma. Debo admitir que hasta a mí se me hace un poco
inverosímil la suerte que tuvo Ricardo, pero así fue en un plazo muy corto
había conseguido sentar cabeza un buen trabajo una casa que no estaba nada mal
y 2 hijas con una tercera en camino, que nacería en el año 1944 y sería la
tercera de cinco hermanas.
Ricardo
llegó a prosperar bastante en su nuevo hogar de hecho llegó a ser el encargado
de la gestión para construir uno de los edificios más importantes de México, la
Torre Latinoamérica. Para esta obra de dimensiones titánicas tuvo que formarse
a lo largo y ancho del mundo esto se debía a dos factores primero que el
edificio está levantado sobre el lago Tenochtitlán, lo segundo era que México
era un país con muchos terremotos. Ricardo de Irezabal no solo les dio lo mejor
que pudo a sus hijas, sino que además intentó ser el mejor padre que pudo.
Todo
esto daría a entender que Ricardo había llegado a prosperar de una manera
considerable en una tierra que le era totalmente ajena, sin embargo, si había
algo que le pareciera lejanamente cercano era su casa, su hogar y las playas,
montes y praderas. Efectivamente no se trataba del Dorado o la Atlántida se
trataba de su país, España.
Si
ahora mismo intentáramos contar las horas que pensaba en su tierra natal os
aseguro que el infinito parecería una cifra relativamente pequeña. Siempre que
podía iba al puerto y miraba los barcos españoles descargar sus mercancías en
tierra. Por lo poco que sé de él y lo que intuyo lo habría dado todo por volver
y ver una última vez más su hogar. Tras muchos meses y años de planificación.
Por fin le fue posible volver a su tierra. En fin, que se puede decir como se
dice en las películas el resto es historia.
Ricardo
de Irezabal Benguría falleció en el año 1987 a causa de un infarto y es hoy un ejemplo a seguir en la familia de Irezábal.
Borrón
y cuenta nueva (Pablo Fernández Durántez Ruiz de Irezabal)
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