Pelayo Gonzalez (La herida del pueblo)

 

LA HERIDA DEL PUEBLO

 

La guerra había llegado también a los pequeños pueblos de Castilla. En Mejorada,
una localidad cercana a Talavera de la Reina, el miedo comenzó a instalarse en
las calles desde los primeros días del conflicto. Las conversaciones dejaron de
ser tranquilas, las miradas se volvieron desconfiadas y muchas familias
aprendieron a vivir con el temor constante de que alguien llamara a su puerta
durante la noche.

 

Entre aquellas familias se encontraba la de Matilde, una joven de apenas 18
años que vivía junto a sus padres en el pueblo. Hasta entonces, su vida había
sido sencilla y tranquila, como la de tantos otros jóvenes de aquella España
rural. Pero todo cambió una mañana cualquiera.

 

Mientras daba un paseo por las afueras del pueblo, se cruzó con Miguel, el
panadero. Su rostro reflejaba una preocupación poco habitual. Le habló de la
guerra, de las detenciones y de las represalias que, según se decía,
comenzarían pronto contra las familias consideradas contrarias a las ideas
republicanas o con cierta posición económica. Aquellas palabras bastaron para
sembrar el pánico en su casa.

 

Cuando Matilde regresó y se lo contó a sus padres, su padre tomó una decisión
desesperada: esconderse en el monte hasta que la situación terminara. No fue
una decisión sencilla, pero muchos hombres hicieron lo mismo durante aquellos
meses, tratando de sobrevivir alejados de las patrullas y de las denuncias.

 

Desde entonces, la rutina de Matilde cambió por completo. Cada día caminaba
hasta el escondite de su padre para llevarle comida y agua. Vivía con el miedo
de ser descubierta, porque sabía perfectamente lo que podía ocurrir si alguien
encontraba aquel refugio improvisado entre el monte y las rocas.

 

Mientras tanto, en el pueblo, la tensión seguía creciendo. Los soldados acudían
con frecuencia a las casas y requisaban alimentos o cualquier cosa que
consideraran necesaria. El miedo dejó de ser algo puntual para convertirse en
una forma permanente de vivir.

 

Pasaron los meses hasta que, una mañana, Miguel apareció de nuevo con una
noticia que parecía devolver la esperanza a la familia. Según dijo, había hablado
con el alcalde y ya no existía peligro alguno para ellos. Nadie molestaría más a
su padre. Después de tanto tiempo escondido y agotado por aquella vida, acabó
aceptando regresar.

 

Aquella misma tarde volvió a casa. El cansancio pudo con él rápidamente y se
quedó dormido en el sofá. Sin embargo, la tranquilidad apenas duró unos
minutos. Unos golpes secos en la puerta interrumpieron el silencio. Eran los
soldados republicanos.

 

No venían a registrar la vivienda ni a pedir alimentos. Habían descubierto el
escondite y habían detenido también a su hermano. Querían fusilarles juntos en
la plaza del pueblo. En ese instante, Matilde comprendió que todo había sido
una trampa y que el vecino en quien habían confiado les había traicionado.

 

Aquella noche apenas existieron las palabras en la casa. Solo el miedo, la
impotencia y la certeza de que ya no había solución posible. A la mañana
siguiente, el pueblo despertó con una aparente normalidad, pero para Matilde
todo había cambiado para siempre.

 

Las risas que escuchó desde la calle le hicieron acercarse lentamente a la
ventana. Lo que vio la dejó paralizada. Algunos soldados jugaban al fútbol con
la cabeza de su tío, que también había permanecido escondido en el monte
durante semanas. La escena fue tan brutal que apenas pudo sostenerse en pie.
Corrió al baño y vomitó, incapaz de soportar aquella imagen.

 

Cuando salió, consumida por la rabia y el dolor, tomó la escopeta de su padre.
Durante unos segundos solo pensó en vengarse. Sin embargo, antes de cruzar
la puerta, su madre la detuvo. No hicieron falta palabras. Se abrazaron mientras
lloraban, conscientes de que el odio y la violencia ya les habían arrebatado
demasiado.

 

Las semanas siguientes transcurrieron entre el silencio y la espera. Matilde no
podía olvidar lo sucedido, pero tampoco tenía fuerzas para actuar. Como muchos
otros en aquellos años, simplemente aguardó a que la guerra decidiera el destino
de todos.

 

Finalmente, las tropas sublevadas llegaron al pueblo. La plaza volvió a llenarse
de soldados, aunque esta vez eran otros uniformes los que ocupaban las calles.
Entre los detenidos se encontraban varios hombres relacionados con la muerte
de su padre y de su tío.

 

Matilde se abrió paso entre la multitud y se dirigió directamente hacia uno de los
mandos militares.

—Déjeme su rifle. Ese hombre mató a mi padre.

El oficial la observó durante unos segundos y respondió con serenidad:

 —No se manche usted las manos de sangre, que ya nos ocupamos nosotros.

 

Aquellas palabras no le devolvieron la paz ni borraron el dolor acumulado
durante meses. Regresó a casa junto a su madre sin celebrar nada. El vacío
seguía siendo el mismo.

Tiempo después, Matilde ingresó en la Sección Femenina de la Falange y acabó
ocupando responsabilidades en la comisaría del pueblo. Nunca pudo vengarse
personalmente de quienes destruyeron a su familia, pero dedicó el resto de su
vida a proteger a los suyos y a evitar que su pueblo volviera a atravesar algo
parecido.

 

Porque, más allá de las ideologías y de los bandos, la guerra dejó en Mejorada
lo mismo que dejó en tantos otros lugares de España: familias rotas, odio,
miedo y heridas que tardarían generaciones enteras en desaparecer.

 


PELAYO GONZALEZ ARAGON 1ºB 25/5/2026

 

 


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