D-DAY
DODGERS
Es de noche en El Cairo (Egipto) y
lo único que rompe el silencio es el zumbido de los bombarderos bimotores de
medio alcance Wellingtons Mk3. Estás sentado en la torreta frontal armada con 2
ametralladoras Browning 7,7 mm, de las cuales depende no solo tu propia
supervivencia, sino la de los otros cinco miembros de la tripulación, de los
cuales la mayoría, entre ellos tú, no superan los veinte años.
Esta misión es de tus primeras y aún
no te has acostumbrado al estrés que conlleva cruzar medio Mediterráneo hasta
Italia para bombardear líneas defensivas latino-germánicas que impiden el
avance del 8º Ejército Británico.
La primera hora de vuelo permanece
tranquila, con algunas simples correcciones de dirección y altitud por radio.
Tú sigues visualizando el mapa del área objetivo en tu mente cuando, de
repente, escuchas lo único que no querías escuchar esa noche: “Jerrys”, suena
por la radio con una voz de pánico. Pero la respuesta no era en pánico, solo un
simple “recibido”, acompañado por silencio y determinación en las caras
de toda la aeronave.
De golpe se escucha una ráfaga de
ametralladora, seguida por el incandescente brillo de trazadoras, y esa era la
señal de que el infierno había comenzado. El cielo se llena de brillo por las
ráfagas de la formación de 73 bombarderos, mientras que los cazas alemanes
pasan de largo, hasta que escuchas una explosión y eres cegado por una bola de
fuego. Ves a un avión de 15 toneladas desaparecer en la noche, buscando
paracaídas de tus compañeros, pero nunca llegas a ver a ninguno; nadie en ese
avión había sobrevivido.
Tras recuperar la compostura, sigues
disparando hasta que, de repente, los cazas alemanes desaparecen en la
oscuridad de la noche, de la misma manera en la que habían llegado. Hay alguna
palabra en la radio, pero no eran de alegría, sino de confirmación: habían
perdido 8 bombarderos y 4 dañados. Se retiraban sin haber completado la misión,
pero todo el mundo sabía una cosa: que esto no había terminado, porque a 4.700
m por debajo tuyo se veían destellos naranjas, pero por alguna razón el fuego
antiaéreo no llegaba.
Realmente, la razón era que no era
fuego antiaéreo, sino la ciudad costera de Salerno, en la cual se estaba
llevando a cabo un desembarco anfibio en el que participa otro hombre de nombre
Edward Nicholson. Este participa en la primera oleada del desembarco, que
consigue romper las líneas italianas. Este no es su primer desembarco; unos
meses atrás participó en la captura de Sicilia, donde ya había experimentado
las atrocidades de la guerra.
Pero nada de eso importaba ya; en lo
único que pensaba era en correr lo más rápido que pudiera cuando la puerta de
la lancha de desembarco cayera, y eso hizo: corrió hasta llegar a un pequeño
desnivel del suelo donde su compañero montó la ametralladora Bren, para la que
él tenía los cargadores de reserva.
Acabaron tomando la playa con menos
bajas de lo previsto, pero ahora quedaba lo peor: esperar al inevitable
contraataque. Se les mandó mantener una colina, la cual tenía vistas a toda la
zona, pero ellos no eran los únicos que tenían orden de tomarla; los italianos
estaban luchando también por ella. Fue una lucha que duró un día, con la
victoria británica al amanecer, pero no fue una victoria fácil.
En medio de ella, uno de los
compañeros de pelotón de Edward Nicholson había sido herido y tuvo que ser
llevado en brazos por él mismo, mientras el fuego de rifles y ametralladoras desgarraban
los gritos de socorro de su amigo.
Ese mismo día, su madre le envió una
carta, la cual nunca llegó a las manos de su hijo, ya que el día siguiente, al
estar tranquilamente cruzando una carretera en la retaguardia, yendo
simplemente a coger sus raciones de comida, fue golpeado por la explosión de un
mortero, un arma que no consiste en puntería ni precisión, sino en lanzar una
carga explosiva a distancias mayores de 5 km. Eddie nunca vio al que le había
causado tanto dolor, que se llevaría con él a la tumba, ya que murió 3 días
después en un hospital de campaña.
Su madre recibió la noticia; en la
misma carta que ella había enviado ponía el siguiente mensaje: “Imposible el
reparto, destinatario fallecido”. Horas más tarde llegó el telegrama de rosa
pálido a sus manos, el cual confirmaba el fallecimiento de su hijo, cuyo padre
luchó en el mismo regimiento en el desembarco de Gallipoli en la 1ª WW, y él ya
le advirtió de no unirse a la infantería, pero este no hizo caso y lo acabó
pagando con su vida.
Pero el compañero que él salvó de
una muerte segura acabó sobreviviendo a la guerra y, junto al comandante de su
unidad, sugirieron a Eddie para la recepción de la Medalla Militar por tal
acción, pero esta no le fue otorgada por su muerte, ya que la M.M. o Medalla
Militar no puede ser otorgada de forma póstuma.
Volviendo al cielo, el artillero y
bombardero (nombre que se le da al miembro especializado en apuntar las
bombas), estás bajando de la torreta a la posición de la mira de bombardeo, y
al llegar a su posición ves una luz roja encenderse. Eres ahora tú quien
controla el avión para hacer los últimos ajustes de apuntado antes de llegar al
objetivo que has memorizado previamente, y ahora sientes el avión, una bestia
de 15 t, a tu control.
Activas el interruptor, la luz se
vuelve amarilla, la compuerta de bombas se abre y ves el objetivo alinearse con
la mira, y activas el interruptor de nuevo, y sientes cómo el peso del avión
disminuye: 1 tonelada y media de explosivos en forma de bombas. Él llegaría a
El Cairo sin ningún percance y seguiría haciendo misiones en Europa hasta la
caída del 3º Reich, y luego participaría en misiones en colaboración con el
ejército de tierra para suministro aéreo en Bangladesh, Birmania y Nepal contra
las fuerzas del Imperio del Sol Naciente, hasta el bombardeo atómico de
Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y el de Nagasaki 3 días más tarde.
A lo largo de su carrera en la
fuerza aérea, Robert Illsley fue ascendido a navegador aéreo. Al acabar la
guerra volvió a Inglaterra, donde se casaría con la hermana de Edward Nicholson,
y tendrían 2 hijos, de los cuales uno sería Philip Illsley, mi padre.
Esta es la historia de 2 hombres que
solo llegaron a conocerse de palabra, aunque estuvieron más cerca de lo que
pensaran.
Ahora Edward Nicholson se encuentra
enterrado en un cementerio militar en Italia y es recordado junto al resto de
soldados que murieron allí con la canción de los D-Day Dodgers, o los
escapistas del Día D, cuya gloria ha tapado los 2 años de guerra que hubo en
Italia y los miles de muertos que estos dejaron. Y la canción acaba de esta
manera:
Entre las montañas y valles, y barro
y niebla, encontrarás las cruces dispersas, algunas que no tienen nombre. Los
muchachos que descansan debajo ya no sufren ni fatigan, porque ellos eran los
escapistas del Día D que se quedarán en Italia.
Robert Illsley Pastor 1ºA
1 abril 2026
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