Rocío Lorido (El paso del tiempo)

 

EL PASO DEL TIEMPO

 

Hay algo en la vida que todos creemos que tenemos de forma ilimitada… hasta que empezamos a perderlo. El tiempo

Yo antes pensaba que el tiempo era infinito.

 

Cuando era más pequeña el tiempo me desesperaba. Sentía que los días no avanzaban, que todo tardaba demasiado en llegar, hacía siempre mi misma rutina y miraba la agenda tan ajetreada de los adolescentes y adultos, como si vivieran en una especie de futuro al que yo quería llegar cuanto antes. Quería crecer, quería decidir y sobre todo, quería ser alguien.

 

Y en ese deseo constante de vivir rápido, perdí parte de mi infancia sin darme cuenta.

No recuerdo haber pensado: “voy a disfrutar esto”, sino que siempre estaba esperando lo siguiente.

 

Luego llegó la juventud, y con ella la sensación de que ahora sí, ahora empezaba lo importante, pero seguía teniendo prisa por enamorarme, por construir una vida, por tener una historia que contar y seguía con mi intento de ser mayor y hacer cosas mas avanzadas a mi edad. Y eso fue lo que hice.

 

Conocí al que sería mi marido en un día cualquiera en una cafetería, sentí como su mirada me traspasaba. A los dos días me lo encontré en el bar y ahí empezamos a hablar, y desde ese día no parábamos de encontrarnos en todos lados en la biblioteca, el autobús, la panadería… Y empezamos a salir.

 

Tras 3 años de novios, nos casamos. Todos nos decían que éramos muy jóvenes, pero nosotros éramos tan felices que no queríamos esperar más. Lo teníamos claro.

Y un año después, nació nuestro primer hijo.

Nunca olvidaré ese día, cuando lo tuve en brazos por primera vez, sentí algo que no sabía que existía. Era como si mi corazón ya no fuese solo mío, sino que se dividió en dos. Al ser madre primeriza tenía miedo de todo. De que se enfermara, de que llorara, de no saber cuidarlo bien.

 

Los días con él eran simples, pero llenos. Sus primeras sonrisas, la forma en la que se quedaba dormido sobre mi pecho y como siempre quería estar con mamá. Todo parecía eterno.

 

Y, sin embargo, seguía pensando que había tiempo.

 

Tiempo para jugar más, tiempo para hacer más fotos, tiempo para decirle todo lo que le quería.

 

Hasta que un día, todo cambió.

 

Fue rápido. Demasiado rápido, una enfermedad, un ingreso, palabras que no entendía, médicos que hablaban deprisa y oraciones que no se cumplían.

 

Recuerdo el hospital como un lugar lleno de ruido, pero al mismo tiempo vacío. Recuerdo sostener su mano, tan pequeña, y sentir que se me escapaba algo que no podía retener. Recuerdo la soledad que sentía y que mis únicos minutos de paz era cuando entraba sola al hospital a verle y rezaba el rosario mientras él me cogía de la mano.

 

Siempre creí mucho en Dios, y en ese momento era lo único que necesitaba. Le pedía que se quedara, y que le quitase todo su sufrimiento, pero mientras pasaban los meses entendí que Dios tiene su propio plan.

 

El día que lo perdí, algo dentro de mí se fue. No fue solo tristeza. Fue rabia y me hacía una pregunta constante: “¿por qué?”.

 

El mundo siguió, La gente siguió. Pero yo, me quedé detenida en ese momento, y el tiempo, ya no pasaba rápido, ahora pesaba, los días eran largos, intensos y difíciles.

 

Mi marido y yo intentábamos seguir hacia delante haciendo que el tiempo pusiera cada cosa en su sitio, y así, la vida de alguna manera continuó.

 

Años después, llegó nuestro segundo hijo. Volvió ese miedo, miedo a encariñarme demasiado, miedo a volver a sentir ese vacío. Pero también llegó algo más. Aprendí a mirar, a estar presente y a no dejar pasar los momentos.

 

Entendí que el tiempo no está garantizado, cada risa la guardaba como un tesoro, cada abrazo lo daba como si fuera el último y cada “te quiero” lo decía en voz alta, sin esperar.

 

Ya no vivía con prisa, sino que vivía con conciencia. Aprendí que la fe es seguir adelante aun sin entender. Con el tiempo ese dolor no desapareció, pero cambió, se convirtió en una parte de mi y un recuerdo frágil.

 

Cuando las cosas volvieron a estar mejor, perdí a mi marido. Y volvió ese silencio pesado, ya no solo era la ausencia de alguien, sino que la ausencia de toda una vida compartida. Me volví a sentir sola, sola con mis recuerdos y el tiempo, pero esta vez fue diferente porque ya lo había aprendido.

 

La vida no es lo que planeas, el tiempo no se guarda y el amor no se pospone. Nunca sabes lo que puede pasar, por tanto, no esperes a perderlo para reaccionar.

Pensé en todo lo que viví y entendí que no es que el tiempo pase rápido, sino que siempre creemos que habrá más. Pero no siempre lo hay. Por eso, no esperes. No esperes a sentirte preparado, no esperes a tener menos miedo, abraza hoy di lo que sientes hoy y vive hoy porque no sabes lo que puede pasar mañana. Y cuando el tiempo pase, porque pasará, lo único que quedará será lo que decidiste vivir y no lo que te arrepentiste de no haber vivido.

 

 Rocío Lorido  13-04-2026      


Comentarios