EL PASO DEL TIEMPO
Hay algo en
la vida que todos creemos que tenemos de forma ilimitada… hasta que empezamos a
perderlo. El tiempo
Yo antes
pensaba que el tiempo era infinito.
Cuando era más
pequeña el tiempo me desesperaba. Sentía que los días no avanzaban, que todo
tardaba demasiado en llegar, hacía siempre mi misma rutina y miraba la agenda
tan ajetreada de los adolescentes y adultos, como si vivieran en una especie de
futuro al que yo quería llegar cuanto antes. Quería crecer, quería decidir y
sobre todo, quería ser alguien.
Y en ese
deseo constante de vivir rápido, perdí parte de mi infancia sin darme cuenta.
No recuerdo
haber pensado: “voy a disfrutar esto”, sino que siempre estaba esperando lo
siguiente.
Luego llegó
la juventud, y con ella la sensación de que ahora sí, ahora empezaba lo
importante, pero seguía teniendo prisa por enamorarme, por construir una vida,
por tener una historia que contar y seguía con mi intento de ser mayor y hacer
cosas mas avanzadas a mi edad. Y eso fue lo que hice.
Conocí al
que sería mi marido en un día cualquiera en una cafetería, sentí como su mirada
me traspasaba. A los dos días me lo encontré en el bar y ahí empezamos a
hablar, y desde ese día no parábamos de encontrarnos en todos lados en la
biblioteca, el autobús, la panadería… Y empezamos a salir.
Tras 3 años
de novios, nos casamos. Todos nos decían que éramos muy jóvenes, pero nosotros
éramos tan felices que no queríamos esperar más. Lo teníamos claro.
Y un año
después, nació nuestro primer hijo.
Nunca
olvidaré ese día, cuando lo tuve en brazos por primera vez, sentí algo que no
sabía que existía. Era como si mi corazón ya no fuese solo mío, sino que se
dividió en dos. Al ser madre primeriza tenía miedo de todo. De que se
enfermara, de que llorara, de no saber cuidarlo bien.
Los días
con él eran simples, pero llenos. Sus primeras sonrisas, la forma en la que se
quedaba dormido sobre mi pecho y como siempre quería estar con mamá. Todo
parecía eterno.
Y, sin
embargo, seguía pensando que había tiempo.
Tiempo para
jugar más, tiempo para hacer más fotos, tiempo para decirle todo lo que le quería.
Hasta que
un día, todo cambió.
Fue rápido.
Demasiado rápido, una enfermedad, un ingreso, palabras que no entendía, médicos
que hablaban deprisa y oraciones que no se cumplían.
Recuerdo el
hospital como un lugar lleno de ruido, pero al mismo tiempo vacío. Recuerdo
sostener su mano, tan pequeña, y sentir que se me escapaba algo que no podía
retener. Recuerdo la soledad que sentía y que mis únicos minutos de paz era
cuando entraba sola al hospital a verle y rezaba el rosario mientras él me
cogía de la mano.
Siempre
creí mucho en Dios, y en ese momento era lo único que necesitaba. Le pedía que
se quedara, y que le quitase todo su sufrimiento, pero mientras pasaban los
meses entendí que Dios tiene su propio plan.
El día que
lo perdí, algo dentro de mí se fue. No fue solo tristeza. Fue rabia y me hacía una
pregunta constante: “¿por qué?”.
El mundo
siguió, La gente siguió. Pero yo, me quedé detenida en ese momento, y el tiempo,
ya no pasaba rápido, ahora pesaba, los días eran largos, intensos y difíciles.
Mi marido y
yo intentábamos seguir hacia delante haciendo que el tiempo pusiera cada cosa
en su sitio, y así, la vida de alguna manera continuó.
Años
después, llegó nuestro segundo hijo. Volvió ese miedo, miedo a encariñarme
demasiado, miedo a volver a sentir ese vacío. Pero también llegó algo más.
Aprendí a mirar, a estar presente y a no dejar pasar los momentos.
Entendí que
el tiempo no está garantizado, cada risa la guardaba como un tesoro, cada
abrazo lo daba como si fuera el último y cada “te quiero” lo decía en voz alta,
sin esperar.
Ya no vivía
con prisa, sino que vivía con conciencia. Aprendí que la fe es seguir adelante
aun sin entender. Con el tiempo ese dolor no desapareció, pero cambió, se convirtió
en una parte de mi y un recuerdo frágil.
Cuando las
cosas volvieron a estar mejor, perdí a mi marido. Y volvió ese silencio pesado,
ya no solo era la ausencia de alguien, sino que la ausencia de toda una vida
compartida. Me volví a sentir sola, sola con mis recuerdos y el tiempo, pero esta
vez fue diferente porque ya lo había aprendido.
La vida no
es lo que planeas, el tiempo no se guarda y el amor no se pospone. Nunca sabes
lo que puede pasar, por tanto, no esperes a perderlo para reaccionar.
Pensé en
todo lo que viví y entendí que no es que el tiempo pase rápido, sino que
siempre creemos que habrá más. Pero no siempre lo hay. Por eso, no esperes. No
esperes a sentirte preparado, no esperes a tener menos miedo, abraza hoy di lo
que sientes hoy y vive hoy porque no sabes lo que puede pasar mañana. Y cuando
el tiempo pase, porque pasará, lo único que quedará será lo que decidiste vivir
y no lo que te arrepentiste de no haber vivido.
Comentarios
Publicar un comentario