Samuel Ruiz Gamboa (Siempre Estare Aquí)

 

SIEMPRE ESTARÉ AQUÍ


El reloj de mi teléfono marca las dos de la tarde y el zumbido del metro de Madrid me acompaña mientras regreso a casa. A través de la ventana veo pasar las estaciones, pero mi mente se va directamente a otro lugar. Me imagino que allí, en Colombia, son las siete de la mañana y el día apenas empieza, pero sobre todo me imagino cuando el reloj marca las tres de la tarde. En ese momento salíamos de clase y nos quedábamos todos esperando a que los demás salieran de los salones para quedarnos hablando un rato de cualquier cosa. Siempre se nos pasaba el tiempo volando hasta que nos dábamos cuenta de que los buses ya estaban por irse. Ahí empezaba la carrera de verdad: salíamos corriendo para que no nos dejara la ruta y, más de una vez, nos cerraban la puerta en la cara. Nos tocaba quedarnos ahí, convenciendo y hablando con los conductores para que nos dejaran subir. Eran esos momentos, entre risas y afanes, los que hacían que un día normal de colegio valiera la pena.

 

Desde que me fui, esos momentos se han transformado en mensajes de WhatsApp y videollamadas, pero la esencia de lo que somos sigue intacta. A veces se piensa que la distancia hace que la gente se olvide, pero en nuestro caso solo ha servido para demostrar lo que significa la lealtad. No es fácil mantener el contacto cuando hay siete horas de diferencia. Cuando yo estoy terminando mi día, ellos están en lo mejor del suyo, y cuando yo me levanto, ellos apenas van a dormir. Pero ese desfase no nos ha frenado. La lealtad, para mí, es ese compromiso de seguir ahí a pesar de los kilómetros y de que nuestras rutinas ya no sean las mismas.

 

Todavía me acuerdo perfectamente del viaje a Nueva Zelanda. Compartíamos cada minuto del día, viajando en el metro hasta el centro de la ciudad para irnos de compras y caminar por horas. Eran días de estar juntos todo el tiempo, sin preocupaciones. Lo mismo pasaba cuando estábamos allá en Colombia; siempre buscábamos cualquier excusa para vernos, fuera quedar en un centro comercial para dar vueltas y luego irnos al apartamento que nos quedara más cerca para seguir pasando el rato, o ir a fiestas y reuniones los fines de semana. Eran planes sencillos, pero son los que más se quedan grabados.

 

Esa lealtad de la que hablo tiene nombres propios. Se nota cada viernes cuando me conecto a hablar con David; esas videollamadas son fijas y son el momento de reírnos de las mismas tonterías de siempre y sentir que, aunque esté lejos, nada ha cambiado. También lo veo en el hecho de hablar todos los días con Mariana y con María Camila. Cuando los añoro un poco más de la cuenta, saber que siguen ahí, escribiéndome y contándome su vida, me hace sentir mucho mejor. Me alegra mucho ver que, a pesar de la distancia, no me han abandonado y siguen ahí firmes.

 

Valoro mucho que sigan hablándome y que mantengan esa constancia. Me hace falta verlos, obviamente, y extraño mucho esos abrazos que no se pueden dar por una pantalla. Pero saber que puedo contar con ellos y que ellos cuentan conmigo me da mucha tranquilidad. Les agradezco por no soltarme y por demostrarme que la amistad de verdad no se rompe por un cambio de país o por unas cuantas horas de diferencia en el reloj.

 

Este relato es mi forma de decirles que, pase lo que pase, yo siempre estaré aquí para ellos. No importa que yo esté en otra ciudad o que mi horario sea distinto; siempre voy a sacar el tiempo para responderles y para estar pendiente de lo que necesiten. Espero de verdad volver a verlos pronto, ya sea porque yo vaya a visitarlos o porque ellos vengan para acá, para poder darnos ese abrazo pendiente. Mientras tanto, sigo aquí, valorando su lealtad y sabiendo que, aunque estemos lejos, seguimos siendo los mismos de siempre.

 

Samuel Ruiz

 


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