domingo, 7 de diciembre de 2014

Álvaro Eguidazu (La crisis)



La crisis

Éramos felices. Todas las familias tenían trabajo, ganaban dinero y vivían bien. Como tenían dinero, compraban cosas, entre ellas una casa, un chalet o un apartamento en la playa. El dinero era barato y los bancos ganaban dinero prestándolo, por lo que empezaron a dar créditos sin prestar atención a quien se lo daban y para qué. Los directores de esos bancos ganaban mucho dinero dando esos préstamos y la ambición les cegó. La noticia de este estado de bienestar se difundió por el mundo y ello provocó que mucha gente de otros países más pobres que el nuestro viniesen a vivir el sueño español, especialmente de aquellos países más cercanos, como Marruecos, o aquellos que comparten nuestro idioma, como Ecuador, Argentina, Colombia y, en general, los países iberoamericanos.

El Estado también era feliz, pues, a pesar de haber bajado los impuestos, la recaudación era mayor y sus cuentas arrojaban superávit, pues al haber mucha gente, la mayoría de ella con trabajo, había más consumo, y por tanto, más recaudación vía impuestos; además, el gasto público era menor que los ingresos públicos, pues al haber mucha gente en edad de trabajar y trabajando, la mayor partida de gasto como es el subsidio de desempleo y el de jubilación, disminuyó enormemente.

Y de repente, casi sin darnos cuenta ( o sin querer darnos cuenta), todo cambió. La ambición de ganar dinero fácilmente, a través de la especulación, hizo que mucha gente se dedicase a construir casas, para lo cual pedía a los bancos grandes cantidades de dinero prestadas. Pero se hicieron tantas casas y los precios de las mismas habían subido tanto, que la burbuja inmobiliaria que se había creado estalló y la mayoría de las familias sin felicidad se quedó.

La gente dejó de comprar casas, con lo que los que las habían construido o las estaban construyendo, no pudieron devolver al banco los préstamos que habían pedido y empezaron a despedir a sus trabajadores para ahorrar y no tener que cerrar. Pero ya era demasiado tarde, y muchas tuvieron que cerrar. En poco tiempo, mucha gente se quedó en paro y tampoco pudo pagar al banco los préstamos que les habían dado para comprar su casa. Los que habían venido de otros países regresaron  y muchos españoles tuvieron que irse a otros países en busca de trabajo.

Toda la riqueza generada en los años de bonanza se esfumó tan rápido como la casa de los cerditos que no fueron previsores.
Los bancos se encontraron, de pronto, con cientos de miles de casas, construidas o a medio construir, de la gente y de las empresas que no habían podido pagar sus préstamos y se veían obligados a dar al banco sus casas en pago de sus deudas. Pero como al haber más casas de las que la gente podía o quería comprar sus precios habían caído casi por los suelos, los bancos se encontraron con que las casas que habían recibido de la gente que no podía pagar sus préstamos no valían el dinero que dichos bancos habían prestado. De este modo, los bancos tuvieron que destinar gran parte del dinero que habían ganado en los años de bonanza a cubrir esas grandes pérdidas.

Pero no acabaron ahí los males de los bancos. El Estado, que había vivido en los años de bonanza por encima de sus posibilidades reales, dedicándose a construir más vías de trenes de alta velocidad que ningún otro país, más aeropuertos que ningún otro país, en ciudades con escasa población que nunca serían rentables y a despilfarrar, en definitiva, los recursos que los ciudadanos habían generado con su esfuerzo y sus impuestos. Como el Estado gastaba mucho más de lo que ingresaba, necesitaba que alguien le prestase dinero para financiar esa diferencia. Para eso emitía unos papelitos que prometían a quien los comprase recibir un tiempo después una cantidad igual al precio pagado más unos intereses. Esos papelitos se llamaron " Deuda del Tesoro".

En los buenos tiempos en que el Estado era de fiar, todo el mundo compraba esos papelitos, pues estaban garantizados por el Estado, lo que significaba que los compradores recuperarían su dinero pasase lo que pasase y además ganarían un importe adicional, por los intereses que los pagaría el Estado.

Pero, de repente, la gente dejó de fiarse del Estado, pues había acumulado tantas deudas que dudaban que pudiese generar recursos suficientes para devolver su dinero a la gente que comprase la Deuda del Tesoro. Para que la gente no dejase de comprar los papelitos del Estado, este tuvo que prometerles pagarles unos intereses altísimos. Y todos conocimos a la "prima de riesgo". Pues el tal "riesgo" y su "prima" casi se nos llevan por delante. En pocas palabras, esa prima consistía en que el Estado tenía que ofrecer unos intereses mucho más altos que los que ofrecían otros países (fundamentalmente Alemania, de la que nadie sale porque todo el mundo se fía) para que la gente comprase los papelitos de España y no las de esos países.
Como la gente no compraba los papelitos de España, tuvieron que hacerlo los bancos. Ello, unido a las pérdidas que habían sufrido por haber dado préstamos a quien no debían, hizo que no tuvieran dinero para dar préstamos a empresas que no se dedicaban a especular sino a generar riqueza de verdad y puestos de trabajo. Eso hizo que las empresas tuvieran que recortar gastos para poder pagarlos con los ingresos que generaban con su actividad. Y no se les ocurrió otra manera que empezar a despedir a sus trabajadores. Otras, ni siquiera reduciendo gastos pudieron sobrevivir y tuvieron que cerrar, despidiendo a todos sus trabajadores y dejando de pagar a otras empresas que les habían vendido bienes o prestado servicios, con lo cual estas otras empresas también tuvieron que despedir trabajadores e incluso cerrar.

En definitiva, se produjo un efecto dominó que acabó con casi seis millones de personas sin trabajo. Y esas personas no solo perdieron sus casas, pues no generaban ingresos para poder pagarlas, sino que tampoco compraban cosas.

Ello hizo que los precios de los productos bajasen, pues no había suficiente gente que comprase lo que las empresas producían. Así, del riesgo de inflación se pasó al riesgo de deflación, que es peor todavía, pues si los precios son bajos las empresas no ganan dinero y si no ganan dinero se produce lo que ya conocemos, que despiden a sus trabajadores o, incluso, cierran.

La situación llego a ser insostenible y hubiera sido insalvable si no nos hubiésemos dado cuenta de que había que cambiar y hacer un esfuerzo entre todos.
Pero ese proceso lo dejo para la siguiente historia.
Muchas gracias.

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