domingo, 22 de junio de 2014

Belén Moreno Campillo (Su fulminante paso por nuestras vidas)




Su fulminante paso por nuestras vidas:

Me encuentro sentado a lo alto de un gran edificio de Madrid en plena noche de un invierno cerrado. Mis padres probablemente lleven preguntándose dónde estoy todo el día pero, sinceramente, hoy me da igual, he decidido que voy a desconectar de todo. Me he propuesto quedarme aquí sentado durante horas pensando en todo lo que me ha pasado a lo largo de estos cinco últimos años aunque el hacerlo lleve consigo derramar alguna que otra lágrima.
Llevo un buen rato pensando en lo que respondería si alguien alguna vez me hiciera definir con una sola palabra lo que estos cinco últimos años han supuesto para mí. Yo creo que utilizaría la palabra HORROR, y aun así me quedaría corto. Ha sido mucho más que eso, infinitamente mucho más.
Qué felices éramos cuando mi hermana y yo correteábamos por la casa sin ningún tipo de preocupación, cuando llorar de alegría era algo permanente, cuando mamá nos contaba cuentos para dormirnos con aquella sonrisa tan suya… y míranos ahora, cuánto hemos cambiado… Esos momentos se fueron tan pronto como vinieron… y es que como dice mi canción favorita “las peores cosas de la vida vienen gratis” y qué razón tiene.
Mi madre estaba entregada en cuerpo y alma a nosotros y mi padre trabajaba de sol a sol en su propia empresa para traer el pan de cada día a casa. Lo bueno es que mi padre ganaba un gran sueldo lo que nos permitió hacer numerosos viajes y hacer cosas que otras personas no podían permitirse ya que eran realmente caras. A decir verdad llevábamos un estilo de vida muy alto. Tanto, que a veces me daba la sensación de que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, pero, como en seguida volvía a llegar dinerito a casa, no era algo que nos quitase mucho el sueño.
Después de esta racha, vino una mejor, mucho mejor. Mi vida se basaba en despilfarrar el dinero y en no valorarlo absolutamente nada ya que yo era el reflejo de mis padres y eso era lo que ellos hacían. Yo vivía feliz en mi ignorancia y comodidad. Claro, mientras el dinero siguiera fluyendo, ¿para qué me iba preocupar yo? ¿Qué era eso de ahorrar? En fin, si soy sincero con vosotros me da vergüenza recordar ese “yo”, ese pasado que hacía de mí alguien tan indeseable. Pero supongo, que todas las cosas buenas llegan a su fin… y en mi caso, con razón.
Un día de mayo, como cualquier otro, me levanté con esa soberbia que tanto me caracterizaba, mi fiel compañera durante aquellos “grandes” años, y me dirigí a la cocina donde normalmente mi desayuno solía estar preparado, pero aquel día no fue así. Acostumbrado a ello, me extrañé muchísimo y decidí buscar a mi madre por toda la casa para preguntarle por lo ocurrido. Fue dar un paso fuera de la cocina y encontrármela sentada en su lujosa silla mirando a la nada con una cara que resultó ser completamente desconocida para mí hasta aquel preciso momento. Jamás la había visto así y sinceramente, me impactó tanto, que a día de hoy todavía no soy capaz de describir con palabras el horror que sentí en ese momento. Especialmente cuando, al acercarme a ella, me agarró con fuerza, tanta, que me dejó sin aliento y rompió a llorar como una desesperada.
En ese momento, miles de pensamientos recorrían mi cabeza pero no lograba dar con el correcto, ya que jamás me imaginaría lo que mi madre me iba a contar cinco segundos más tarde. En resumidas cuentas, la tormenta acababa de llegar. La empresa de mi padre había quebrado y estábamos endeudados. No éramos conscientes de lo que nuestras vidas iban a cambiar a partir de ese preciso momento. Sería el primer problema al que nos tendríamos que enfrentar después de tantos años bebiendo champagne y gastando dinero por doquier. Todo eso se había acabado definitivamente y para siempre.
En un primer momento, nuestro orgullo no nos dejó admitir que el único sentimiento que recorría nuestras venas era el miedo. Miedo de vernos envueltos en aquella situación solos, sin ayuda alguna. Y, sí, digo solos porque perdimos a todos los que se jugaban el cuello por nosotros por culpa del maldito dinero y de aquel afán por tener, tener y tener. Nos daba miedo reconocer que nos habíamos quedado solos y que no teníamos a nadie a quien acudir, porque después de haber sido tan sumamente orgullosos y avariciosos, nadie nos iba a ofrecer su hombro para llorar. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que íbamos a necesitar a alguien en algún momento de nuestras vidas?
Esta tormenta vino de la mano de un gran huracán que decidió llevarse todo, absolutamente todo cuanto pudo en su camino. Se llevó todos nuestros caprichos, toda nuestra soberbia y competitividad, todo nuestro “mirar por encima del hombro”, todo nuestro rechazo y elitismo, todo, completamente todo, hasta dejarnos bajo escombros, escombros que fueron fruto de nuestro vivir. Nos hizo poner los pies en la tierra y pensar con la cabeza fría. Nos obligó a bajarnos del trono y admitir que, al fin y al cabo, todos vamos a acabar igual, bajo tierra. Nos obligó a pensar que en este gran globo de tierra y agua somos todos igual de indefensos porque, al fin y al cabo, todos tenemos el mismo miedo ante lo desconocido, porque en realidad nadie sabe porque estamos aquí.
Y fíjate si fue devastador, que hasta se llevó las ganas de vivir de mi madre y con las suyas las mías al verla ahí, tumbada en el suelo con un bote de somníferos en su mano tras haber ingerido unos cuantos. ¿Tú te haces una idea de lo que fue para mí, un chaval de dieciocho años, pasar de llevar la vida que llevaba a encontrarme a mi madre casi muerta en el suelo por algo que antes nos hacía tan felices? Y ahora es cuando me digo a mi mismo, dinero, maldito dinero que tanto mal nos hizo.
Finalmente, tras varios meses de terapia psicológica para mi madre y la ayuda de alguna que otra persona que lo hizo de manera desinteresada, empezamos a ver la luz al final del túnel. Después de todo aquel calvario, fuimos capaces de enfocar la vida con positividad y salir adelante. Conseguimos pagar todas nuestras deudas y con ello todas nuestras angustias por no llegar a fin de mes. Cambiamos radicalmente nuestra manera de ser, nos convertimos en otros completamente diferentes, éramos completos desconocidos para la gente a nuestro alrededor. Todo dio un giro de trescientos sesenta grados.
La conclusión que saco de todo esto es que, efectivamente, el dicho de que “la vida pone a cada uno en su sitio” es cien por cien cierto a juzgar por mi experiencia. Pagamos por todos y cada uno de nuestros errores y reconozco que me lo gané a pulso pero no pensé que sería tan lento y tan cruel. Ahora desde luego que puedo decir que la vida me ha dado una lección. Una lección que me ha cambiado radicalmente y que, afortunadamente, se ha llevado toda mi maldad y mi afán. Porque, al fin y al cabo, “después de la tormenta siempre sale el sol”.
Y ahora sí, después de haber recordado toda esta historia, debo volver a casa ya que seguro que mis padres se están volviendo locos buscándome y ya no quiero darles más disgustos después de todo lo pasado. Eso sí, después de este doloroso flashback me he prometido no volver a llorar más y tratar de borrarlo de mi vida. Lo pasado, pasado es.
que eso. infinitamente mucho mra definir con una sola palabra estos cinco ular

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