domingo, 22 de junio de 2014

Luis Sobremazas (Peces gordos)




PECES GORDOS

Mi nombre es 5.500, pero podéis llamarme Radar y sí, soy uno de los cientos de cacharros que recorren vuestras carreteras humanas. Sí, soy ese por el que todos os quejáis y sí, soy ese por cuyos ojos han pasado más muertes de las que me gustaría recordar.
Lo malo de mi profesión creo que es el hecho de permanecer impasible mientras pasan todos los imprevistos de la carretera, la frustración que supone ver avecinarse el desastre y no poder hacer nada, la impotencia de sentir cómo un manto de nubes grises va a apagar la brillante vida de un persona y no poder advertírselo. Así que podéis recriminarme cosas, pero no que sea feliz o que esté orgulloso de mí mismo porque no, os aseguro que no lo estoy. Pero bueno, vayamos al grano, que por lo general el dramatismo se lo dejo a los carteles de avisos por radar que nos hacen la competencia a mis colegas y a mí. Si hoy me he decidido a contar esto es porque Tracey me lo pidió el día que salió del hospital y no me pude negar. No se acuerda de nada. Por lo visto, según dice, las víctimas de un accidente bloquean los recuerdos de todo aquello que los ha hecho sufrir y yo la creo, o eso intento, así que aquí me dispongo a contar su historia.
Querida Tracey, todo sucedió el 20 de mayo de esa tarde primaveral que espero que algún día puedas recordar. Estaba el tráfico tranquilo. Apenas pasaban coches por delante de mí y los pocos que lo hacían, iban tan deprisa que mis ojos solo estaban puestos en capturar sus matrículas para enviárselas a los peces gordos del negocio del tráfico. Era todo tan normal, tan ordinario, que apenas tuve tiempo de dejar de mirar para empezar a ver lo que se avecinaba. Porque a veces mirar no es lo mismo que ver y esa tarde te puedo asegurar que se abrió un abismo insalvable entre ellos. Estaba tan enfrascado en mirar que apenas pude ver por el rabillo del ojo cómo tu Fiat se estrellaba contra el árbol situado al lado del carril izquierdo, de mi carril opuesto. Apenas vi cómo tu Fiat quedaba reducido a una masa de metal, apenas vi cómo tu airbag te abandonaba para quedarse dentro de su casa, parecía que ahí estaba mejor.
Tu coche se asemejaba a un puzle al que le falta una pieza, un libro sin puntos, una poesía sin versos. El coche había perdido algo y ese algo eras tú. Minutos después, cuando los coches dejaron de pasar y dejé de mirar, centré mi vista en ti y vi, te vi. Vi una mancha pelirroja más roja de lo normal, había sangre goteando por uno de tus rizos. Tenías la cabeza sobre el volante y tu pelo tapaba tu cara como una madre que esconde a su bebé, protegiéndolo, cuidándolo. No te movías, ni si quiera parecías darte cuenta de que el humo del motor se estaba colando por el interior de tu coche, se estaba apoderando de tu mundo, de ti. Yo no hice nada, no pude hacer nada. Te prometo que quise correr, quise llegar, entrar, decirle al humo que se fuera, que nadie lo había invitado a entrar en tu vida, pero no pude. Había pasado un coche a 150 kilómetros por hora y mis ojos, una vez más, contra mi propia voluntad, se habían girado para captar su matrícula; aunque mi cabeza siguió puesta en la mancha pelirroja de la que manaba sangre y el humo que se cernía sobre ella.
Te aseguro que quise girarme, verte, ayudarte, pero los peces gordos no me dejaron. Controlaban todo, absolutamente todo.

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