jueves, 11 de diciembre de 2014

Abel Abenza (La casa)





LA CASA

Tardaron dos años en reunir la cantidad adecuada. Una vez llegaron a este punto, Carlos y María fueron buscando por diferentes zonas, por diferentes municipios, por diferentes provincias. Buscaban su casa perfecta y sus condiciones eran más bien simples y comprensibles; Una vista al mar y suficiente espacio para tener dos o más hijos. No les importaba que la casa no estuviera directamente a la vista del mar, podía estar un poco más lejos siempre y cuando esa distancia no fuera muy grande.

Así que fueron a Murcia, a su capital y vieron unas cuantas casas en buenas condiciones y con buen precio pero estaban muy lejos del mar, según ellos. En realidad apenas 80 kilómetros los separaban del mar y eso se traducía en una hora en coche. Fueron varias las discusiones que hubo entre la pareja y los vendedores pero al final todo salió bien. El vendedor se llamaba Antonio y les aseguró que la casa no tenía ninguna carga fiscal ni nada por el estilo. Así pues, procedieron a comprar la casa y a instalarse en ella. Todo parecía de ensueño y la pareja era feliz, compraron varios muebles en algunas tiendas, pintaron la casa a su modo, pusieron varios cuadros y unas alfombras con símbolos extraños para la decoración y muchas otras cosas más.


Durante la ocupación francesa, un soldado llamado Jean Durant desertó del ejército francés a medianoche para casarse al día siguiente con María Zamprano, de Murcia. Se escondió en la capital murciana y se hizo pasar por Ramón Jiménez, su historia la repasaron ella y él, y al final quedaron conque Jean, o mejor dicho, Ramón Jiménez era huérfano de padre y madre y había sido criado en un pueblo llamado Archena. Si alguien les preguntaba  como en qué colegio había estudiado o algo parecido, ellos quedaron en lanzar evasivas y en irse rápidamente del establecimiento en el que se encontrasen.

Lo bueno era que Jean, sabía español como segunda lengua ya que su madre había tenido contactos en España hace tiempo y debido a esto conocía la lengua. Pero las cosas no fueron bien para María ni para Ramón, ya que una epidemia de fiebre amarilla había brotado en Murcia y estaba muriendo bastante gente. Se dio la casualidad que ese día Jean había salido a comprar y la familia de María le instaba a ella que abandonase Murcia antes de que cerraran las puertas de la ciudad. María buscaba a Jean pero al no encontrarlo, dejó una nota en su casa y se fue con su familia a las afueras, a un pueblo donde tenían amigos que podían resguardarlos de la epidemia.

Pasaron varios meses antes de que María pudiese volver finalmente a la capital y cuando lo hizo no encontró rastro de Jean. De esta manera María se quedó viuda y así se quedó durante toda su vida. Al morir dejó sus pertenencias a su amado Jean que según ella seguía vivo. La familia respetó la decisión durante poco tiempo ya que necesitaba dinero, así que vendieron la casa de María con todo lo que en ella había a un comprador llamado Luis. En teoría debían de contar con el permiso de Jean pero al estar este desaparecido la familia podía decidir qué hacer con la casa, en este caso venderla al susodicho Luis.

Pasaron las décadas y Luis que quería hacer negocio seguía sin poder vender la casa. Su hijo siguió su negocio de compra-venta de casas, pero aun así, esa casa en particular de Murcia no conseguía venderla. Así pasó el negocio al nieto de Luis, llamado Antonio.

Antonio no era lo que se podría decir un buen negociante, había echado a perder casi todo el trabajo de su padre y de su abuelo, usando el dinero para ir a fiestas o salir de juerga con los amigos. No tenía trabajo y vivía de las rentas. Un buen día escuchó que una pareja buscaba una casa, así que se dispuso a arreglar la única que todavía quedaba por vender, aquella casa de Murcia.

Arregló los baños, compró ventanas nuevas, nuevos picaportes, etc. Para entonces ya había logrado contactar con la pareja, Carlos y María, y los convenció de que compraran la casa, les ofreció un buen precio y finalmente logró venderla. Antonio pensaba que era irónico, su padre y su abuelo que eran grandes emprendedores y que habían llevado el negocio a altas esferas, no habían logrado vender aquella casa, mientras que él, el desastre de la familia sí había logrado venderla. Se rió a carcajadas mientras bebía cerveza y más tarde se dispuso a dormir en la cama.

Lo que nadie sabía era que Jean seguía vivo. Había huido de Murcia, pensaba que su esposa, María le había dejado abandonado y se rearmó al ejército. El comandante se dispuso a fusilarle por desertar, pero coincidencias de la vida, aquel día estaba de buen humor y lo dejó vivir.

Jean Durant se casó y tuvo hijos, que a su vez tuvieron hijos. Estos hijos recibieron como herencia familiar una dirección. Esa dirección correspondía con la casa de María. Viajaron hasta Barcelona en tren, y de allí, fueron a Murcia bordeando la costa. Anduvieron preguntando qué había pasado por aquella época, se informaron que la casa había pasado a muchas manos, y con un poco de dinero, lograron convencer a un tipo para que les enseñara el testamento de María. Una vez hecho esto, se dirigieron a la casa.

Vieron que estaba muy reformada, y con más sorpresa vieron que alguien vivía allí. Se dispusieron a entrar cuando Carlos salió de la estancia.

Hola, puedo ayudarlos en algo?- habló Carlos primero

Los franceses no sabían bien que contestar, no sabían hablar casi español así que le cogieron y le dieron la vuelta, mirando hacia la casa. Le levantaron el brazo y apuntaron hacia la misma, y más tarde le ofrecieron a Carlos un papel que demostraba que María a su fallecimiento había legado esa casa a su abuelo, y éste a ellos.

Carlos leyó para sí: Y por eso dejo esta casa a mi amado Jean Durant donde quiera que esté. Con amor, María.

Carlos se quedó conmocionado, ¿esta casa pertenecía entonces a estas personas? ¿Quién era esa tal María y quien era ese Jean Durant? Era obvio que eran amantes pero..
María interrumpió sus pensamientos cuando lo vio hablando con estas personas,

¿Quienes son? - comentó,

Carlos le contó lo sucedido y María se quedo anonadada. Los franceses seguían esperando delante de la casa y querían proceder a entrar porque la casa era suya. Lograron encontrar un traductor que hablara francés y español y ambas partes pudieron entenderse mejor. Buscaron a Antonio, para preguntarle si éste tenía los papeles de la compra de esa casa y éste les dijo que buscaran en el desván donde estaban los archivos de su padre y su abuelo.

Finalmente, tras mucho papeleo, y tras enterarse de la historia completa, María y Carlos decidieron invitar a comer a los franceses para explicarsela.

La casa había pertenecido a María Zamprano y a Jean Durant. A la muerte de María , ésta deja la casa como herencia a Jean Durant, pero como éste ha desaparecido y no puede aceptar la herencia, la familia de María decide venderla a Luis. Es decir, la casa es de Luis y pasa de él, a su nieto Antonio que es el que vende la casa a Carlos y a María. Por tanto la casa es nuestra, argumenta Carlos, pero sería vuestra si vuestro abuelo, Jean Durant hubiera hecho presencia y aceptado la casa como herencia.


Los franceses se quedaron algo desilusionados, porque esperaban que la herencia de su abuelo fuera algo más, en realidad aparte de la casa no tenían nada más, y ahora descubrían que la casa en realidad no era suya.

Ahora han pasado los años y Carlos y María han tenido hijos. Cada verano se van a a Francia, donde intercambian sus casas con aquellos franceses que conocieron. Ellos se van a Francia, mientras que los franceses se van a España y recuerdan la casa donde vivió su abuelo.

En el mundo donde vivimos, muchas más historias como ésta se han dado, pero no se han dado las circunstancias para que se materializen. Esperemos que esto no sea así siempre y que todos, sepamos la verdad.

Acta est fabula

Abel Abenza

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