lunes, 12 de enero de 2015

Gonzalo del Saz (Si el presente trata de juzgar al pasado,...)




“Si el presente trata de juzgar al pasado, perderá el futuro”-Winston Churchill-


Hombre de media estatura, de pelo canoso y tez clara. A sus 84 años sigue casado con María Rosa Albert, padre de cuatro hijos y abuelo de 7 nietos entre los que me encuentro yo. Este es Perfecto; Perfecto Justo Carmelo de nombre de pila; ¿por qué Perfecto? Pues bien Perfecto es un nombre que se ha ido heredando de generación en generación en mi familia, pero que, por alguna razón inexplicable, ni mis primos ni yo hemos heredado este maravilloso nombre.

Nació en Barbastro, un pequeño pueblo de Huesca, tuvo suerte y se marchó fuera a estudiar, logro vivir en distintos países por toda Europa: Italia, Alemania o Francia fueron algunos de los destinos en los que estudió; terminó su ingeniería y empezó a ejercer como en ministerio de Hacienda, continuó después su carrera en la Fábrica Tabacalera de España para acabar siendo el Director General de la Casa Moneda y Timbre.

Puede ser que su vida se asemeje a la de cualquier persona del siglo pasado, nacida en un pueblo pequeño y que más tarde se marcha fuera a estudiar en busca de un buen trabajo. Pero mi abuelo, el Perfe -como nosotros le llamamos- vivió algo especial, algo que quieras o no te marca para toda tu vida, que es duro de recordar pero bueno que es indispensable aprender, que te enseña  a valorar esos pequeños detalles de la vida y que te curte para el futuro.

Es difícil entender como un suceso puede cambiar de forma tan trascendente una vida entera, pero, en el fondo, de la guerra uno sólo puede hablar en primera persona.

Hablar de la guerra en primera persona implica olvidarse de bandos e ideologías porque en el 18 de julio de 1936 en España unos se levantaron sabiéndose nacionales o republicanos y sólo los definía como tales una línea sobre un mapa.
Hablar de la guerra en primera persona implica que la noción de futuro desaparece o queda reducida a los dos o tres días próximos, nadie se pregunta qué será de mayor porque muy probablemente no llegue a serlo.
Hablar de la guerra en primera persona implica no poder evitar mirar al presente con los ojos del pasado porque uno oye hablar de fuga de cerebros y no puede evitar pensar en aquel poeta que escribió sus últimos versos lejos de su hogar y al que todavía hoy cubre el polvo de un país vecino.
Hablar de una guerra en primera persona implica aceptar que uno nunca volverá a ser el mismo porque una vez terminada, o no somos capaces de aceptar que las reglas han cambiado o no somos capaces de vivir acechados por la sombra de nuestro pasado.

En definitiva, hablar de la guerra en primera persona implica aprender que en ella no hay ningún atisbo de heroísmo, que el campo de batalla huele a pobreza y sabe a miseria, que el día no acaba con un fundido a negro sino con un recuento de fallecidos y que el único juego de luces que existe es el de las llamas de los edificios ardiendo.

Hoy tenemos que tener más presente que nunca el recuerdo de estos acontecimientos de los que a menudo hablamos con poca delicadeza, inmersos en un discurso de vencedores y vencidos no nos damos cuenta de que en una guerra sólo hay uno que pierde un poco más que el otro.
Hablamos de sus causas y sus consecuencias, sus antecedentes o su desarrollo y olvidamos que detrás de todo ello, la guerra esconde  una cara oculta para todos aquellos que no la hemos vivido, la de los padres que no tienen que llevar a la boca a sus hijos, la de las bombas que estallan sin previo aviso o la de las familias que  se deben marchar porque tienen que emigrar a sitios más seguros.

Todo esa cara oculta de la guerra de la que nos es tan extraño hablar fue la cotidianidad de muchas personas como mi abuelo a lo largo de tres fatídicos años.

A veces, ignorante de mi, le cuento una preocupación a mi abuelo y le cuento el sufrimiento que me conlleva dicha preocupación y no me paro a pensar por un momento, que ahí estoy yo contándole lo que es el sufrimiento a un hombre que ha visto pasar su vida en tan sólo un parpadeo de ojos, un hombre que ha experimentado la sensación de que su padre fuese capturado para matarle en un tiroteo sin escrúpulos; ahí estoy yo hablando de sufrimiento a alguien que lo ha vivido en en su máximo exponente.

El mismo siempre dice que en la vida uno puede aprender muchísimas cosas que te enseñen los demás pero hay determinadas cosas que, no existe un mejor profesor que la propia experiencia.

No es fácil vivir una guerra y menos vivir una guerra en la cual los dos bandos que se pelean son de tu mismo país, pero pero peor aún es vivir una guerra durante la niñez.
La infancia es, según los psicólogos, el periodo más importante de formación de una persona, en ella uno va creando sus gustos aficiones, amigos, también dicen los psicólogos, que cualquier hecho relevante durante este periodo queda marcado de por vida.


Esto podría ser una gran desgracia para mi abuelo ya que podría vivir todo el resto de su vida pensando y asimilando lo mal que lo llegó a pasar durante el período de la guerra; pero ante esto hay dos caminos que se pueden tomar: el de vivir el resto de su vida en función de lo que había ocurrido en la guerra remordiéndose en un tremendo odio hacia el bando que había matado a su padre, o por otro lado el de ver el suceso de la guerra como un hecho histórico, un hecho  del cual sacar las enseñanzas positivas que tenía haber vivido una guerra, es decir ver la guerra civil como un error en el que se cayó pero qué sirve de enseñanza para el futuro, en vez de vivir con un permanente odio hacia el bando por el cual fue atacado.


Mi abuelo el perfe fue atacado, acosado por el bando rival, incluso mataron a su propio padre ;pero él siempre me dio una lección de vida en cuanto esto que a mí nunca se me va a olvidar, no fueron ni unos los malos ni los otros los buenos ni al revés, fue una época histórica en la cual no se era consciente de la repercusión que dicho conflicto podía tener. Ya pasado el suceso no es hora de buscar culpas mirando las ideologías de cada grupo. En esta vida como el gran boxeador Pedro Carrasco dice: “para atrás ni para coger impulso” o como el gran psiquiatra Rojas Marcos citaba en uno de sus libros: “Ser feliz es tener salud y mala memoria”.

 Esta es la historia de mi abuelo pero al igual que el perfe muchísima otra gente vivió este tremendo suceso que marcó la historia España. Todos ellos tienen en común que ninguno ha decidido tomar el camino del odio a pesar de que la guerra les quitase a muchos de sus seres queridos.


Se podría decir que todos somos diferentes pero iguales, diferentes en cuanto a carácter, gustos, preferencias; pero cuando un suceso o momento duro se interpone ante nosotros como pudo ser la guerra civil todos padecemos el mismo sufrimiento.

Al Perfe quizás no sean muchos los años de vida que le quedan, quizás su cabeza no rinda igual que hace 20 años, pero lo que nadie le va a poder quitar es la valentía con la que pudo sobrellevar una  guerra que se llevó por delante a amigos,a su padre e incluso su infancia.


Gonzalo del Saz Albert (1ºA Bachillerato)

No hay comentarios:

Publicar un comentario