miércoles, 21 de enero de 2015

Joaquín Zamora (Historia de amor)



Historia de amor

-“Ya sale el sol, no se sí alguna vez conseguiré verlo brillar, pero sé que ha salido.
Giro la cabeza. A mi izquierda tengo la luna. Sé que es mía, que la poseo, que jamás podrá escaparse. Gracias a ella sé que el mal existe porque sería injusto un mundo de bien.
Miro sus ojos, no dudaré jamás de las maravillas de este mundo mientras me miren. Ahora duerme. Respira fuerte. Mi luna descansa, parece estar susurrándome sus sueños. O igual lo que me describe son sus pesadillas, no lo sé.
Anoche hicimos el amor y por ello sé que el odio existe, porque si no, jamás podría amar con tanto dolor.
Juego con su pelo como Poseidón jugaría con su mar. Disfruto sabiendo que puedo pintar su cuerpo de memoria. Disfruto sabiendo que escribir sobre el amor ya no es algo que escape de mi jurisdicción. Ya no grito a un mundo, sin motivo y sin aliento.
Ahora he decidido escribir para quien quiera dejar su ceguera, beber amor y escupir la injusticia.
Ya no sé qué no he oído y quiero poder morder las palabras que me han hecho encauzar iras. Tal vez morder llantos rajados por quien no me deja llamar amor a quien es el máximo exponente en mi pensar.
Me he tentado en creer en un dios, que jamás se ha molestado ni en mirarme y que es rey de ejércitos hipócritas que cargan contra mi tan solo por desconfiar en que su belleza fuese humana.
No son más que terroristas y lo cierto es que nadie la besará mejor que yo.
Quien crea siquiera que puede llegar a tener un lugar en el que cielo y tierra estén tan próximos como si los hubiese pintado la misma persona, en donde hemos acabado por vivir ella y yo, que tenga cuidado con qué o con quien juega.
En vuestro mundo el agua seguirá mojando y continuará su cauce, pero a mí, el fuego no me someterá mientras no veáis que el frío más doloroso es caer ahorcado en el suelo que ella pintó para mí. Ahí fuera el cielo hace ejercicios de premonición para augurarme una vida sin vida”.

Antes de poder continuar tragó saliva un par de veces y jugó con sus ojos disfrazando las lágrimas que se acercaban al precipicio. Renovó el aire de sus pulmones y con las fuerzas rotas continuó la historia.

-“El resto de la carta era una huida de la lógica en todas direcciones, manchando y escurriendo el negro de las letras por todo aquello que podía ser pintado.
Sin apenas dejar a la tinta una oportunidad para afianzarse y aferrarse al papel, tomó con su mano izquierda el cuchillo con mango de marfil que había observado siempre con temor y repugnancia y que estaba, como siempre,  en el despacho de su jefe junto al diploma del Opus Dei,
La hoja, de un solo filo para así cargarla con el doble de dolor, estaba ya apoyada sobre la muñeca derecha debajo de ese tatuaje en el que podía leerse “Claudia”.
Allí parada, como quien aguarda la orden para abrir fuego y quemar cada ápice de amor que podía morar en el último centímetro de su corazón, la daga comenzó su travesía de lado a lado, hincando poco a poco su odio y dejando tras de sí el comienzo de una cascada roja.
Terminado el primer trazo, parecía haberle gustado su obra de arte y esperaba la inspiración para realizar otra mejor si cabe.
Borboteaba la sangre regando las sábanas. Trazando en sus idas y venidas,  las veces en que no la besó.
Antes de tumbarse no pudo evitar que algunas gotas rebeldes se lanzasen contra el papel con una malvada belleza, quizás por capricho del destino.
A la sombra que la higuera proyectaba sobre el ventanal que más le gustaba y con su amor corriendo libre, hizo entrega a la muerte del mayor crimen escrito. Había asesinado también a quien la amaba,  al privarle de volver a besarla”.

La voz le comenzaba a fallar. A querer escapar de sus labios y huir para no tener que seguir con el relato, su relato… Antes de que pudiese siquiera abrir la boca, fue interrumpida por la voz más ingenua de ese día.
-Mamá, ¿por qué lloras? Tan solo es una de tus historias-
Fueron las palabras justas para liberar el llanto, no sabía si por la inocencia del niño o por el tormento y el peso de los recuerdos que se habían desbordado.
Pasaban los segundos como si de días se tratasen. Buscaba la respuesta idónea o al menos la que  menos la delatase. El niño, que mantenía los ojos abiertos como platos, examinando a su madre con absoluta agudeza, tuvo que suprimir cualquier tipo de esperanza para obtener una respuesta a su cuestión. Había escuchado la puerta de la calle y eso significaba que había llegado su padre.
-¡Claudia!

Resonó por toda la casa con la fuerza de un golpe al que se espera. Ella a sabiendas de lo que eso significaba se levantó para encarar la puerta e ir a atender a su marido, no sin antes dibujar en la frente del niño el único beso con amor que era capaz de dar.
-Buenas noches hijo-

Fueron las únicas palabras que salieron de sus labios. Al levantarse algo había caído de su pantalón, el muchacho lo había visto pero esperó que su madre saliese de la habitación para precipitarse sobre ello.
Era una carta, estaba manchada, sucia, como si no tuviese valor alguno o se hubiese querido esconder a cualquier precio. La tinta se transparentaba y tenía gotas de un líquido que no conseguía identificar y que tapaba las últimas líneas de la carta.
El chico dispuesto a leerla se sentó en la cama, junto a la luz de su lámpara roja.
Tomó aire y comenzó a leer:

“A Claudia, de Patricia”.
Ya sale el sol, no sé si alguna vez conseguiré verlo brillar, pero sé que ha salido…”

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