lunes, 5 de enero de 2015

Lucía García Ovies (Relaciones destructivas)



RELACIONES DESTRUCTIVAS.
En ocasiones es precisamente aquello que elegimos lo que más daño puede llegar a hacernos, y es que estoy rodeada de personas que creen enamorarse y empiezan una relación basada en un sentimiento muchas veces erróneo.  Comienzan con el fin de ambas partes de la pareja, de no sentirse una pieza redonda que no encaja y de tapar la tristeza igual que el ruido tapa al silencio, y acaban a menudo en  relaciones destructivas que destrozan la autoestima de ambos.
Adolescentes que planean un futuro juntos, aparentando tener claro lo que buscan sin tener ni idea de lo que verdaderamente sienten, y que  adquieren un sentimiento de posesión que a veces roza lo obsesivo, y acaban entregándose al otro a unos niveles en los que éste tiene más control sobre su persona que ellos mismos.
            Todo empieza porque no se dan cuenta de lo que esta relación les causa hasta que es tarde y el enganche emocional les hace mantener esa situación negativa.  Se convierte en un narcótico al que se vuelven adictos, un narcótico que les imposibilita distinguir entre amor y obsesión, a las que se suma a veces la necesidad.
Y un día se termina, pues las cosas que duelen siempre terminan tarde o temprano y como dice el refrán, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Pero entonces comienza lo peor: el olvido, el síndrome de abstinencia y el encontrarse cara a cara con la persona que dejaste de ser por el otro. Aprender a vivir sin esa persona y darse cuenta de que dicha relación destructiva era similar a las cadenas de los presos, que les atan a un pared impidiéndoles disfrutar de la libertad, de las experiencias, de conocer gente nueva, y sobre todo de sentir, que al fin y al cabo es lo único por lo que merece la pena la vida.
Entonces, justo en ese momento se dan cuenta de todo lo que se han perdido, de lo que podrían haber vivido si no hubieran estado tan ciegos durante ese tiempo.
Termino opinando que las relaciones en la adolescencia pueden hacer que todo tenga más sentido, pero también quitárselo por completo. Que pueden darnos la felicidad, pero también arrebatárnosla por completo, y que pueden convertirse en trampolines que nos ayuden a conseguir nuestras metas, o en techos bajos que apenas nos dejen movernos con soltura, y nos limiten en cada uno de los  propósitos que tengamos en mente. Es cuestión de saber controlar.
Todo esto no lo escribo como experiencia propia; por lo tanto es posible que esté  equivocada, pero a veces, cuando personas muy cercanas pasan por ciertas situaciones, éstas son mejor entendidas que si tú misma las vivieras, porque ver las cosas desde un punto de vista externo, te permite observar mejor los detalles y caer en la cuenta de los errores que no deberían ser cometidos. Aunque también es cierto, que el amor en sí tiene un porcentaje muy reducido de racionalidad y, por tanto no es fácil de ser controlado, por eso, no critico a las personas que se entregan completamente al otro, no tiene por qué ser algo negativo siempre y cuando no se alejen de la percepción de la realidad y mantengan los pies bien firmes en la tierra, para estar preparados a la posibilidad de que llegue el momento de darse cuenta que, lo que creían que era su único motivo de supervivencia, en realidad no lo era.

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