jueves, 9 de abril de 2015

Marta Prado (Ida sin vuelta)



Ida sin vuelta.

Y ahí estaba yo, tranquilamente en mi casa, un día de diario normal. A la hora de comer habitualmente poníamos las noticias, todos los días las noticias que ponían eran del momento que estábamos viviendo, cuando las veíamos, las comentábamos mi familia y yo como algo cercano pero a la vez sin pararnos a pensar que en algún momento nos tocaría vivirlas a nosotros.

Al día siguiente seguimos con nuestra rutina, los cuatro sentados en la mesa del comedor con la televisión puesta de fondo, de lo que no teníamos ni idea es que dentro de unos instantes iban a cambiar nuestras vidas por completo.
Empezamos a escuchar gritos y golpes por el edificio, cada vez se iban acercándose más y más hasta que por desgracia tocó nuestra puerta.
Sabíamos quiénes eran, habíamos escuchado hablar mucho de ellos y de lo que hacían pero hasta que no te ves en esa situación no sabes lo que es sentir verdadero miedo y sobre todo lo vulnerable que te sientes al saber que esa gente te va a separar de tu familia y tú no vas a poder hacer nada.

Todo pasó muy rápido, no me acuerdo ni de la despedida con mi familia, ahora me encontraba solo, sin ellos, todo caras desconocidas.
Intento hacer memoria y de lo único de lo que puedo acordarme es de sentir empujones al meterme en aquel tren. 

Ahora me encontraba apilado entre gente desconocida, casi no podía ni abrir los ojos, y lo único que podía escuchar era el ruido ensordecedor de aquella máquina que nos llevaba a algún sitio ,por ahora, desconocido.

El viaje fue interminable, no podíamos ni hablar entre nosotros, 10 horas de calor insoportable, hambre, sed pero sobretodo incertidumbre. A medida que pasaban las horas me iba imaginando un sinfín de ideas de a dónde podría llevar aquel tren, a todos se nos venía a la cabeza el mismo sitio ya que casualmente todos teníamos una característica en común, por la cual habíamos sido perseguidos durante tantos meses, aun así yo seguía dándole vueltas hasta un frenazo me devolvió a la realidad, habíamos llegado a aquel misterioso destino.

Quería salir ya para saber a que lugar me había llevado ese intenso trayecto, pero, por otra parte tenía unas ganas inmensas de estar de vuelta con mi familia o por lo menos de saber algo de ella.

Por fin llegó aquel momento, se abrieron las puertas, la luz me molestaba no veía nada, lo único que pude ver a duras penas fueron dos hombres uniformados con cara de pocos amigos y cada uno una pistola colgada del pantalón por si alguno de los que estábamos allí nos resistíamos a acatar alguna de sus órdenes.

Después de cinco minutos, al fin, pisé tierra firme, no pude ver el nombre exacto de donde estábamos. Nos pusieron en fila, nos dieron un uniforme a cada uno y nos hacían pasar uno a uno para cortarnos el pelo.

Al final, me di cuenta de que estaba allí, en ese lugar del que nadie volvía, lo estaba viviendo yo en primera persona.

Pasaron días y días, lo único que hacíamos allí era trabajar, trabajar y acatar órdenes, no teníamos ningún tipo de derecho, y lo dejaron bien claro desde el primer día, cuando vi que en el momento que se decía una palabra no te daban opción a fallar una segunda vez.

Aunque ya había conseguido hacerme un par de amigos en ningún momento dejaba de acordarme de mi familia, me preguntaba cómo estarían ellos, y realmente esperaba que estuviesen mejor que yo.

A mediodía, mientras engullíamos la poca comida que nos daban y charlábamos de lo poco que sabíamos, llegó el momento que todos habíamos esperado con ansia, desde que llegamos a aquel espantoso lugar no habíamos podido ducharnos en ningún momento, y por fin nos llaman.

Nos dirigimos al lugar esperado, los meten primero en un cuartito en el que debíamos desvestirnos y dejar nuestro uniforme ahí colgado, a los dos minutos nos abrieron la puerta que llevaba al lugar más deseado del momento.

Cuando estábamos dentro, aquel lugar no olía a jabón, ni el suelo estaba precisamente limpio ni mojado, más bien lo contrario.

A la voz de: “están dentro” , se cerraron las pesadas puertas, aquellas puertas que sin tener yo ni idea me habían dado paso a las últimas imágenes de mi vida.




               











                             Marta Prado Calvo.
1º Bachillerato A.


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