jueves, 9 de abril de 2015

Lucía García Ovies (Sólo sé, que se merece el cielo)



Solo sé, que se merece el cielo

Hoy es lunes, un lunes cualquiera, pero hoy hay algo que no me deja pensar con claridad, algo que no me deja estar tranquila. Así que decido ir a verla para que me alegre el día.  
Ahora estoy sentada en la mesa de su cocina mientras ella prepara su famosa paella. Hace mucho que deje de preguntarle por qué motivo cocinaba como si fuéramos veinte personas, cuando en realidad, solo comemos dos. Siempre responde lo mismo: Niña, hay que estar preparadas  por si viene más gente. Y yo siempre pienso ¿y que gente? Si siempre comemos solas.  Pero prefiero no contestarla porque sé que tiene la esperanza de que alguien más se una, y si eso le hace feliz, a mi también.
La miro fijamente a los ojos y asiento de vez en cuando para que no se de cuenta de que hace ya más de cinco minutos que he desconectado de la conversación, a veces hago un intento de enterarme de lo que me está contando, pero cada vez que lo hago, se trata de temas tan distintos, que prefiero seguir fingiendo que la presto atención en vez de hacerlo. ¿Cómo es posible que hable tanto? O mejor ¿cómo es posible que la gente la entienda hablar con ese acento andaluz tan cerrado? Siempre me ha parecido increíble que siga teniendo acento habiendo dejado Málaga con tan solo tres años.
Mientras sigue hablando, la observo, me encanta ver la forma en que se rie, y es algo que suele hacer continuamente, nadie entiende cómo lo hace, después de la vida tan complicada que ha tenido, derrocha alegría allí por donde va. Y digo complicada por haber tenido que superar la muerte de las tres personas que más quería en el mundo, y no sólo eso, sino las enfermedades que sufrieron antes de que se fueran de su lado.
Y  ahí sigue, en pie, día a día, siempre dispuesta a comerse el mundo. Dice que lo hace por nosotros, que ella no se puede ir porque tiene que cuidarnos, y tiene toda la razón, no sé qué haría sin ella.
Probablemente sea la persona más necesaria en mi vida. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que ha hecho que sea la persona que soy ahora. Ha estado absolutamente en todos los momentos, me ha dedicado todos y cada uno de sus días y también sus noches; todavía recuerdo esas noches,  en las que nos quedábamos los cuatro primos durmiendo en su cuarto y el que conseguía sitio en su cama era el más privilegiado; me vienen a la mente las canciones que improvisaba en el momento para que nos durmiéramos, ojalá pudiera volver a esos tiempos.
De repente escucho “Lucía, yo siempre que me necesites voy a estar, nunca te voy a fallar, ¿lo sabes? Vuelvo a la conversación, no sé cuánto tiempo llevo sin escucharla mientras pensaba. Analizo la frase que me acaba de decir, era justo lo que necesitaba escuchar en ese momento. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo consigue decirme siempre lo que quiero oír?
Ahora repite la misma frase de siempre: “No quiero verte llorar nunca, incluso en mi funeral quiero que te rías” Cuando dice la palabra funeral me enfado con ella, porque no me imagino un mundo en el que no esté y le hago prometer que nunca se va a ir de mi lado.
Entonces le respondo: “Toti, te quiero, gracias por ser la mejor abuela del mundo” y ella me abraza y me susurra: “Todos los problemas tienen solución”. Y la verdad, no sé si este la tiene o no, pero sé que la tengo cerca y todo lo demás pasa a segundo grado.



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