jueves, 4 de junio de 2015

Alberto González de la Higuera (Del infierno al cielo)




DEL INFIERNO AL CIELO


Y ahí estaba yo, un simple niño de 11 años, procedente de una familia tradicional española del barrio de Moncloa en Madrid.
Acababa de acabar el verano y empezaba un nuevo curso y tras unos meses, no se si fue por mi corpulencia o por mi actitud, empecé a ganarme fama y ser respetado en el curso.
Esto hizo que poco a poco empezara a entablar una amistad con los ¨mayores del colegio¨, lo cual a mi me enorgullecía.
Poco empezamos a estrechar lazos y un día, después de clase, me llevaron a dar un paseo cerca del Palacio Real.
Uno de los cabecillas del grupo nos empezó a enseñar la magnificencia de la construcción española, cargada por aquél entonces de una gran connotación franquista, todo esto me dejó maravillado.

Poco a poco fui sumergiéndome más y más en este grupo, recuerdo uno de esos días en los que me llevaron por los bajos de Plaza de España, donde supuestamente se encontraba una de las zonas de mayor prostitución, tráfico de drogas y sin techo de todo Madrid.
En una de estas mi grupo se acerco a uno de los callejones y nos encontramos a un vagabundo durmiendo entre un par de cartones. Uno de los líderes de mi grupo nos preguntó: “¿qué haríais si os encontrarais con este hombre durmiendo en la cama de vuestra madre?” Y yo impetuosamente respondí: “el único es mi padre”. Entonces me miró y me preguntó: “¿Y qué crees que piensa tu madre patria teniendo a un piojo como este durmiendo en ella?”. Yo, sorprendido ante semejante respuesta, le miré a los ojos y dije: “A este tío hay que echarle de lo que ha sido Una, Grande y limpia Patria’’.
Con 11 años entré a formar parte de este grupo skin. Estaba fascinado porque me enseñaban no solo artes marciales, sino también a manejar armas. A mi esa situación que estaba viviendo me fascinaba, digo yo como a todo niño con un poco de fantasía en su cabeza.

Dos años más tarde, por fechas navideñas, mi grupo quiso hacerme el regalo de ofrecerme ser el jefe de patrulla de la zona de Moncloa, para mí era un gran orgullo.
Todo ese año pasó en un simple abrir y cerrar de ojos. De la noche a la mañana me había convertido en el jefe de patrulla más joven de España.
Recuerdo que paseaba por Madrid y nadie tenía el valor de mirarme a la cara, iba en el metro y la gente se levantaba para cederme el sitio, en resumen, estaba viviendo aquella situación de superioridad soñada por cualquiera de mi palo.
Además me encontraba siempre con gente mucho mas mayor de edad, algunos de 30 y pico años que estaban bajo mi cargo. ¿Quién se atrevería entonces a decirme algo? Yo era el rey del mambo… ¡
Había muchas cosas detrás de este, a simple vista, liderazgo callejero. Yo, como jefe de patrulla,  recibía un fax semanal con tareas, nombres y direcciones, a quienes, junto a mi patrulla, debía ¨limpiar¨ de la zona. Era todo cuestión de enseñar quien era el más fuerte, y por supuesto, si alguien no cumplía lo mandado, sería verdaderamente aleccionado.
A partir de este momento mi vida se convirtió en un auténtico infierno, necesitaba hincar el codo noche tras noche para poder concebir a penas un par de horas de sueño, y extasiarme mañana si y mañana también para poder cumplir todas las exigencias físicas que mi cargo exigía. A partir de ese momento todo fue a peor, empecé a amenazar a mis hermanas, sacerdotes, profesores, enfrentarme con toda mi familia… En fin, hice de todo lo que me rodeaba un infierno.

Pasaron los años y mis padres decidieron ponerme dos guardaespaldas para asegurarse de que iba al colegio, esto obviamente empezó a repercutir en mi puesto, debido a que ya no tenía apenas tiempo para dirigir mi patrulla, y fue ahí cuando me empezaron a llegar las amenazas al haber sido tachado de traidor.
Iba por la calle y sufría insultos, me tiraban cosas, mis hermanas recibían amenazas, llenaban mi casa de pintadas, llegaban amenazas de muerte a mi puerta…
Hasta que un buen día me llaman del instituto y me dicen que vaya a casa que había ocurrido algo con mi familia. Mi madre a la salida de El Corte Inglés de Princesa había recibido una paliza y había sido arrastrada en moto por toda la calle hasta dejarla en el portal de casa.
Cuando me enteré de esto sentía una gran confusión de por qué habían sido mis amigos los que le habían hecho eso a mi madre y a la vez una vergüenza increíble porque toda la culpa recaía sobre mí.
Fui a ver a mi madre al hospital y cuando entré, en ese momento estaba consciente, pensé que me diría: “eres mayor de edad, lárgate, eres mayorcito, no hay quien te aguante y hasta aquí hemos llegado” pero a mi sorpresa, me miró con sus llorosos ojos y me dijo: “hijo, nunca dejes los estudios” Yo, sorprendido, la miré y salí corriendo.

Tras este ataque que sufrió mi madre, tuvimos que cambiarnos de domicilio dos veces y acabar en un pueblo perdido, sin apenas comunicación y seguido por mis guardaespaldas las 24 horas del día. Toda esta situación hizo que en dos años a penas dirigiese una palabra a nadie en mi casa.
A los pocos meses recibí una carta de uno de mis amigos de la patrulla, quien acababa de quitarse la vida. En la carta ponía algo así como: “así lograré que vuelvan a mirarme a la cara. ’’ A él no se le ocurrió otra cosa que, si estampaba su cabeza contra el suelo tirándose desde un rascacielos, se acercarían a ver qué había pasado y le mirarían a la cara. Yo leí la carta e inmediatamente pensé: “¿por qué no hacer lo mismo?”. Tras este pensamiento suicida que tuve, pensé en aquellas personas que me miraban a la cara y me querían…

Un día me invitaron, unos conocidos del instituto al que iba, a hacer una mudanza de una parroquia y vi un cartel pegado en la pared que ponía: “confesiones los miércoles después de Misa”  empecé a reírme como nunca lo había hecho. Lo primero que pensé es: “voy a ir yo a ese cura y le voy a escandalizar, a ver si es capaz de perdonarme por todo lo que he hecho”.
Fui ese miércoles y cuando vi al cura, corrí hacia él y empecé a gritar todo las barbaridades que había cometido en mi vida, y acabé diciendo: “a ver si tienes huevos de perdonarme”. Cuando terminé me caí literalmente al suelo porque me quería morir, pero era incapaz de matarme. El cura entonces se acercó, se arrodilló y me abrazó... No quería que ese hombre dejara de abrazarme, en ese instante era lo único que sostenía mi vida.

A partir de entonces todo ha sido un cambio radical en mi vida, dejé las drogas y el alcohol de golpe, he decidido culpar a Dios de ese milagro.
Supe que Dios se había fijado y esperaba algo de mí
Entonces probé en los Franciscanos, pero vi que no iba mucho conmigo. Más tarde entré al seminario a estudiar teología para aumentar mis conocimientos a cerca de Dios.
Un día nos propusieron a un compañero y a mí, entrar en el seminario, acepté la propuesta.
Tras un tiempo en el seminario aprendí muchos más de lo que nunca hubiera imaginado pero me fijaba en las manos de los sacerdotes y veía el enorme bien que hacían con ellas; bendecir, consagrar… y luego miraba las mías y veía que habían roto muchas vidas, por ello yo pensaba: “es imposible que Dios pueda consagrar estas manos”.
Decidí pues salirme del seminario, pero ya era demasiado tarde debido a que Juan Pablo II venía a unas canonizaciones en Cuatro Vientos y había sido elegido para dar testimonio delante de Él.

Llegó el día ante el Papa y los que habíamos intervenido en la celebración pasamos al final a recibir un Rosario de Juan Pablo II. Cuando me tocó a mí me arrodillé para recibir el rosario y, en un gesto muy característico suyo, me cogió de la nuca, me acercó a su pecho y me dijo: “Cristo te necesita”. No me dijo nada más. Desde ese momento no he dudado de que Dios me quiere con él y decidí ordenarme sacerdote.

El día de mi ordenación como sacerdote mis amigos vinieron a matarme.
Estaban esperándome a la salida, salí a ver que querían y me encontré con dos de mis ex compañeros quienes me dijeron: “mira, veníamos con órdenes de matarte, pero es ver la felicidad con la que has entrado y es imposible”.

A partir del día de mi ordenación como sacerdote, he vivido dándole las gracias a Dios todos los días de mi vida por haber cuidado de mí siempre.

Ahora sigo pensando que no quiero ser cura, lo que quiero es lo que Dios quiera de mí.

Mi nombre es Francisco Gómez, conocido como Don Paco y pensaréis que todo esto es una simple historia de ciencia ficción, pero no, gracias a Dios esta es la historia de mi vida.





Alberto González de la Higuera 1A

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