jueves, 4 de junio de 2015

Jesús Fernández (99%)




99%

Como cualquier otra mañana de viernes yo iba con mi tía al colegio, por aquella época mi madre no me dejaba ir al colegio solo, así que ella me acompañaba. La verdad es que yo no tenía ganas de ir al colegio ya que últimamente las cosas en casa estaban algo enrarecidas con la entrada de mi padre al hospital, pero bueno por lo menos era viernes y el domingo iba a ver a mi padre, eso era lo que me animaba a ir. Yo sabía que estaba malo pero no muy bien de que, con 10 años lo normal es que no entendiese bien algunas cosas. Hacía unas semanas desde que entró, nada más empezar el año más o menos, pero no nos habíamos acostumbrado. Mi hermana y yo solíamos dormir bastantes días a la semana con mis tíos porque mi madre se pasaba las noches en el hospital y la verdad es que era todo muy raro siempre intentábamos estar bien pero nunca lo conseguíamos del todo. Pasaron unas semanas y la quimio respondía bien todo iba mejor y mi padre ya venía de vez en cuando, es más llego a estar una semana en casa. Recuerdo un día que volvía del colegio y mi madre me dijo que me quedaba solo en casa por la tarde y subí corriendo las escaleras, iba a ser la primera vez que estuviese solo en casa, me sentía un adulto pero cuando fui a abrir la puerta alguien abrió por dentro, el susto que me llevé os lo podéis imaginar pero me alegró al ver que mi padre fue quién la abrió, no podía ser más feliz. Esa semana fue perfecta todo estaba bien y ese ambiente enrarecido desapareció, aunque no tardaría mucho en aparecer, ya que todo se volvió a complicar y tuvo que ingresar otra vez. Un domingo como otro de visita nos contó que todo había ido muy bien y que un simple trasplante de medula ósea solucionaría todo, yo no sabía a qué se refería pero entendía que era algo bueno, solo había que encontrar a un buen donante. Un tío y una tía mía daban un 99% de compatibilidad así que estábamos más que tranquilos, me despedí de mí padre “hasta el domingo que viene”, el trasplante sería el martes. 

Me desperté algo raro, tenía la sensación de que me había quedado dormido y que iba a llegar tarde al colegio, pero más raro fue ver a mi madre al lado acariciándome el pelo. No sabía lo que pasaba estaba vestida de negro completamente y me sonreía, lo primero que la dije fue que era tarde y que no iba a llegar a clase y que porque estaba allí sí tendría que estar trabajando. Se quedó callada durante un momento y me explicó que algo en la operación no había ido bien y que ya no estaba.

No me lo creí, bueno mejor, no me lo quería creer, rompí a llorar, el mundo se me vino abajo no podía imaginar que no lo volvería a ver, a oír su voz. Lo único que yo pensaba era por qué, por qué yo tenía que pasar por esto. Salí de la habitación y estaba toda mi familia en el salón al igual que yo, llorando, no había palabras solo el sonido del llanto y la lamentación. Quería irme de allí, así que me recogieron unos amigos de mis padres que me acogieron durante los siguientes días. Después de esto pasé unos años muy malos, en casa siempre reñía con mi madre, estaba enfadado con el mundo. Pero poco a poco se fue solucionando, en gran parte porque me di cuenta que yo no era el único que había sufrido la pérdida y mi hermana y mi madre también estaban pasándolo muy mal. Hoy en casa todo está bien y tranquilo no importa hablar del tema, está más que superado. Pero yo sigo pensando una cosa, y no es ese “hasta el domingo que viene” porque lo que había hablado con mi padre, por muy poco que fuese, estaba más que hablado, ya le dije muchas veces te quiero. Lo que verdad sigo pensando es como como ese 1% que falló en el trasplante, pudo destrozar un 99% de mí.

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