jueves, 11 de junio de 2015

Marta Prado (El principio de una nueva vida)



El principio de una nueva vida

En estos momentos no querría haber nacido, solo culpaba a mi madre por aquellos nueve meses que aunque para ella seguramente hubiesen sido los mejores de su vida, para mi solo fueron el comienzo de una abrumadora historia.

Mi nombre es Federico, tengo 12 años, soy un niño delgaducho y de tez pálida. Lo normal sería iros nombrando a todos mis amigos y contándo anécdotas acerca de ellos pero diciéndolo fríamente no tengo amigos, de hecho nunca he tenido.

Ya que nunca he tenido una verdadera amistad podríais pensar que ya me he acostumbrado a ello pero realmente no, una persona no puede acostumbrarse a no poder contar con nadie, tener que llegar a clase y únicamente escuchar a personas contándo su fin de semana a otras y tú no poder hacerlo; pero casi era mejor cuando simplemente me sentía ignorado o indiferente para los demás.

He sufrido burlas, golpes e impertinencias de todos y cada uno de mis compañeros de clase pero no se lo contaba a nadie, no me gusta dar pena, nunca me ha gustado.

Un día estaba tranquilamente sentado en un banco del patio jugando con mi reloj, como de costumbre. Se me acercaron cinco niños y me preguntaron que si quería pertenecer a su grupo, yo no me lo podía creer, estaba atónito, con una felicidad inmensa pero a la vez dudoso, tenía miedo, no sabía qué se hacía al pertenecer a un grupo y tampoco sabía si era de verdad o simplemente otra de las muchas bromas sin gracia.

Al final, me decidí y titubeante dije que sí, yo pensaba que ahí terminaba todo y ya está, tras ocho largos años sin nadie con quién jugar, lo tenía y estaba ahora junto a ellos. Cada vez estaba más convencido de que era verdad hasta que el chico que manejaba los hilos de los cinco, se dirigió a mi explicándome que paraentrar en el grupo era necerario pasar una ‘prueba de acceso’ y que quedaríamos a la salida del colegio en las vías del tren al lado del descampado, yo acepté, por supuesto.

Salí del colegio y me dirigí velozmente al punto de encuentro, no tenía ni la más remota idea de lo que me esperaba pero de lo que estaba seguro es de qué fuese lo que fuese lo que fuese pensaba  hacerlo.

Llegué y ya estaban ahí mis cinco futuros amigos, o eso pensaba yo hasta el momento.

Me saludaron de manera fría y comenzaron a explicarme la prueba paso a paso aunque no tenía mucho misterio, consistía en tumbarse en las vías del tren con los ojos tapados, evidentemente la intenció era poner a prueba la valentía afinando el oído para así conseguir salvar tu vida.

Uno de ellos, por ahora es único con un poco de cabeza, comenzó a poner pegas y se negó a que me hiciesen la prueba, sabía que era demasiado peligroso pero los otros cuatro le callaron y le terminaron convenciendo.

Ya estaba tumbado ahí, solo se me pasaba por la cabeza la imagen del tren y el deseo infinito de que esto acabase cuanto antes. Se empezaron a escuchar ruidos, las vías comenzaron a temblar, yo notaba que llegaba el momento, no sabía cuando levantarme, cada vez se escuchaba más alto y más cercano, hasta que al grito de ¡Fede! y un fuerte empujón todo había pasado.
2003, tengo 30 años y me encuentro sentado en el sofá rememorando con uno de mis buenos amigos Carlos aquel momento en el que sin pedir nada a cambio y haciendo caso a su inteligencia, me empujó fuera de las vías decidiendo así salvar mi vida y pasando a ser mi primer y más recordado amigo.




Marta Prado Calvo
1ºA Bachillerato





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