martes, 29 de diciembre de 2015

Álvaro Porto (Interminable)




INTERMINABLE

Querría empezar pidiendo perdón por robaros vuestro tiempo, pero, ya que estáis aquí, me gustaría que escuchaseis una historia, una historia interminable. La historia de mi vida.

Aunque la introducción haya podido engañaros, no soy una persona que venga a contaros sus aciertos o sus fallos; sus decepciones y alegrías o su ejemplo de superación y entrega. No señor. Vengo a aburriros, asique quien quiera bajarse del carro, está a tiempo; porque cuando empecemos no hay vuelta atrás.

Veo que algunos valientes seguís aquí, asique allá vamos.

Todo comenzó en 1973, en Francia. Lo primero que recuerdo fue el calor sobre el  plástico que me compone, para ser más maleable me decía yo. Luego vino la fría y compacta sustancia que albergo y por la que tanto valor tengo, por la que millones de personas pagan por mí. Y por último, el reconfortante abrazo de ese gorro que me cubre la cabeza en días de tormenta y que tantas veces me ha protegido de las mandíbulas nerviosas de mis dueños.

En cuanto estuve preparado, salí rumbo a una tienda céntrica de Paris, cerca de la Sorbona creo recordar. Todavía conservo en mi memoria la vaga imagen de los niños pasando frente al escaparate y diciéndole a sus madres que me necesitaban, que no podrían superar su día a día sin mí. Pero sin duda lo que más recuerdo es a una de esas madres, Marie era su nombre, haciendo caso a su inocente hijo, Víctor Hugo.

Víctor Hugo me trataba de una forma deleznable, y a pesar de hacer su vida mucho más fácil, aquel crío solo pensaba en sí mismo. Tras observar esa actitud, su padre, Alain, un gran amante de mi arte, decidió “cogerme prestado” y quedarse conmigo. Le ayudé a llevar a cabo su sueño en 1977 y desde entonces no ha parado.

Aunque me trataba maravillosamente bien, no me quedé con Alain. En 1980 Víctor Hugo, ya mayor y a punto de entrar en la universidad, me recuperó. Fue así como comenzó mi travesía por Europa, y la que me ha llevado hasta aquí. Mi dueño decidió visitar junto con sus amigos del colegio las capitales de su continente, antes de entrar en la nueva etapa de su vida que tanto le aterrorizaba y que cada vez se aproximaba más velozmente.

En el duodécimo día de trayecto, mi dueño me olvidó en un maloliente vagón de tren rumbo a Madrid. Fue allí donde me encontró mi actual dueño, Carlos. Este reparó en mi indiferente extravío y decidió “cogerme prestado”, justo como Alain. Carlos siempre me llevó encima hasta 2002, cuando después de alcanzar un éxito mundial, me aparcó para que disfrutase de una merecida jubilación.

Ahora, en 2004, os hablo desde una estantería de su domicilio. Y, aunque Carlos piense que necesito un respiro, yo estoy convencido de que todavía me queda fuelle para soportar horas y horas de trabajo, ya sea por afición o por necesidad; ya que, como habréis deducido gracias al título, soy interminable.
El concepto de tiempo siempre me ha inquietado. La gente hace referencia a él sin parar, aunque no consigo ver sus efectos en mí. La gente suele decir que desde el momento en que llegan a esta vida, el tiempo los gobierna. Lo miden, lo señalan, pero no pueden vencerlo, ni siquiera hacerlo ir más deprisa, ni más despacio... aunque si hayan experimentado todos la sensación de que los momentos preciosos pasan demasiado deprisa, y de que los días grises se paran haciendo que parezcan meses que no acaban.

Bueno, ha llegado la hora de despedirse. Siento que el tiempo haga mella en vosotros, ojalá fueseis como yo, algo inacabable.

Sinceramente, un boli Bic.

Álvaro Porto Tomás 1ºA
16 de Noviembre de 2015


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