sábado, 12 de diciembre de 2015

Javier Fernández Garrido (Un antes y un después)



UN ANTES Y UN DESPUÉS

A principios del año 2013, iban a suceder una serie de cosas que me marcarían. Fue una época de mi vida que si por mi fuese y tuviese la oportunidad de volver atrás y cambiarla, no me pensaría ni un segundo mi decisión; obviamente la cambiaría. No sabía lo que hacía y me arrepiento mucho de todos los errores que cometí. A esto se le iba a sumar otro problema que me afectaría tanto a mí como a mi familia. Sin duda, fue un período muy oscuro de mi vida, hasta se me pone mal cuerpo cada vez que lo recuerdo.

Todo empezó un 4 de abril de 2013. Ese año yo estaba en 2º ESO y estaba obteniendo muy malos resultados académicos. Era lo normal y lo que me merecía después del poco tiempo que dedicaba al estudio de mis asignaturas, pero lo peor no era esto, sino que aparte de sacar malas notas, por miedo a las broncas y decepciones de mis padres, no me atrevía a contárselo. En 2ºESO, mi tutor me escribía notas en la agenda que yo luego se las tenía que enseñar a mis padres para que ellos lo firmasen. Como no me atrevía a enseñárselas, decidí firmarlas yo, es decir, ponía la firma de mi madre y de esta manera las falsificaba.

Ninguno de mis profesores se daba cuenta de que estaban falsificadas, pero claro, yo no podía tener tanta suerte. Llegó un día, en el que mi padres estaban muy extrañados porque no me daban ninguna nota, pero eso era lo que les decía yo, porque en realidad si me habían dado varias. A partir de ese día, mis padres tomaron la decisión de pedir cita con mi tutor para hablar con él de todo esto. El día en el que se reunieron fue uno de los peores días de mi vida. Estábamos en una sala: el jefe de estudios de mi curso, el coordinador, mi tutor, mis padres y yo. Ese día recibí muchas broncas y gritos de todos lados, eran justos y merecidos pero a mí me dejaron muy dolido aunque también me sirvieron para darme cuenta de todo lo que estaba pasando. Ese día me abrieron los ojos y decidí tomar un nuevo rumbo e ir a mejor, yo confiaba en mí y estaba seguro de que con esfuerzo y ganas podía revertir la situación.

Cada día en mi casa con mis padres era un auténtico infierno, todos los días recibía fuertes broncas. Mi rutina se convirtió en estudiar, comer y dormir, pero al fin y al cabo, me lo había buscado. Para poder cambiar esto, lo único que podía hacer era demostrar que yo no soy así y que yo soy muy capaz de conseguir algo si me lo propongo y me esfuerzo para ello. Mi principal objetivo era recuperar todas las asignaturas posibles en Junio; y para ello, no levantaba la cabeza del libro durante el día, es lo único que podía hacer. Además, todo esto coincidió con el viaje de curso que siempre e organiza en 2º ESO, que consiste en viajar a Portugal un fin de semana entero. Lógicamente me castigaron sin ir y me tuve que quedar en Madrid estudiando todo el rato.
El 11 de abril, los problemas aumentaron en mi familia. Ese día, mi abuela materna vino a comer a casa y tuvo la mala suerte de tropezar y caerse al suelo. En ese momento estábamos en casa mi hermano y yo, que fuimos corriendo a ayudarla, pero del dolor, ella no podía casi ni moverse. Todo parecía llevar a la conclusión de que se había roto algo, y si era así, no iba a ser la primera vez. Y de hecho, estábamos en lo cierto, tras llevársela el Samur y hacerle pruebas en el hospital, se comprobó que tenía rota la cadera. Era la segunda vez que se la rompía, pero afortunadamente no era en el mismo lado. Pasó un mes horrible en el hospital donde acabaron poniéndole tres tornillos en la zona rota de la cadera; curiosamente, mi abuela está llena de tornillos porque en el otro lado también tiene otros tres. Mi madre, sobre todo, estaba absolutamente desesperada, en un estado casi de depresión por todo lo sucedido, tanto lo de mis mentiras y malas notas en el colegio como por la caída de mi abuela y su posterior rotura de cadera. La situación era realmente desagradable y desesperante para toda mi familia.

Los días transcurrían mientras mi abuela seguía en el hospital y yo no paraba de estudiar en casa, prácticamente sin pisar la calle. Llegó el día en el que mi abuela recibió el alta; lógicamente, ella no podía volver sola a su casa y proseguir con su vida normal, necesitaba atención y cuidado diario. Por lo tanto, se vino a vivir a mi casa ya que había sitio para ella.

Allí todos la cuidábamos y la ayudábamos en todo lo que necesitase. Yo era el que más se preocupaba por ella cuando mis padres estaban de mal humor por el panorama que se estaba viviendo en mi casa, mi abuela y yo nos apoyábamos el uno en el otro y nos dábamos ánimos mutuamente. Esa época con mi abuela en casa recuperándose me sirvió también para darme aún más cuenta de la importancia que tiene para mí mi abuela, y verla de esa manera me afectaba bastante.

Tras dos meses en mi casa, todos estábamos de acuerdo en que mi abuela tenía que dar un paso adelante y seguir con su vida en su casa. Mi madre le proporcionó una cuidadora para que estuviese con ella todos los días en su casa, y de esta manera pudiese haber mayor tranquilidad y seguridad. Mi abuela fue mejorando día a día gracias a la ayuda de todos y a su fuerza de voluntad para seguir adelante con su recuperación.

Llegaba Junio, llegaban las recuperaciones en las que yo tenía que demostrar muchas cosas, como por ejemplo, que se había producido en mí un cambio radical en cuánto a actitud y a esfuerzo. Al final, de las quince evaluaciones que tenía pendientes, logré recuperar trece invirtiendo en conseguirlo más tiempo que en el pasado. Mis padres me felicitaron por ello. Fue justo y proporcional con mi esfuerzo, me quedé satisfecho. Las otras dos evaluaciones las acabé recuperando en Septiembre sin ningún problema.
A finales de ese año 2013 todo volvía a la normalidad, el ambiente en mi casa y en mi familia mejoró muchísimo y se respiraba más armonía, paz y tranquilidad. Esto nos beneficiaba a todos, además de que lo necesitábamos. Afortunadamente, se puso fin a una época de problemas consecutivos y decepciones para todos.

Actualmente, en 2015 estoy sacando buenas notas sobre todo con respecto a esos años. Ya he madurado y no he vuelto a mentir a mis padres y falsificar nada. Ya abrí los ojos y me di cuenta de todo, se podría decir que soy otro. En cuanto al tema de mi abuela, está muchísimo mejor y lo único y al mismo tiempo normal es que cuando anda, cojea, pero para como estaba antes, ha mejorado de manera sorprendente.

Al fin y al cabo, en la vida siempre se pasan malas rachas y malas épocas pero luego todo cambia a mejor y entonces se produce la mayor satisfacción que puede haber. De los errores se aprende, y yo he aprendido. Lo que pasó me ha servido mucho para ser como soy ahora: un Javier completamente distinto.

Javier Fernández Garrido, 1ºB (noviembre de 2015)






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