domingo, 13 de marzo de 2016

Irene Gorrón (La última caida)



LA ÚLTIMA CAÍDA     
                     
29 de Octubre de 1929. 

Sonó el despertador en la casa de los March, las seis y media de la mañana. Como de costumbre James, el padre de familia, se despertó antes que su mujer y que sus pequeños y se dirigió hacia la cocina, desayunó, se preparó y se marchó a trabajar recorriendo su enorme pasillo y observando todas las fotos de las paredes dónde aparecían su pequeña Sally en la función del colegio o su pequeño John jugando al fútbol, les dio un beso a cada uno y salió por la puerta. 

Su vecindario estaba silencioso, algunas casas se vendían, pero James sabía que nadie las iba a comprar, se subió al coche y emprendió su viaje diario.

A pesar de las malas noticias que había recibido durante los pasados dos días, el joven James no creía lo que decían sus compañeros, no podía ser tan grave, o al menos eso pensaba. 

Tras 15 minutos de reflexión, llegaba a su trabajo, un gran rascacielos en Wall Street. Saludó a la recepcionista y cogió el ascensor hasta la última planta, su despacho. 

Tras oír los veinte timbres diarios, llegó a la planta 21, las puertas del ascensor se abrieron y con paso firme se dirigió hacia su despacho. 

“Buenos días Harry, ¿Cómo va todo?” Preguntó March. Harry, su mejor amigo, trabajaba con él, se conocían desde la universidad, era uno de los grandes pilares de James, siempre estaba allí para él, era como el tío que nunca llegaron a tener sus hijos, y él lo apreciaba mucho. 

“Hoy no son buenos días Jamie” Al oír esas palabras la sonrisa de nuestro protagonista se borró de inmediato, había ocurrido lo que se esperaba. “Lo siento mucho James, por mi culpa te metiste en esto, yo no quería que esto nos arruinara, yo solo quería triunfar”

“Somos triunfadores Harry” Hubo un gran silencio después de que James pronunciara esas palabras, solo un resoplido de Harry lo interrumpió. “Estamos endeudados James, lo hemos perdido todo.” March, sorprendido, no se podía creer lo que estaba oyendo. Se giró sobre sí mismo y se apoyó en la gran cristalera de su despacho, no tenía fuerzas. 

“Te estaba esperando para decírtelo, en una hora marcharé a Londres con mi familia, solo quería darte las gracias por todos estos años James, espero que salgas de esta como saldré yo. No te des por vencido” 

James pasó minutos en silencio apoyado en su ventanal, con los ojos cerrados, respirando hondo, rezando para que esto solo fuera una pesadilla. 

Pero no lo era, lo que más miedo había causado en James durante 10 años se había hecho realidad, todo por lo que había luchado y trabajado lo había perdido, y al Sr. March solo se le ocurrían dos salidas, y las dos eran fondos.

Por un lado se encontraba el fondo de una botella, y por otro se encontraba el fondo de la calle tras 21 pisos de caída.

 Pero a James nunca le gustó beber.

Al abrir los ojos pudo recordar un paisaje familiar para él, una pequeña casa la cual apenas estaba rodeada por algo de vegetación, el tejado se estaba hundiendo y dos niños jugaban por los alrededores. Eran él y su hermano pequeño, Holden.

 James vivió los primeros diez años con su familia en condiciones catastróficas, pero él siempre fue un chico activo y fuerte, a diferencia de su hermano, James, pidió con todas sus ganas ir a la escuela y poder estudiar, sus padres ampliaron la jornada de trabajo por su primogénito, y este se lo agradeció consiguiendo las notas más altas de la escuela. 

A los dieciocho años James pasó a la universidad, a estudiar lo que él siempre quiso, bussiness, durante el primer año conoció a Harry, un chico con iniciativa, alegre y atlético.

Su compañero jugaba al fútbol y presentó a James a la que hoy es su mujer, Hazel. 

Tras sacarse su título, James sufrió una pérdida muy importante, y que lo atormentaría por el resto de sus días. James perdió a Holden, su hermano, en un atropello y desde aquel día, James olvidó toda la relación con su familia para comenzar una nueva con Hazel, Harry y lo más importante para él, los negocios.

Años después James, gracias a Harry, consiguió una fortuna invirtiendo en acciones de a centavo, tuvo dos hijos, Sally y John, dos niños inteligentes y con ganas de aprender como su padre.

La vida de los March era perfecta, viajes, todos los lujos que querían, una casa grande, un buen colegio para sus pequeños… Hasta que la luz se convirtió en tinieblas.

Sonó el despertador, James se despertó y miró el calendario, 26 de Octubre de 1929, tras su rutina diaria marchó hacia el trabajo, tras la caída de la bolsa del 24 su oficina no era lo mismo, faltaban personas, faltaba trabajo, faltaban beneficios.

Tres días después, el 29, todo ya se había terminado, pero James era incapaz de verlo, todos esos viajes, todos esos lujos, esas barbacoas los domingos por la tarde con los compañeros de trabajo, todo se había acabado.

Tras despedirse de su gran amigo Harry, James, que continuaba apoyado en su gran ventanal seguía convencido de que solo había dos salidas, el fondo de una botella, o cruzar ese ventanal, sujetó con firmeza el manillar de este, lo giró, tiró de él y se subió al fino y pequeño borde de la ventana.

Un gran viento despeinó su tupé engominado, él solo respiró hondo y pronunció “Ojalá me gustase la bebida”.




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