Inés Hildebrandt (Las páginas doradas)


 LAS PÁGINAS DORADAS

 

Blanco. Eso era todo lo que veía. Sentía como si estuviese en medio de un destello de luz. Mis ojos intentaron ajustarse a tanta claridad y fracasaron pero, con suerte, pude divisar a lo lejos un atril que soportaba el libro más grande que había visto en toda mi vida.

Algo en mi interior me gritaba que me acercase para verlo, pero al intentar caminar, mis piernas no se sentían como mis piernas. No sé cómo expresarlo, pero era como si no tuviese que poner el peso en ninguna parte de mi cuerpo para moverme. Me sentía más ligero que una pluma y en menos de diez segundos había avanzado lo que parecía un largo camino.

 

Cuando estuve tan cerca del libro que pude tocarlo con mis manos, no creía lo que ponía en la portada.

 

“LA VIDA COMPLETA DE ANTONIO GONZÁLEZ”

 

La curiosidad me comía por dentro y decidí abrir el libro. Era viejo y tenía un aspecto desgastado. Su lomo era enorme, más grande que la palma de mi mano y tenía varios marcadores que sobresalían de las páginas. Otra vez, mi cuerpo parecía extraño, pero lo ignoré. Al parecer, el libro era una biografía. Pero era mi vida. ¿Acaso alguien me había estado espiando? Llegué al final del índice y observé que el penúltimo capítulo se titulaba “Fallecimiento día 17/03/21”. Pasé con dificultad las hojas, ya que el libro era ancho, hasta llegar a la página indicada. Cuando vi su contenido, casi me desmayé.

 

En el centro de la página había una foto de un accidente de tráfico en el que yo era el protagonista. Vi como mi cuerpo estaba tumbado en el asfalto, blanco como el papel. Por primera vez me miré de verdad y me di cuenta de que mis brazos eran transparentes. Atravesé mi mano por el medio de mi costado y no sentí nada. Intenté encontrar un pulso, sin resultado. Entonces fue cuando me golpeó la realidad: estaba muerto y el libro tan grande que se encontraba enfrente de mí eran mis recuerdos.

 

Con ansia empecé a devorar el libro, leyendo mucho pero capturando poca información. Estaba lleno de experiencias de mi infancia de las que ya no me acordaba. Al pasar los capítulos, observé que en algunos de ellos había estrellas doradas al lado del título. Estaba tan distraído que no me pregunté el por qué. Por fin, llegué a mi capítulo favorito: logros profesionales. Ocupaba gran parte del libro, lleno de todos mis casos de trabajo, mis ascensos y los numerosos certificados. Ese apartado sí que me paré a leerlo con precisión, alimentando mi ego con cada palabra. El último caso era el que había terminado esta misma madrugada, justo antes de llegar al trabajo. Justo antes del accidente.

 

El siguiente capítulo trataba mis experiencias personales pero tan solo ocupaba dos páginas y la mayoría hablaba sobre mi fallido matrimonio. Me extrañé, ya que había vivido bastantes años para que mis experiencias ocupasen tan poco. Pero, echando la vista atrás, era verdad que había estado consumido totalmente por mi trabajo. Día y noche. Año tras año.

 

“No” pensé “No voy a lamentarme ahora que he muerto. Tampoco cambiará nada”

 

Así que repasé de nuevo mi sección favorita para distraerme. Hay cosas que nunca cambian, en vida o muerte. Las estrellas doradas empezaban a molestarme. Hacían que la página pareciese decorada por mi sobrina de tres años. Intenté arrancar su punta como si fuese una pegatina pero, en vez de despegarse, las páginas empezaron a pasar volando descontroladamente hasta llegar a casi el final del libro.

 

La página en la que aterricé era de color dorado, muy brillante, y su título era “CARRERA EN CINEMATOGRAFÍA”. Un sentimiento de melancolía me recorrió. Esta era la sección de lo que podría haber sido de mi vida.

 

Recordé de golpe varios momentos, entre ellos mi padre gritándome que nunca tendría futuro en ello. La carta de admisión de la escuela  entre mis manos, sabiendo que aunque hubiese tenido éxito nunca sería capaz de cumplir mi sueño.

 

Estaba tan distraído que no me di cuenta de que a mi lado había aparecido otro atril con un libro quizás más grande. Al abrirlo y ojearlo me di cuenta de que este no contaba recuerdos de mi infancia, simplemente empezaba con mi admisión en la NFTS, una escuela de cine en Inglaterra en la que había estado a punto de estudiar. Al acariciar una fotografía de la página, fui transportado inmediatamente. Sentí todo mi cuerpo, o lo que quedaba de él, ser presionado por diferentes lados y no podía abrir la boca para hablar, gritar o hacer nada. Cerré los ojos, como si la sensación se fuese a detener por esa razón. De hecho, lo hizo.

 

Cuando los abrí otra vez, me encontraba a la entrada de la NFTS. Varios estudiantes pasaron a mi lado e incluso me atravesaron. Y de repente, ahí me vi, al pie de las escaleras, mi yo de hace veinte años emocionado por empezar su sueño. Me acompañé hasta la entrada de la clase, tan nervioso e histérico como él, donde mi yo se quedó parado. Pronto comprendí el por qué. A pocos pasos se encontraba la mujer más guapa que había visto en mi vida. Su pelo liso caía por los hombros y su sonrisa iluminaba toda la habitación. Nuestros ojos se cruzaron por unos segundos y entonces empecé a caminar hacia ella.

 

Con cada paso estaba más emocionado pero de repente, el escenario cambió por completo. Ahora estaba acompañándome a mi, y a mi madre en el otro lado, a un altar, rodeado de mi familia y de muchas personas cuyas caras no había visto nunca. Me detuve en cuanto llegué y al girar la cabeza, las puertas se abrieron y vi como entraba ella en un vestido blanco, más radiante que nunca y con la misma sonrisa que el primer día. Por un momento, miré a mi padre que sonreía tanto que parecía que sus mejillas iban a desaparecer.

 

Cuando volví la vista hacia la iglesia, ya no me encontraba allí, sino en un rodaje de una película. No parecía nada prometedora pero ahí estaba yo, dirigiéndola, comenzando el despegue de mi carrera. Sonó el clac de la claqueta que indicaba el principio de la toma, pero este sonido me llevó a una casa familiar en la que tres niños interpretaban una obra de teatro mientras sus padres eran el público. No me costó mucho averiguar que esa era mi familia, tan feliz y divertida como lo podría haber deseado. Cuando terminaron de interpretar los niños, recibieron un aplauso por parte de sus padres y por parte mía también.

 

Entre aplausos, sus sonrisas y mis lágrimas volví a la sala blanca del principio, arrepintiéndome de haber tenido miedo al fracaso y a la decepción. Me había perdido la mejor versión de mi futuro y la familia que siempre había querido solo por quedarme en lo que muchos me habían asegurado que era lo correcto. A lo largo de mi vida bastantes veces me lo había preguntado: ¿qué habría sido de mí si hubiese seguido mi sueño? Pero nunca me imaginé lo mucho que podía llegar a doler.

 

Inés Hildebrandt Gutiérrez, 4ºE  Noviembre 2021

LAS PÁGINAS DORADAS

 

Blanco. Eso era todo lo que veía. Sentía como si estuviese en medio de un destello de luz. Mis ojos intentaron ajustarse a tanta claridad y fracasaron pero, con suerte, pude divisar a lo lejos un atril que soportaba el libro más grande que había visto en toda mi vida.

Algo en mi interior me gritaba que me acercase para verlo, pero al intentar caminar, mis piernas no se sentían como mis piernas. No sé cómo expresarlo, pero era como si no tuviese que poner el peso en ninguna parte de mi cuerpo para moverme. Me sentía más ligero que una pluma y en menos de diez segundos había avanzado lo que parecía un largo camino.

 

Cuando estuve tan cerca del libro que pude tocarlo con mis manos, no creía lo que ponía en la portada.

 

“LA VIDA COMPLETA DE ANTONIO GONZÁLEZ”

 

La curiosidad me comía por dentro y decidí abrir el libro. Era viejo y tenía un aspecto desgastado. Su lomo era enorme, más grande que la palma de mi mano y tenía varios marcadores que sobresalían de las páginas. Otra vez, mi cuerpo parecía extraño, pero lo ignoré. Al parecer, el libro era una biografía. Pero era mi vida. ¿Acaso alguien me había estado espiando? Llegué al final del índice y observé que el penúltimo capítulo se titulaba “Fallecimiento día 17/03/21”. Pasé con dificultad las hojas, ya que el libro era ancho, hasta llegar a la página indicada. Cuando vi su contenido, casi me desmayé.

 

En el centro de la página había una foto de un accidente de tráfico en el que yo era el protagonista. Vi como mi cuerpo estaba tumbado en el asfalto, blanco como el papel. Por primera vez me miré de verdad y me di cuenta de que mis brazos eran transparentes. Atravesé mi mano por el medio de mi costado y no sentí nada. Intenté encontrar un pulso, sin resultado. Entonces fue cuando me golpeó la realidad: estaba muerto y el libro tan grande que se encontraba enfrente de mí eran mis recuerdos.

 

Con ansia empecé a devorar el libro, leyendo mucho pero capturando poca información. Estaba lleno de experiencias de mi infancia de las que ya no me acordaba. Al pasar los capítulos, observé que en algunos de ellos había estrellas doradas al lado del título. Estaba tan distraído que no me pregunté el por qué. Por fin, llegué a mi capítulo favorito: logros profesionales. Ocupaba gran parte del libro, lleno de todos mis casos de trabajo, mis ascensos y los numerosos certificados. Ese apartado sí que me paré a leerlo con precisión, alimentando mi ego con cada palabra. El último caso era el que había terminado esta misma madrugada, justo antes de llegar al trabajo. Justo antes del accidente.

 

El siguiente capítulo trataba mis experiencias personales pero tan solo ocupaba dos páginas y la mayoría hablaba sobre mi fallido matrimonio. Me extrañé, ya que había vivido bastantes años para que mis experiencias ocupasen tan poco. Pero, echando la vista atrás, era verdad que había estado consumido totalmente por mi trabajo. Día y noche. Año tras año.

 

“No” pensé “No voy a lamentarme ahora que he muerto. Tampoco cambiará nada”

 

Así que repasé de nuevo mi sección favorita para distraerme. Hay cosas que nunca cambian, en vida o muerte. Las estrellas doradas empezaban a molestarme. Hacían que la página pareciese decorada por mi sobrina de tres años. Intenté arrancar su punta como si fuese una pegatina pero, en vez de despegarse, las páginas empezaron a pasar volando descontroladamente hasta llegar a casi el final del libro.

 

La página en la que aterricé era de color dorado, muy brillante, y su título era “CARRERA EN CINEMATOGRAFÍA”. Un sentimiento de melancolía me recorrió. Esta era la sección de lo que podría haber sido de mi vida.

 

Recordé de golpe varios momentos, entre ellos mi padre gritándome que nunca tendría futuro en ello. La carta de admisión de la escuela  entre mis manos, sabiendo que aunque hubiese tenido éxito nunca sería capaz de cumplir mi sueño.

 

Estaba tan distraído que no me di cuenta de que a mi lado había aparecido otro atril con un libro quizás más grande. Al abrirlo y ojearlo me di cuenta de que este no contaba recuerdos de mi infancia, simplemente empezaba con mi admisión en la NFTS, una escuela de cine en Inglaterra en la que había estado a punto de estudiar. Al acariciar una fotografía de la página, fui transportado inmediatamente. Sentí todo mi cuerpo, o lo que quedaba de él, ser presionado por diferentes lados y no podía abrir la boca para hablar, gritar o hacer nada. Cerré los ojos, como si la sensación se fuese a detener por esa razón. De hecho, lo hizo.

 

Cuando los abrí otra vez, me encontraba a la entrada de la NFTS. Varios estudiantes pasaron a mi lado e incluso me atravesaron. Y de repente, ahí me vi, al pie de las escaleras, mi yo de hace veinte años emocionado por empezar su sueño. Me acompañé hasta la entrada de la clase, tan nervioso e histérico como él, donde mi yo se quedó parado. Pronto comprendí el por qué. A pocos pasos se encontraba la mujer más guapa que había visto en mi vida. Su pelo liso caía por los hombros y su sonrisa iluminaba toda la habitación. Nuestros ojos se cruzaron por unos segundos y entonces empecé a caminar hacia ella.

 

Con cada paso estaba más emocionado pero de repente, el escenario cambió por completo. Ahora estaba acompañándome a mi, y a mi madre en el otro lado, a un altar, rodeado de mi familia y de muchas personas cuyas caras no había visto nunca. Me detuve en cuanto llegué y al girar la cabeza, las puertas se abrieron y vi como entraba ella en un vestido blanco, más radiante que nunca y con la misma sonrisa que el primer día. Por un momento, miré a mi padre que sonreía tanto que parecía que sus mejillas iban a desaparecer.

 

Cuando volví la vista hacia la iglesia, ya no me encontraba allí, sino en un rodaje de una película. No parecía nada prometedora pero ahí estaba yo, dirigiéndola, comenzando el despegue de mi carrera. Sonó el clac de la claqueta que indicaba el principio de la toma, pero este sonido me llevó a una casa familiar en la que tres niños interpretaban una obra de teatro mientras sus padres eran el público. No me costó mucho averiguar que esa era mi familia, tan feliz y divertida como lo podría haber deseado. Cuando terminaron de interpretar los niños, recibieron un aplauso por parte de sus padres y por parte mía también.

 

Entre aplausos, sus sonrisas y mis lágrimas volví a la sala blanca del principio, arrepintiéndome de haber tenido miedo al fracaso y a la decepción. Me había perdido la mejor versión de mi futuro y la familia que siempre había querido solo por quedarme en lo que muchos me habían asegurado que era lo correcto. A lo largo de mi vida bastantes veces me lo había preguntado: ¿qué habría sido de mí si hubiese seguido mi sueño? Pero nunca me imaginé lo mucho que podía llegar a doler.

 

Inés Hildebrandt Gutiérrez, 4ºE  Noviembre 2021

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