Jorge Escalera (El olvido)


 

EL OLVIDO


Empezaba el verano, parecía que todo iba a ser como los años anteriores, estaría las primeras semanas en mi piso de Madrid y a las tres o cuatro semanas mis padres cogerían vacaciones y nos iríamos a pasar el resto del verano al pueblo. A mí me gustaba estar en el pueblo porque podía estar con mis primos ya que todos viven allí y también podía ir por las tardes a merendar a casa de mis abuelos. Aparte por las noches después de cenar podía salir con mis amigos y quedarme mucho más tiempo ya que mis padres también estaban por ahí con sus amigos.

 

Cuando llegamos al pueblo me resultó raro que no fuésemos a casa de mis abuelos a dormir que es lo que hacíamos siempre, ya que tenían una casa muy grande y cabíamos los siete. Sin embargo, tampoco le di mucha importancia y no le pregunté a nadie que porque no dormíamos donde siempre. Por las tardes solíamos ir a bañarnos a casa de mis abuelos que tenían una piscina en el patio y nos juntábamos a merendar con toda la familia todas las tardes. Me di cuenta de que a veces cuando llegábamos a bañarnos mi madre no nos dejaba entrar en casa por que mi abuela estaba dando clases. Esto me pareció bastante extraño y le pregunté que porque tenía que dar clases y solo me dijo que para fortalecer la memoria.

 

También me di cuenta de que este extraño año mis padres y mis tíos estaban más permisivos cuando estábamos con mi abuela por ejemplo a diferencia de otros años cuando mi abuela me daba a escondidas chocolate y mi madre se daba cuenta, ya no la regañaba ni la decía nada. Pero a pesar de todo yo era pequeño y solo me alegré porque así podría comer más chocolate lo cual me gustaba mucho. Al finalizar el verano como el resto de años nos volvimos a Madrid, pero este año, se vinieron a vivir a Madrid mis abuelos también que tenían una casa muy cerca de la mía. A esto mis padres solo me dijeron que querían pasar una temporada en Madrid para aprovechar su casa aquí.

 

Con el paso del tiempo mis abuelos empezaron a venir a cenar a casa y mi abuela cada vez estaba más rara. Yo era pequeño, pero la notaba distinta como mas distante y menos habladora que de costumbre. A todo esto, también me di cuenta de que mi abuelo estaba cada vez más triste pero nunca le pregunté lo que le pasaba. Pasaban los meses y mi abuela había parado de hablar ya no decía ni hola cuando llegaba ni adiós cuando se iba, cuando llegaba a cenar, mi madre la tenía que dar ella la comida porque mi abuela no se movía. Mis padres y mis tíos decidieron meterles a los dos en una residencia porque con el trabajo no tenían tiempo para estar todo el día pendientes de ella. Mi abuelo estaba perfectamente de salud y le dijeron que, si quería podía quedarse en el pueblo y no tener que estar en la residencia, pero el no quiso dejarla allí dentro sola sus últimos años. Le dijeron que no iba a cambiar nada el estar o no dentro y que a él no le servía de nada estar allí, pero a pesar de todo se quiso quedar con ella.

 

Todos los findes de semana que íbamos al pueblo nos pasábamos por la residencia para visitarles y estar con ellos un rato, pero yo me sentía muy incómodo porque mi abuela ya no sabía hablar y mi abuelo que nunca había sido muy hablador no daba mucho tema de conversación. Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de cómo su enfermedad se la destruía por dentro, ya que las primeras semanas, cuando íbamos y nos veía, sonreía y se la notaba mas contenta. Pero luego ya no pasaba lo mismo, era llegar allí y saber que ella no te conocía, que para ella solo eras una persona más.

 

Me acuerdo cuando llegaba a la residencia y olía a ese olor al que nunca me llegué a acostumbrar y la veía a ella sentada en su silla sin pensar en nada, mirando a la pared de enfrente esperando a que el tiempo pasase. Yo muchas veces intentaba hablar con ella para ver si articulaba algún gesto y la contaba cosas de mi vida, pero llegó un momento en el que ya ni me escuchaba. Parecía no estar presente. Pero esto no es lo que más me dolía, porque no tiene punto de comparación con el hecho de ir a verla y que ella no sepa quien eres, que te vea como a un extraño más, que no reconozca tu cara. Se suele decir que con el tiempo te acostumbras a las cosas ya sean buenas o malas, pero esto no es verdad, nadie se puede acostumbrar a una mirada vacía de una persona querida.

 

En este momento te empiezas a plantear tus actos, tus acciones. El no llamarla al llegar de un viaje o simplemente para preguntarla que tal estaba o que tal su día diciendo que ya la llamarías mañana. El llegara su casa y no darla un beso porque se te hace pesado el saludarla todos los días. El no ir a visitarla porque pensabas que iba a estar para siempre y quedarte en casa o salir a dar una vuelta con tus amigos. Y te das cuenta que hay personas que se van antes de que llegue la muerte, que el tiempo que tu creías que ibas a tener mañana para llamarla ya no sirve, porque la llamas y te pregunta quién eres y la tienes que explicar que eres su nieto que no se asuste.

 

El día menos esperado llegó la noticia que tanto tiempo llevábamos esperando. Pero sin embargo no me sentí tan mal ese día, solo era la gota que le faltaba al vaso para estar vacío y una gota no se puede comparar a un vaso entero. Un vaso que se había ido vaciando poco a poco, con el paso del tiempo y que nadie se había acordado de ir rellenándolo para que nunca se acabase.

 

 

JORGE ESCALERA Nº8 1ºA 11/11/2021


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